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Opinión

El ‘jefe’ Ábalos y el estigma de la corrupción

La justicia hablará. Con Zaplana y con Ábalos. Llegará el momento. No sé si el de la verdad. Ni siquiera si la verdad es lo más importante. Sí sé que el estigma de la corrupción no se borra

El exministro de Transportes, José Luis Ábalos, durante el pleno del Congreso de esta semana.

El exministro de Transportes, José Luis Ábalos, durante el pleno del Congreso de esta semana. / José Luis Roca

Me gustan estos días festivos que hasta las calles se calman y los neumáticos de los coches suenan con un compás musical. Como si no pudiera pasar nada. O como si todo hubiera pasado ya. Una pareja (hablan ruso) lleva a su hijo al partido de fútbol del colegio. Otra pasea plácida con su perro salchicha. Del restaurante vecino sale una canción vieja de Spandau Ballet mientras el dueño enjabona el zaguán. El sol acompaña sin apretar y la brisa refresca lo justo. La medida de un buen día es cuando oyes tus pasos.

Alguna ventaja ha de tener ser uno más. Me imagino este día feriado para José Luis Ábalos. Lo difícil que ha de ser la calle cuando crees que todos te miran. Imagino el cambio. Hace cinco años, en 2019, hoy estarías preparándote para el desfile militar, un día de gloria, aunque algunos se empeñen en insultar a los tuyos. Estarías esperando el coche oficial quizá. Pensando en alguna frase si tocaba hablar con los reyes. Quizá recibiste, como cualquier día por entonces, algún mensaje de Aldama, porque ya eras un hombre fuerte en Madrid, un poderoso. Quizá el empresario acostumbrado a negocios turbios y beneficios rápidos te llamaba ya «jefe». Hace cinco años faltaba poco, unas semanas, para el incidente en el aeropuerto de Barajas, cuando aterrizó la vicepresidente venezolana. Y fuiste allí. Y estalló el escándalo y la estrella empezó a apagarse. Pareció entonces que te enviaron desde Moncloa a resolver el entuerto. Pero no. Quizá no. Ahora parece que era algo organizado desde hacía un tiempo, incluso le habías enviado un wasap a Pedro, ‘el 1’, por el que tanto habías hecho: «Para acabar de molestarte, la vicepresidenta de Venezuela viene en privado el lunes y quiere verme discretamente…»

Hace cinco años la corrupción era una viga en los ojos de los otros. Hoy es un estigma que, ministro, vas a tener difícil borrar de tu vida. Está la casa comprada en Cádiz por el empresario, tras seleccionarla tú y para que la uses tú. Más de medio millón de euros. Eso dicen los investigadores. O los casi 90.000 euros para el alquiler del piso en el centro de Madrid para ella, la joven «vinculada de manera muy personal» a ti. Así lo dicen, con un decoro que imagino la sonrisa cuando alguien te lo cuente, ministro. Eso dicen los investigadores.

Es difícil situarse cuando has conocido de quien hablan los informes policiales. Has estado en su casa de València, un par de veces no más, por entrevistas. En una de ellas rondaba Koldo por allí, aunque el acorralado ya no era ministro, ya había pasado lo de Venezuela. Su rincón en València es un lugar humilde en una calle donde hoy son mayoría los de fuera. El lugar de siempre, el piso de cuando empezaba en política. No te cuadra el personaje que reflejan ahora las crónicas. Pero has visto y leído ya de los efectos cuando el poder parece que está hecho para uno y parece que no está mal recibir algo cuando te estás dejando tanto y hay tanto oropel alrededor. No te sorprende ya la relación entre poder y testosterona.

Eduardo Zaplana junto a los letrados Daniel Campos y Marta Marrero, de Cortés Abogados.

Eduardo Zaplana junto a los letrados Daniel Campos y Marta Marrero, de Cortés Abogados. / Europa Press/Rober Solsona

Al final, los jueces hablarán. Su verdad es la que valdrá. Aunque en muchas ocasiones son cuestiones procedimentales las que determinan los veredictos. No debe tardar la sentencia que marque el futuro de Eduardo Zaplana, aquel todopoderoso ‘president’. Han pasado ya cinco meses desde el juicio. La sala dirá lo que tenga que decir, pero es ya imposible borrar lo que hemos conocido: las cuentas millonarias en paraísos fiscales, las transacciones de difícil explicación, el patrimonio adquirido. La justicia dictará sentencia. Con Zaplana y también con Ábalos. Llegará el momento. No sé si será el de la verdad. Ni siquiera si la verdad es lo más importante. Sí sé que el estigma de la corrupción no se borra.

El tiempo sabe manejar el olvido. Los titulares y las portadas pasan, pero siempre quedará una mirada torcida al llegar a un local, un conocido que gira la cara. Deberían aprenderlo los que empiezan en política.

El problema es cuando el estigma se convierte en marca colectiva, mancha de clase. Como si uno la llevara de por sí al decidir ser alguien en la política en este país. El problema es que hemos conectado tan directamente política y justicia que hemos facilitado usos impuros, guerras sucias. Lo peor es que cualquier indicio de pureza en política parece un error. Casi estamos ahí, empujados a ese precipicio por la polarización y el odio. La política era la que debía ocuparse de la justicia. De buscar una sociedad más justa, menos desigual. En este mundo que se nos tuerce, es la justicia la que se ocupa cada día más de la política.

Pero hoy es festivo. La vida tiene aspecto más relajado, incluso posible. Hoy es eso que llamamos Día de la Hispanidad. El orgullo irá por barrios. En el mío no busquen banderas. 

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