Opinión
Las olas

El grupo de l'Eliana La habitacion roja / L-EMV
Cuando éramos niños en aquel colegio de L’Eliana, los recreos eran un pequeño espacio infinito que rellenábamos con mil y una aventuras. Ajenos todavía a las miradas y juegos de las niñas, nos creíamos Luke Skywalker, Superman, Indiana Jones, Kempes o Arconada. De adolescentes, comenzamos a andar algo más desorientados porque ese espacio de tiempo ya no era tan infinito, y comenzaba a condensarse con la llegada de nuevos conflictos y problemas. Ya no había lugar para las canicas o para jugar con las figuras de Starwars de Kenner con José Boquet y Manolo Gómez. Se tenía que conseguir marcar ante todos que ya no se era niño, que ya comenzábamos a poder rozar un cigarrillo a escondidas, atrapar cierta mirada de aquella niña de clase con inalcanzables trenzas o medirse a empujones y puños con el duro de Enrique Santafosta. En aquellos parones entre clase y clase, a los quince, había algunos más temerarios como Candido Zorio que, en alguna ocasión, nos proponía acercarnos a su casa, que estaba cerca del colegio, para escuchar los nuevos vinilos de U2, de Morrisey o de The Cure que su hermano Manolo acababa de comprar.
Candi tenía un gusto musical fuera de lo común retroalimentado por sus amigos molones de ese pueblo pegado a nuestro colegio. De todo aquel grupo suyo, el más molón era aquel chico alto y moreno que se acercaba con Vespino, cazadora vaquera aborregada y sonrisa cinematográfica a las vallas del campo de futbol, desde donde provocaba los suspiros y risitas nerviosas de las chicas de nuestra clase.
Todos veíamos a aquel amigo de Candi cómo una «amenaza extranjera» que provocaba la atención, tal vez por muchos de nosotros pretendida, de Gema, Susana o Verónica. Pero admitíamos que era complicado competir con Jorge, con su aspecto de estrella juvenil en aquellas películas norteamericanas para adolescentes que veíamos en los Martí, en el Rex o en el Gran Vía. Con su club particular de los cinco —más o menos ese número creo recordar que sumaban con Candi, cuando llegaba con los otros molones en ciclomotores—, como una especie de tierno Mathew Broderick, pero algo más valenciano y canalla, Jorge capitaneaba a aquella banda de rebeldes ochenteros entre pinos, billares del pueblo y primeras discotecas con espirales formas. Era indudable que tenía algo especial. Esa aureola que ha envuelto siempre a todo aquel que, aunque no lo sepa, nace poeta.
Con el tiempo, comenzamos a separarnos unos de otros ya que tocaba lanzarse a la universidad, a alejarse de la adolescencia, a emprender una vida de adulto que en poco tiempo, como siempre pasa, dilapidaría aquellas lejanas infancias, aquellos anhelos, aquellas primeras caídas, abrazos, besos y risas.
Aquel chaval moreno que aparecía de vez en cuando en nuestro colegio tuvo la suerte de conectar con esa poesía que le habitaba. Poco a poco comenzó a hacerla aflorar con el filtro de la música, con la ayuda de algunos de aquellos otros amigos molones del molón Candi, con los que formó un grupo de valientes comprometidos con la belleza y la resiliencia. Desde L’Eliana, empezaron a traducir en canciones sus experiencias vitales, sus primeros y penúltimos amores, sus cicatrices, sueños y pequeñas odiseas.
Un día, hace años, volví a coincidir con Jorge en Valencia. Nos dimos un sincero abrazo, el que se dan siempre los que son unidos por alguien en común a quien se quiere de veras. Me dijo que estaba siguiendo mi carrera de actor. Me preguntó cómo conseguía seguir viviendo de eso, que a él se le hacía difícil muchas veces vivir sólo de la música. No hay ningún misterio, Jorge —le dije—. No tengo hijos. Aquí el único héroe eres tú, que jamás te has desviado de tu sueño, siendo también padre, marido y poeta. Quedó sonriendo y con la mirada perdida.
De todos los otros trabajos que pudo escoger Jorge para compaginar la difícil carrera de fondo que supone defender una banda de música independiente, en este país, durante décadas, él escogió uno en el que seguir sanando a los demás. Porque más o menos medio año se dedicaba a sanar como enfermero a enfermos de alzhéimer en una residencia de Noruega. Y otro medio año a sanar las almas de sus miles de seguidores como estrella musical en España, con bellas canciones que surgían de su corazón inmenso y de las almas de los demás componentes, con los que comparte sueño, vida y lucha desde hace décadas.
En cierta ocasión conecté mucho con algo que dijo en cierta entrevista. En ella explicaba que a él la música le hacía transformar todo lo que le afectaba y afligía en algo bello. Que tenía la capacidad de coger toda la basura emocional y hacer con ella algo bonito.
En unos momentos difíciles y de tanto duelo en Valencia, ha surgido un nuevo álbum de La habitación Roja, «Crear», cuya portada recoge a Mary, Mari Ángeles, Isa y Lola, las madres de cada uno de los componentes del grupo, vestidas de negro. Creo que las canciones del álbum, sin ellos pretenderlo, han llegado como un bálsamo sanador, un himno tal vez a la esperanza de un pueblo herido, aunque también con la fuerza necesaria para reponerse entre todos y todas. Al escuchar las nuevas canciones, he sentido eso mismo, que nacen de la necesidad de crear algo bonito a partir del fango que nos rodea. Porque, tras lo más duro, siempre es necesario comenzar a llenarse el alma castigada con cosas bellas como las canciones que nos vuelven a ofrecer una vez más Jorge, Pau, Marc y José. A ellos les doy las gracias por ayudarnos a seguir surfeando todavía hoy como soñadores, las tristes y oscuras aguas de estos tiempos con caricias maravillosas, urgentes y necesarias como esa que han denominado «Las Olas».
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