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Opinión

Voluntaria de la DANA

Voluntarios en Bonaire

La solidaridad nos llena de esperanza, mas es un recordatorio de todo aquello que no está haciendo el Estado. Allí donde sobran voluntarios, faltan funcionarios.

Voluntarios en Aldaia.

Voluntarios en Aldaia. / Francisco Calabuig

Mazón se queja de la desorganización y caos de los voluntarios que, por su cuenta, pueden obstruir el trabajo de los profesionales y el paso de la maquinaria. En respuesta a esto se llamó a los voluntarios a la Ciutat de les Arts i les Ciències, con una extraordinaria asistencia, fundamentalmente joven, de la que se hicieron eco los medios de comunicación. No obstante, la gestión de estos voluntarios fue, como era de esperar del Consell, desorganizada y caótica.

A las 7 de la mañana me presenté allí y alrededor de las 9 y media salimos en un autobús en dirección a Bonaire, el supuesto centro de distribución. Allí nos juntamos más de una decena de autobuses a la espera de nuevas indicaciones. Los voluntarios de coordinación de cada autobús pedían paciencia y explicaron que los pueblos estaban colapsados, que los ayuntamientos no querían voluntarios. La realidad de que íbamos a limpiar el centro comercial dejó de ser un rumor cuando aceptaron que, ante la negativa de los pueblos, solo quedaba limpiar escombros en Bonaire o volver a Valencia. Y que, quien quisiera, podría ir caminando a Aldaia, como ya habían hecho muchos voluntarios indignados por la espera. Cuando pedimos que nos acercaran, lo consultaron entre ellos y aceptaron. Eran las 11 de la mañana cuando llegamos al pueblo, cuatro horas después del inicio de la jornada.

Los montones de mobiliario, objetos, barro y basura llenaban las calles. El colegio era el punto de recogida de comida, bebida y objetos. Una mujer mayor se lamentaba de tener que pedir tras preguntar por cartones de leche. En la Ciutat de les Arts i les Ciències nos habían dado, además, bolsas de donativos, que habrían vuelto a Valencia o seguido paseando si no fuera por la insistencia de los voluntarios de ayudar a la gente y no a un centro comercial. En el ayuntamiento se repartía material de limpieza para aquel que no tuviera y la policía local también en la puerta daba ligeras instrucciones a los grupos sobre a qué zonas debían ir.

Una vez en las calles, ofrecíamos nuestra ayuda a las casas y establecimientos. La gente se lamentaba de que no hubiéramos estado presentes el viernes, cuando éramos verdaderamente necesarios. Aún así, no faltaban las tareas. Mi grupo se dedicó a compactar los escombros y facilitar zonas de tránsito en las calles. El agua se lo había llevado todo; desde colecciones de CDs, cuadros, ropa y bolsas de la compra que jamás llegaron a guardarse, hasta neveras, lavadoras, armarios y colchones mojados que necesitaban cinco pares de manos para moverse. Cuanta más agua se barría, más aparecía y el sistema de drenaje de las calles no daba más de sí. Faltaba maquinaria, contenedores. Cuando aparecían, se llenaban rápidamente y se reiniciaba la espera haciendo lo posible.

Las vecinas con las que hablé agradecían los voluntarios, se alegraban profundamente de la solidaridad, pero se preguntaban dónde estaban el presidente y president. Dónde estaba el Gobierno de Pedro Sánchez que prometía todos los recursos españoles y europeos que hiciera falta, dónde estaba el Consell de Mazón que daba la alarma cuando el agua ya corría por las calles. La solidaridad nos llena de esperanza, mas es un recordatorio de todo aquello que no está haciendo el Estado. Allí donde sobran voluntarios, faltan funcionarios.

A las 15 del mediodía salimos en autobús de vuelta para Valencia, una ciudad en aparente normalidad en la que la única prueba de la DANA eran los pantalones embarrados de los voluntarios y el cielo aún cubierto de nubes

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