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Opinión | Trencar l'enfit

Subdirectora de Levante-EMV

Siete meses sin metro para 250.000 personas

Diez poblaciones valencianas todavía sobreviven como pueden sin el ‘trenet’, ese cordón umbilical que les une con València para tantas cosas

Las hierbas invaden las vías en la estación de metro de Torrent.

Las hierbas invaden las vías en la estación de metro de Torrent. / L-EMV

A día de hoy no sé si todavía la encontrarán ustedes en la portada web de Levante-EMV (la lucha es feroz por tener un sitio en el escaparate de las noticias más destacadas) o si ya está durmiendo el sueño de los justos de la hemeroteca digital. Si no está, se la pongo aquí, no sufra. En ella se cuenta cómo las malas hierbas y la naturaleza salvaje en general han tomado aquellas infraestructuras que quedaron paralizadas en el tiempo el 29 de octubre. Por ejemplo, las vías del metro. Diez municipios de l’Horta Sud y la Ribera y un total de 250.000 vecinos y vecinas están sin este servicio esencial en cualquier conurbación moderna desde el día del tsunami. Paiporta, Picanya, Torrent, Picassent, Benifaió, Alginet, Carlet, Benimodo, l’Alcúdia, Massalavés, Alberic y Castelló (de la Ribera), con una población equivalente a la de Vitoria, Hospitalet de Llobregat, A Coruña o Granada. Aproximadamente. 250.000 personas que, de un día a otro y durante siete meses han tenido que buscarse la vida como han podido y, si no han podido, han perdido el empleo directamente. La cosa es así.

Cuando pongo este ejemplo a mis amigos no valencianos - ‘imaginaos l’Hospitalet sin metro siete meses...’- me escuchan siempre con una mirada entre la incredulidad - ‘no me lo puedo imaginar, la verdad’-y un cierto hartazgo - ‘ya estamos otra vez con la dana’. Qué pesada, me repito yo también. De la misma manera que la sociedad valenciana no ha podido pasar página ni la pasará hasta que sepamos de verdad dónde estaba el presidente de la Generalitat después de comer tranquilamente en El Ventorro y con quien (sobre todo con quien), en ocasiones también pienso que yo misma estoy en un bucle del que es difícil salir. Por un lado y por otro, muchas cosas han cambiado desde entonces. 

Cuando mis interlocutores se cansan o veo que tienen pocas ganas de escuchar, cambio el tercio y saco a relucir un tema que a todos apasiona: hablo del apagón del 28 de abril. Entonces sí. Entonces vuelven a recobrar la chispa y, apasionados, entran al trapo. Que si yo estaba aquí, que si temí que fuera una guerra, que si yo no me enteré, que si mi hijo estaba solo... Y cuando les recuerdo que, aunque histórico, este apagón generalizado únicamente supuso entre seis y 12 horas sin luz y que hubo pueblos como Paiporta donde se tardaron semanas en recuperar el alumbrado público y caminar por sus calles daba terror, entonces recobran su mirada agotada.

Nosotros ya vivimos la pesadilla antes, me gustaría espetarles. Nosotros ya sentimos esa inmensa vulnerabilidad que supone que nadie te avise de que te vas a ahogar, o de que vas a perder un negocio, o tu coche o toda tu vida tal y como era en un abrir y cerrar de ojos. Aquí ya vivimos lo que suponía perder hasta el DNI y tener que buscar soluciones cuando no tienes tarjeta de crédito, ni efectivo, ni luz para cocinar, ni agua para lavarte... durante días y días. 

En alguna ocasión he escrito, y así lo mantengo, que quizás los valencianos hemos sido los conejillos de Indias de una Generalitat que falló en alertar y de un Estado que falló en dar respuesta. La Palma antes y la Comunitat Valenciana después han sido el escenario de batalla de dos catástrofes en las que el Gobierno debería haber aprendido para otros casos similares que puedan suceder en el futuro en otras partes de la geografía de la piel de toro. De cualquier modo, y a pesar de que me critiquen por esto, nunca he tenido dudas de que la respuesta institucional habría sido más rápida, más eficaz y con otro tono si la dana hubiera ocurrido en el País Vasco, Catalunya o Andalucía. Por no hablar de Madrid.  

Así que siempre les digo a mis amigos y familiares no valencianos que esa vulnerabilidad que sintieron el día del apagón, ‘nosaltres , els valencians’ ya la sentimos unos meses antes, para bien o para mal. Para bien, porque nos ayudó a aprender qué hacer en casos de emergencia; para mal, porque tuvimos que revivir de nuevo los miedos e inseguridades generados desde el día de la gran tromba.  

El 21 de junio, la fecha prevista

El 21 de junio está previsto que vuelva el metro a las poblaciones antes mencionadas. Casi ocho meses después de la tragedia, un tiempo récord si se tiene en cuenta que todo el puesto de mando de FGV quedó sepultado bajo la ola de barro y las vías saltaron literalmente por los aires en Paiporta. El 21 es sábado, un día de menor afluencia por si las cosas no acaban de salir bien. Confiemos en que sí.

Hoy se abrirá por fin uno de los tres puentes que continúa en obras en Torrent. Tres de los cuatro que tiene la ciudad fueron arrasados por el Poyo. Catorce de los 21 que atraviesa este barranco por l’Horta Sud sucumbieron ante la fuerza del agua. La piscina cubierta de Picanya está como el día D, destrozada, y en Aldaia sus vecinos se conforman: este verano no tendrán donde refrescarse. Y así, en muchos lugares más. Por mucho que se avance, y se avanza, la magnitud del desastre fue abismal. 

Cuando regrese el metro a tantos pueblos que no son València ciudad y desde los que nos desplazamos en autobuses lanzadera tras largas colas y agflomeraciones, desaparecerá la maleza que se ha colado en su ausencia. O quizás no. Quizás la maleza, en todos los sentidos, ha venido para quedarse. 

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