Opinión | Ágora
Sinvergüenza y desvergüenza política
Sinvergüenza es quien hace algo que de ser conocido merecería el reproche público. No hay sociedad a salvo de este tipo de sujetos porque va en la condición humana la posibilidad de degeneración. Sin embargo, y aunque no lo parezca, que haya sinvergüenzas es casi un síntoma de salud moral, pues el sinvergüenza obra ocultándose y fingiendo no serlo, lo que implica que teme el reproche social. Es sabido aquello de Rochefoucauld de que la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud.
Aristóteles decía que sentimos vergüenza cuando somos observados por otros en nuestra condición animal o envilecida. Pero lo cierto es que quien siente vergüenza todavía es capaz de experimentar el deterioro de sí mismo que supone ser visto por otros en esa tesitura, ya sea dejándonos llevar por pasiones o intereses deshonrosamente. Pero hay, además, una falta de vergüenza en sentido más amplio consistente en conducirnos en público persiguiendo nuestros intereses o placeres sin consideración alguna a los demás. Por ejemplo, nos parece un desvergonzado quién no rehúye su apariencia como tal, o se conduce sin el más elemental reparo al respecto.
De ahí que la desvergüenza no sea solo hacer algo vergonzoso, sino el ánimo desinhibido de quien se desenvuelve con vileza ante otros sin ningún reparo. Entiéndase que se trata de exponerse sin miramientos llevado por pasiones físicas o del carácter que nos rebajan. Así que la desvergüenza implica además el menosprecio de los otros cuya presencia se ignora, de modo que los rebajamos a su vez. Así que mientras que el sinvergüenza hace algo deleznable, el desvergonzado además lo hace sin temer ni considerar el reproche del que pudiera ser objeto. Así que el desvergonzado es una forma depravada del sinvergüenza.
Al menos así fue hasta que lo personal se convirtió en político y la desvergüenza se hizo revolucionaria y un resorte transformador de órdenes morales caducos. En el nuevo contexto, la hipocresía del sinvergüenza no pone en tela de juicio el orden moral, aunque lo debilita seriamente. En ese sentido el sinvergüenza es conservador. En cambio, el desvergonzado sí sacude el orden moral imperante y, también en ese sentido, es revolucionario y hasta puede reivindicarse vanguardista. Por ejemplo, en materias de recato sexual don Juan es un sinvergüenza, mientras que Casanova es un desvergonzado. Son herederos de Casanova los partidarios de exhibir públicamente el orgullo de orientaciones sexuales que le dan a la desvergüenza esa dimensión transformadora y política.
Como los órdenes morales imperantes no siempre son respetables, la desautorización y la resistencia a los poderes y reproches públicos pueden ser heroicidades morales, en efecto. Es el caso de Sócrates y de todos cuantos retaron el poder y la opinión pública de regímenes injustos, incluso con mártires civiles como los que se enfrentaron al totalitarismo nazi y comunista. Pero si ese modo de mirar se amplia y desliza hacia el orden de lo económico y de enriquecimientos anómalos, entonces resultará que mientras los chorizos de derechas son sinvergüenzas e hipócritas, y los chorizos de izquierdas son desvergonzados desenmascaradores de un orden social injusto y precursores de una nueva justicia.
En tales circunstancias, resultará inevitable que los jueces que aplican el orden legal y social vigente resulten ser agentes de la reacción conjurados con las fuerzas conservadoras. Esa puesta en tela de juicio masiva de las instituciones es el corolario y efecto invevitable de defender a los sinvergüenzas, aunque solo sea procurando su impunidad social o política por falta de pruebas para una sentencia judicial. La anuencia con los sinvergüenzas nos vuelve desvergonzados a todos, aún más cuando nuestro apoyo o reproche depende del color de los mangantes y transgresores de los límites de su poder. Es una calamidad para los países estar en manos de sinvergüenzas, pero es todavía peor que haya suficiente cobertura de cómplices y palmeros como para dejarlos impunes e institucionalizar la procacidad.
Se puede tratar de asesinar terroristas en países vecinos enriqueciendo sicarios, distribuir entre los propios dineros entregados por quienes pretenden favores de la administración, de sedes de partidos pagadas con dinero negro, de repartir fondos europeos entre redes clientelares o prosperar aprovechando los rebufos informales del poder de esposos, familiares o correligionarios. Nada de ello es por sí solo capaz de intoxicar todo un sistema institucional, salvo que para todos ellos se pretenda la impunidad legal a pesar de su reprochabilidad moral. Que un fiscal general del Estado pretenda permanecer en el cargo beneficiándose de las garantías legales que ponen a salvo a los ciudadanos del poder acusador de los fiscales requiriendo pruebas fehacientes, es desconcertante. Y algo más que desconcertante, si resulta innegable que esa fiscalía ha porfiado en una disputa política y es excusado por sus afines por defender la verdad, aunque sea por medios expresamente vedados a fiscales para, otra vez, defender a los ciudadanos de las acusaciones fiscales.
Es claro, me parece a mí, que nuestro sistema institucional está siendo arrollado por las disputas partidarias incapaces de exponer a los sinvergüenzas como lo que son, sinvergüenzas sin paliativos cuya prosperidad impune nos convierte a todos en desvergonzados cómplices de nuestros correligionarios.
Con la corrupción nos puede parecer que ocurre como con la basura espacial, que no estorba apenas por mucha que sea y que los sistemas la gestionan por sí mismos sin deteriorarse. Pero es una mera apariencia tranquilizadora. Lo cierto es que la basura espacial ya es un problema grave, y que los sistemas políticos tienen límite en su capacidad para sumir corruptelas sin intoxicarse y decaer. Cuando los sinvergüenzas pueden dejar de temer el reproche público y padecer sus consecuencias, entonces el sistema político padece de algo así como una insuficiencia que deja circular sin eliminar los deshechos.
No hay sistema legal e institucional perdurable que pueda prescindir de la autoexigencia moral y cívica que se resigna a no poder eliminar a los sinvergüenzas, pero que se resiste intolerante a su institucionalización en la desvergüenza.
- La Aemet empieza a activar los avisos meteorológicos en Valencia por la inminente llegada de la borrasca Harry
- Fallece Celia Domínguez, emprendedora de Xàtiva y símbolo de la lucha contra los tumores raros
- Alfonso Novo (gerente de FGV): 'Hay pueblos donde el metro pasa cada 40 minutos y el máximo deben ser 20
- La burbuja del alquiler ya expulsa a los universitarios de València: “Me planteo dejar la carrera”
- Frenan la instalación de una piscina 'turística' que pretendía sobrevolar una escoleta histórica en Patraix
- Lotería Primitiva: así es el exclusivo barrio de València donde se ha sellado el único boleto ganador
- Emergencias emite un aviso especial por temporal marítimo y lluvias partir del lunes
- El Pla de Quart, más de mil campos de fútbol y punto de partida de los parques inundables
