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Opinión | En el barro

Tres episodios, una herida abierta que corre

Carlos Mazón, en el Museo de las Ciencias

Carlos Mazón, en el Museo de las Ciencias / Miguel Angel Montesinos

Vuelvo a casa por avenidas solitarias cosidas por la luz de las farolas. Paro en el semáforo de todos los días. Frenó casi por inercia. Al lado se detiene un coche que hace tiempo que es viejo. Conduce un tipo joven, con gafas y gesto serio. Detrás duermen dos niños pequeños, cada uno en un extremo. La felicidad de las pequeñas cosas. La que no se ve desde dentro. Solo cuando pasó o a través de los cristales borrosos del tiempo.

La noche y la placidez de los niños me lleva a algunos días de hace cinco años, volviendo aún más tarde a casa, superado de cansancio y con las marcas de la mascarilla en las orejas. Algunas de esas noches se cerraron con la voz de la consellera de Sanidad, que en ese momento devolvía mensajes y llamadas. Me recuerdo pidiendo encargos: poder entrar en algún hospital, aclarar algunos datos... Recuerdo a ella con el horror en las palabras.

Hay héroes que pasan por delante de los focos sin que casi se les vea, porque parecen acostumbrados a las sombras, al segundo plano, prefiriendo hacer en silencio y no tener la luz encima, como si algo en su interior les dijera que el bumerán de la atención pública casi siempre se vuelve contra quienes la buscan. Eso no les quita capacidad de resolución y dedicación. Después de ver lo de los Koldo y sus amigos, es más evidente quiénes no han tenido el reconocimiento merecido. Ana Barceló es una de esas personas. Posiblemente lo prefiere así.

Sé muy poco de ella, pero me parece que el perfil de la jueza de la dana encaja bastante en esa descripción también. Se ha mostrado firme y de una claridad que desmonta relatos alternativos, pero sabemos su nombre y poco mas: una jueza más en un juzgado comarcal. Cuando se han intentado acercamientos periodísticos, ha preferido no mostrarse. Ella no es la noticia. Solo su acción lo es.

11M, pandemia y riada. Todas esas tragedias convergen esta semana sin tener los diarios espacio para tanto horror. Gana lo más cercano. El tiempo tapa y lo que queda es arena que se cuela entre las rendijas de los días. Del 11M quedan retazos de historias, héroes que se difuminan y el intento de una mentira oficial bloqueada en las calles, movilizadas con rabia por algo más que el dolor.

Los tiempos se conectan. Hay una parte de esa historia hoy. Se vuelve a demostrar que la ira y la frustración son combustibles que aguantan más en la calle que solo la solidaridad. Se vuelve a demostrar la tentación del poder de intentar modelar la realidad para ajustarla a sus intereses electorales (iba a escribir políticos, pero la política es algo más que cosechar votos). Y entonces y ahora es la justicia, en forma de una persona encargada de tomar unas resoluciones y dictar una verdad, la que va apagando los hechos alternativos.

De los meses distópicos de la pandemia me queda la experiencia de hablar más con neumólogos e intensivistas que con políticos. Esperando esperanza. Me quedan el rechazo y el miedo cuando alguien tose cerca. Me queda la voz del doctor Álvaro Castellanos en el momento difícil de comunicar la muerte a los vivos. Me queda la sombra de haber hecho poco frente al negacionismo. No haber dado la importancia que tenía esa otra epidemia que nos ha ido carcomiendo las entrañas, la de los bulos y la verdad convertida en plastelina.

Los tiempos se conectan pero no se repiten. El 11M tenía adheridas en el tiempo unas elecciones y aquella fue la vía directa de la ciudadanía de expresar su opinión sobre lo que estaba sucediendo. No ha sucedido esa coincidencia en el calendario tras la riada. ¿Debería ser? Posiblemente es la solución política menos viable, la que quien puede ejecutarla rechaza, pero me sigue pareciendo la más razonable. No es porque la izquierda haya puesto ahora el debate sobre la mesa. Lo escribí veinte días después de la tragedia, como punto final a un diario periodístico de aquellas horas próximas al drama. Cuando se abre una brecha social de este calado, no solo por la magnitud de la catástrofe, sino por el barro y la división que generan la actuación de los responsables públicos, lo más saludable democráticamente es que la sociedad se exprese como está previsto en nuestro modelo de convivencia. ¿Los cambios a medio y largo plazo no sería mejor que los hiciera un gobierno elegido con un programa para ello?

No sé qué pasaría en las urnas. A quién le iría bien o mal. Dependería también de la oferta y los rostros. Pero quiero pensar que al menos bajaría la tensión política y social que hoy lastra la iniciativa y, sobre todo, la reflexión, con mandatarios con un radio de movimientos vetado. Sigo pensando que el futuro nos juzgará.

Los tiempos se conectan. El 11M, la pandemia y la gran riada subrayan dos grandes rasgos de este tiempo: vulnerabilidad y resistencia. Tras tanta herida, puede que no sea momento histórico para ninguna moral de victoria, pero la ética del compromiso sobrevive. Estoy seguro cuando veo a estos niños en el coche, tranquilos en sus sueños, conducidos a un lugar de paz.

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