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Opinión

Habemus Papam y el ruido de la Iglesia

La fumata blanca indicó la elección de León XIV

La fumata blanca indicó la elección de León XIV / Antonio Calanni / AP

No deja de sorprenderme las controversias y el ruido que desata la Iglesia. En el mundo de hoy, los cristianos se esconden socialmente con prudencia, mientras que los detractores sacan pecho y reciben palmaditas en la espalda por parte de aquellos que la condenan entre abusos y decisiones que no comparten. España es un país de tradición, que le gusta procesionar y pasear a cristos y a santos por todas sus calles. Sin embargo, esto no vincula a su pueblo con una fe, con una Iglesia siempre cuestionada y con sus templos cada vez más vacíos.

Es por ello que me asombra la energía mediática con la que se cubrió la muerte del Papa Francisco, así como los días previos al Cónclave y, por supuesto, la extraordinaria escenografía litúrgica de la elección de Robert Prevost como nuevo Papa de la Iglesia. La salida de León XIV al balcón vaticano obtuvo un prime time mundial inimaginable en cualquier otro evento. Los medios del mundo interrumpieron su programación y siguieron en directo ese habemus papam como si hubiese habido un apagón informativo de todo aquello que no concerniese a la elección del nuevo obispo de Roma. El mundo se construye con estas paradojas y, mientras es tan sencillo difamar, agredir y desprestigiar a la Iglesia, al mismo tiempo se la exalta con un respeto y admiración que, desde mi punto de vista, deslegitiman aquellas agresiones gratuitas que no representan a la Iglesia universal, sino a seres humanos en concreto, ovejas negras que existen en todas las instituciones y familias, y que acaban manchando un proyecto y una fe.

La aceptación mundial al nuevo sumo pontífice norteamericano refleja que el ruido es el ruido, pero que la Iglesia continúa gozando de un respeto y seguimiento mayoritario en el mundo. Es sumamente necesario que el Papa León XIV sea capaz de darse cuenta de que su voz sigue siendo importante para la humanidad. La senda trazada por el Papa Francisco debe continuar y, por ello, en su primer discurso Robert Prevost supo acertar con una oratoria sanadora, de integración y paz. Mencionar la paz como el eje central de su locución en un contexto de tantas agresiones e impunidad bélica es un signo que el mundo necesita. Al mismo tiempo, invitar a limar tensiones y buscar el diálogo entre partes encontradas es otro signo que necesita nuestro mundo tan polarizado. Finalmente, recordar de una manera clara, para creyentes y no creyentes, que el amor de Dios es para todos y, por tanto, poner en el centro de su papado esa inclusión universal que bebe del discurso transgresor de Jesús de Nazaret, es algo esperanzador.

Creo que el tirón mediático que ha supuesto la llegada del nuevo Papa debería servir al mundo para intentar volver a la senda de la tolerancia y el respeto. Al menos debería ser la elección de esa inmensa masa de ciudadanos moderados, prudentes y que albergan buena voluntad. No se puede dialogar con los fanáticos, con los que no escuchan y quieren imponer su rabia. Sin embargo, sí se puede levantar la voz de los justos entre el ruido, como parece que lo ha hecho Robert Prevost, el nuevo Papa León XIV que ha llegado al Vaticano con afán de influir en el mundo. Yo soy de los que confía en ello.

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