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Opinión | No hagan olas

A vueltas con Sorolla y el sorollismo

El coste de reconvertir Correos en un centro Sorolla se antoja cuantioso y, en cualquier caso, requeriría de una propuesta museográfica bastante más compleja y sólida que el de simplemente traerse lienzos y bocetos desde Harlem a Valencia.

El director de la Hispanic Society of America, Guillaume Kientz, y el presidente de la Generalitat, Carlos Mázon.

El director de la Hispanic Society of America, Guillaume Kientz, y el presidente de la Generalitat, Carlos Mázon. / L-EMV

Tres años costó localizar en los fondos del mar Báltico el gran velero real, el Vasa, que se hundió apenas fue botado en los astilleros de Estocolmo en 1628. Lo hizo un empresario sueco en colaboración con el gobierno de su país. Tardaron otros cuatro años en sacarlo de las aguas, en 1961. Otros veinte se ocuparon en crear el proyecto museográfico que albergaría el barco, y casi diez más en llevarlo a cabo. Finalmente, el Vasa Museum, junto a un muelle, se inauguró en 1990, hasta ser en la actualidad el espacio museístico más visitado de Escandinavia. Un éxito tan popular como riguroso, gracias al cual se puede conocer cómo era la vida en el siglo XVII, cuando Suecia era hegemónica en todo el norte de Europa.

Traigo a colación esta pequeña historia para entender mejor lo que puede significar ponerse a la tarea de crear un nuevo museo. Lo escribo porque de un tiempo a esta parte parece que no hay otro gran proyecto cultural en Valencia que pasear con una idea de museo dedicado a Joaquín Sorolla en su ciudad natal. Sorolla, quien precisamente propuso la creación de un centro de arte moderno para Valencia pero que terminó falleciendo en la sierra de Madrid donde se recluyó para paliar su mala salud. Apenas una década después su magnífica residencia madrileña se convertiría en una casa-museo dedicada a su quehacer cotidiano y su obra.

Sorolla no deja indiferente a nadie en Valencia. Su enorme éxito en vida le hizo producir una ingente cantidad de pinturas y fomentar una legión de pintores que imitaron, mal que bien, sus temas, técnicas y coloraciones, ese azul intenso tan sorollesco. Sus cuadros costumbristas le convertirían en la quintaesencia de la estética valenciana, en un artista canónico contra el que después se alzarían los contemporáneos en los años 60 y 70. Con el tiempo, sin embargo, las aguas volvieron a su cauce. Uno de sus mayores críticos, Tomás Llorens, teórico del arte social español de vanguardia en la Bienal de Venecia del 76, termina convertido en uno de sus valedores treinta años después, al considerarlo junto al norteamericano John Sargent el mejor representante del naturalismo pictórico.

La obra de Sargent y Sorolla se pudo ver confrontada en una muestra de la Thyssen-Bornemisza en 2007, y apenas dos años más tarde Bancaixa financiaría la exposición más cara de la historia en Valencia, dedicada a los enormes lienzos sobre las regiones españolas que Sorolla pintó a lo largo de más de un lustro para la Hispanic Society de Nueva York. Aún hoy desconocemos el detalle de los gastos suntuarios de aquella operación cultural, cuyos catálogos entelados se encuadernaron como joyas gráficas y para la que hubo que correr con todos los gastos de transporte y restauración de las piezas, además de tener que crear un aparatoso sistema de mudanza para introducir los grandes murales por los balcones de la sede social de una entonces boyante entidad cajística, el edificio de viviendas reconvertido en imposible sala de exposiciones. La muestra, no obstante su desorbitado precio, fue un éxito popular sin precedentes y anduvo de gira iniciada en el Prado por las grandes salas artísticas del país. Los políticos tomaron cumplida nota.

Desde entonces, el programa para un espacio Sorolla ha sido recurrente en la ciudad. El comisario de aquella exitosa exposición, Felipe Garín, junto al exrevolucionario Facundo Tomás, puso en marcha una «sala Sorolla» en el Convento del Carmen al tiempo que postularon un brillante proyecto para convertir en museo Sorolla el testero de la Estación del Norte, construcción cumbre del modernismo vienés en España con mosaicos del sorollista José Mongrell. Una idea a imagen y semejanza de la conversión de la estación parisina de Orsay en museo del siglo XIX, donde relucen los grandes maestros impresionistas, además de simbolistas, nabis y otros antecesores de las vanguardias, en un ampuloso recinto que la arquitecta Gae Aulenti se demoró también más de cinco años en reformar y adaptar.

No tardaría la Fundación Bancaja en ofrecer la cesión envenenada de su edificio a la Generalitat para fundar allí el «deseado» centro dedicado al pintor, mientras el museo de Bellas Artes también habilitaba una sala Sorolla con piezas menores que se conservan en la pinacoteca del San Pío V. Bancaixa pretendía deshacerse de su inmueble –así como del costoso mantenimiento y del personal que lo administra–, pero a Blanca Pons-Sorolla, verdadera custodia del legado del artista y su activa biznieta, no le hizo ninguna gracia ese plan.

Ahora de nuevo se anuncia un proyecto, un acuerdo del que poco más se conoce entre la Hispanic Society y la Generalitat, para crear un ámbito museístico en Valencia con obras de Sorolla que pertenecen a los fondos de esa sociedad privada neoyorquina. Se plantea, incluso, una posible sede en el histórico edificio de Correos, adquirido por la administración autonómica a la central en tiempos de Ximo Puig y todavía sin destino para su uso, aunque al parecer también la Diputación de Valencia quiere ampliar ahora sus museos quedándose con la antigua sede de Hacienda al objeto de recrear los fondos pictóricos que posee, importantes ciertamente, dado que durante muchos años pensionó a cambio de obra a los artistas valencianos, incluido Sorolla e Ignacio Pinazo entre otros.

El coste de reconvertir Correos en un centro Sorolla se antoja cuantioso y, en cualquier caso, requeriría de una propuesta museográfica bastante más compleja y sólida que el de simplemente traerse lienzos y bocetos desde Harlem a Valencia. Sorolla, además, necesita contextualizarse porque no es fruto solo del rapto creador individual. Su fermento se produce en una época de intenso desarrollo en Valencia, el periodo de entresiglos, lo que conocemos como premodernidad, que comparte con un nutrido grupo de buenos artistas como el citado Pinazo, los Benlliure, Cecilio Pla, Navarro Llorens, Salvador Abril o Fillol, con arquitectos renovadores –de Mora o Cortina a Demetrio Ribes–, incipientes fotógrafos como su propio suegro, el nacimiento del cine o la Exposición Regional de 1909 que propició el Ateneo Mercantil. Todo ello ayudaría a divulgar y comprender la génesis del ser valenciano actual, además de convertir en más atractivo con muestras temporales ese sueño de la cultura política local en forma de museo.

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