Opinión | Tribuna
De las cosas nuevas: de Byung-Chul Han a León XIV

El papa León XIV en la misa de inicio del pontificado. / EFE
Tiempo habrá para ir analizando el papado de León XIV. Pero deberíamos asumir ciertas lecciones que hemos vivido estos días donde medio mundo parecía respirar y vivir en la plaza de San Pedro de Roma. La inmensa mayoría hemos querido aplicar a una institución bimilenaria como la Iglesia las categorías políticas con las que analizamos a partidos y líderes políticos. El error ha sido de libro. Hemos asistido a tertulias que decían que estaríamos ante un cónclave larguísimo, ante un posible cisma y ante una posible vuelta a la misa tridentina, en latín y de espaldas a los fieles y otras lindezas. Se ha puesto la película Cónclave como ejemplo gráfico de lo que pasa ahí dentro, cuando una persona nada sospechosa de católica y clerical, como Javier Cercas, la ha tildado, como mínimo, de irreal y nefasta. Isidro Catela nos advertía de los errores hermenéuticos e interpretativos en la espera de la fumata blanca: “No hay pantallas táctiles, ni grafismos, ni relojes marcando la cuenta atrás. Hay espera. Hay ambigüedad. Hay silencio. Mientras el mundo corre, la Iglesia se detiene. Que mientras otros calculan, ella discierne. Que hay decisiones que no se anuncian, se revelan. El elegido no es un CEO ni un gestor. Es otro Pedro. No por ser perfecto, sino por saber que no lo es”. Y la realidad que se nos apareció nos descolocó, con su llamada a la paz y, nada más y nada menos, que con el nombre de León XIV.
Mientras vivíamos haciendo quinielas romanas, absortos como estábamos, se nos coló una noticia crucial que ignoramos. Byung-Chul Han ha sido galardonado con el premio Princesa de Asturias a las ciencias sociales. Este filósofo surcoreano es uno de los más grandes pensadores del momento. Toda su obra se enmarca en el intento de la descripción de la vida actual. Uno de sus mejores libros, La sociedad del cansancio, nos advierte de la peligrosidad de una sociedad cuyos cimientos es la construcción de una persona, un ser cansado, agotado y devorado por su propio ego, esclavo de un régimen laboral y social en el que no tiene tiempo para los demás. Su libertad es una condena de auto explotación. Todo ello se nos muestra invisible desde el entramado digital; nuestro opresor ya no es el patrono, el vil capitalista, sino que lo llevamos a todas partes, nuestras tabletas, nuestros móviles y en nuestros bolsillos. Ya no tenemos tiempo para discernir como han hecho los cardenales estos días.
Es, precisamente aquí, donde aparece la otra gran sorpresa que nadie acertó: cuando el cardenal Prevost se impuso el nombre de León XIV. Lo hizo porque, al igual que León XIII, con su encíclica que acaba de cumplir 134 años, la Rerum novarum, De las cosas nuevas, atisbó el gran cambio que se producía a partir de la primera Revolución industrial con los movimientos obreros y sociales. De la misma forma busca el Papa actual dar respuesta a la segunda Revolución industrial que estamos viviendo con los diferentes desafíos y retos de la digitalización del mundo. Hoy estamos llamados a hacer cosas nuevas, a intuir iniciativas y proyectos nuevos. Y todos, sin excepción, estamos llamados a esta hora de la historia que marca un cambio de época sin precedentes.
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