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Opinión | Bolos

Subdirector de Levante-EMV

Quince días de infarto

Quique Sánchez Flores se ha dejado querer esta semana de la forma más elegante posible y manifestando su máximo respeto por Baraja, pero como rectificar es de sabios, me gustaría volverlo a ver en el banquillo de Mestalla

Baraja en la sala de prensa de la Ciudad Deportiva.

Baraja en la sala de prensa de la Ciudad Deportiva. / Fernando Bustamante

Entre hoy y el Día de la Lotería, el Valencia disputa cuatro partidos ante rivales de su actual liga: Rayo, Valladolid, Espanyol y Alavés, dos en Mestalla y dos fuera (Pucela y Cornellà). Pues en esta anticipada cuesta de diciembre que se antoja decisiva para mantener la categoría, el entrenador todavía va haciendo pruebas, como demostró en miércoles en Copa. Qué si defensa de cinco, pero poco, con líbero y sin, mientras se marca otro ensayo para una medular distinta, y arriba acaba colocando con calzador a Rafa Mir, no sea que se enfade el agente de Baraja, que por cosas del destino coincide con el futbolista pendiente de juicio por agresión sexual. Aunque la culpa no la tienen el técnico, ni el jugador cedido por el Sevilla, y mucho menos García Quilón que hace su trabajo lo mejor que sabe. El máximo responsable de la situación actual del Valencia se llama Peter Lim, y por delegación sus títeres de aquí.

En circunstancias normales, el club debería haber cesado a Baraja hace un mes (como hizo Las Palmas y esta misma semana el Alavés), devolver a Mir al Pizjuán el día siguiente de su detención, y poner una alarma permanente en el reducido catálogo del veterano representante. Pero lo que no puede ser es imposible, y esta tarde empieza la partida de póquer ante un Rayo que le saca al Valencia seis puntos, con un partido menos, y que, con cierto sentido común y buenos entrenadores, ahora con el navarro Iñigo Pérez, que ya era ayudante de Andoni Iraola, pescado para la Premier (AFC Bournemouth), ha dejado de ser un equipo ascensor.

Todo indica que en caso contrario a un resultado parecido al del Betis, tampoco habrá movimiento. Mala cosa que complicaría para siempre la figura de esa mítica leyenda de Baraja como jugador. Está demostrado, y su caso es de manual, que un buen futbolista no tiene por qué ser un buen entrenador, pero al menos supongo que será igual de valencianista para cuando se le acabe el poco crédito que le queda y renuncie a la indemnización por despido y al contrato de la próxima temporada. O igual nos llevamos alguna sorpresa, como esos que se besan el escudo que han manchado mucho, digo de Mir.

Juan Soler fue el primer aviso que los insensatos deben abstenerse de acercarse a Mestalla, pero al menos él se jugó su dinero y se arruinó. Pero una de sus decisiones más populistas fue despedir a Quique Sánchez Flores una madrugada de finales de octubre tras perder 3-0 ante el Sevilla en el Pizjuán, cuando el equipo iba en cuarta posición y a tan solo cuatro puntos del Real Madrid con el que se enfrentaba tres días después. Aquello pasó hace diecisiete años, y en el pecado llevamos la penitencia. Quique se ha dejado querer esta semana de la forma más elegante posible y manifestando su máximo respeto por Baraja, pero como rectificar es de sabios, me gustaría volver a ver a Sánchez Flores en el banquillo de Mestalla, no solo por su gran saber futbolístico, sino por el dominio que tiene del escenario, discurso incluido. El Valencia necesita más que nunca empatía y oficio.

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