Opinión
Mi reino por un caballo
"Siglos después de aquel grito por un caballo, el escenario no es ya un reino británico sino una república americana donde se habla, aunque con diferente acento, el mismo idioma de las obras de Shakespeare"

Elon Musk, caracterizado en una carroza de carnaval en Alemanía. / AP/M.M.
Cuentan que era el octavo de los hijos del tercer duque de York, y que también respondía al mismo nombre de su padre. De él —me refiero al hijo— han venido diciendo desde hace más de seiscientos años que era deforme, de pronunciada cojera y que soportaba una prominente joroba. Pero sobre todo que era cruel hasta alcanzar la leyenda. Porque cuentan que llegó incluso a ordenar la muerte de su propio sobrino, heredero legítimo del trono de Inglaterra, siendo este un inocente niño de doce años, para alcanzar él mismo la codiciada corona británica.
Algunos años después, Tomás Moro, el conocido humanista y lord canciller de Enrique VIII —rey aficionado a cortar la cabeza a sus esposas—, escribiría unas crónicas sobre la terrible figura de aquel despiadado rey Ricardo que, a finales del siglo XV, le tocó padecer a Inglaterra. Relatos que servirían de fuente precisa, tiempo después, a William Shakespeare para la escritura de una de sus más célebres tragedias, en la que el autor de Stratford-upon-Avon nos enseña que todo el mal que provocamos en el mundo se nos vuelve al final en nuestra contra, aunque seamos reyes con o sin preponderante impunidad en forma de joroba.
Ricardo III sólo reinó dos años, concretamente entre 1483 y 1485, abriendo una época de conflictos y contiendas tremendas como la Guerra de las Dos Rosas. Su reinado concluyó cuando fue vencido por el ejército de los Tudor, comenzando así la nueva era de esa mítica dinastía. Sobre él se han escrito muchas leyendas. Incluso que no era ni tan malo ni tan deforme como ha quedado ya fijado en la memoria colectiva. Según Shakespeare, el duque de Buckingham —un primo de Ricardo— le ayudó a conquistar ese codiciado trono de Inglaterra aceptando los más escabrosos encargos. Y es que la historia nos enseña que ningún rey, de esos que previamente no contaban con el derecho legítimo al título hereditario, ninguno de ellos, ha conquistado un reino sin la ayuda de hombres poderosos, despiadados e interesados. Se trata de riquísimos sicarios que, en cada época, han limpiado o suavizado el camino al ascenso a tronos con todo tipo de artimañas, para cobrar la posterior, real y merecida recompensa con la que seguir incrementando sus propias riquezas. Podemos decir, por tanto, que la lealtad de estos altos secuaces ha estado siempre fundamentada, no en apasionados partidismos o patriotismos, sino en sacar una considerable tajada.
Como ya sabemos, cuando el primo Buckingham le pidió a Ricardo, ya rey, cobrar por justicia real su recompensa, concretamente el ducado de Hereford, éste se negó al pago, constatando que sólo le había necesitado para alcanzar el trono, ese que le duro bien poco ya que dos años después de todas aquellas mentiras, traiciones y acciones sanguinarias, el propio mal se volvió en su contra en el campo de batalla, donde un instante antes de fallecer clamaría de un modo desgarrador y patético el ya conocido «¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!».
Siglos después de aquel grito por un caballo, el escenario no es ya un reino británico sino una república americana donde se habla, aunque con diferente acento, el mismo idioma de las obras de Shakespeare. Allí tenemos a Donald Trump, un repetido rey recién coronado al que, en su ascenso al trono en esta ocasión, le ha ayudado un sicario llamado Elon Musk, otro personaje no sé si shakesperiano o más bien propio de las novelas de espías de Ian Fleming.
Pero ahora que toca cobrar por el trabajo realizado, tras ganar las elecciones, Trump, nuestro nuevo Ricardo, anunció el proyecto Stargate, una iniciativa conjunta de su Administración con la empresa líder en el sector junto a Softbank y Oracle para invertir hasta medio billón de dólares en impulsar la inteligencia artificial y la infraestructura necesaria para sostenerla. Un proyecto en el que ha dejado afuera a traición a Elon Musk, su propio y leal duque de Buckingham. El nuevo Ricardo, además, inicia una nueva era de imposiciones, expulsiones, recortes, aranceles, y de avisos de próximas conquistas soñadas de espacios helados o desiertos; de canales y países aliados; o incluso de satélites y planetas. Quizás se nos avecina una época parecida a la Guerra de las dos Rosas en la que todos los de la clase no billonaria acabaremos aniquilados y sin planeta. Lo único bueno que sacaremos de ello, si de ese modo ocurre, es que tendremos tiempo antes del final para escuchar a este Ricardo del siglo veintiuno, con el rostro exageradamente naranja, bajo un tupé de pelo de mazorca, gritar: «¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo», mientras su duque Elon Musk se ríe resentido y solitario desde el espacio, a bordo de su nueva nave eléctrica, acariciando un gatito blanco y persa.
- El teniente coronel acusado de enriquecerse con sobrecostes y mordidas con obras de la Guardia Civil acusa a Asuntos Internos de equivocarse
- Final del Mundial pasada por agua y con un calor asfixiante: la Aemet prevé tormentas con granizo, lluvias y fuertes rachas de viento en la Comunitat Valenciana
- Una mujer fallece al ser arrollada por un tren de la L1 de Metrovalencia tras un despiste
- Una clara mayoría de valencianos prefiere que el paseo García Lorca lleve el nombre de Jaume I
- El río Vaca en Tavernes, Simat y Benifairó de la Valldigna recupera un centenar de especies tras eliminar la caña invasora hace cinco años
- El PSPV pide que el secretario general de la Diputación de Valencia anule el pleno del día 30 por vulnerar sus derechos
- Un helicóptero y cuatro patrullas de la Guardia Civil participan en la búsqueda del toro y las vaquillas fugadas de los festejos de Gátova
- El distrito de València donde viven más argentinos
