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Opinión | Trencar l'enfit

Subdirectora de Levante-EMV

Más funerales de Estado (y más memoria también)

Nunca el Estado ha pedido perdón por los errores cometidos, por acción u omisión. Ya va siendo hora.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a las asociaciones de víctimas ayer.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a las asociaciones de víctimas ayer. / Germán Caballero

'Lo doloroso del desaparecido es que delega en los seres queridos la decisión de matarlo'. Así se pronunciaba en 2021 el actor Juan Diego Botto sobre el desgarro vital y de por vida que sufren las familias de las personas que mueren sin que se sepa, nunca más, su paradero. Lo hacía a raíz del estreno de su obra de teatro sobre Lorca pero hablaba de su padre, un desaparecido de la dictadura argentina.

Aunque intento, porque lo intento, no obsesionarme con este tema que me ha llevado a ahondar durante años en archivos polvorientos y foros de lo más conmovedores, las memorias familiares y colectivas siempre vienen a mí, tercas y despiadadas. Vengo de familias con desaparecidos que jamás volvieron del frente de guerra. Un marido-padre de 44 años (mi bisabuelo) y un hijo-hermano de 30 (mi tío) de los que, de un día para otro, ya no se supo nada más. Ellas, las mujeres que quedaron, sufrieron lo indecible en todos los sentidos, una represión atroz, intensificada por el hecho de ser mujer, haberse quedado solas, sin recursos y, además, por ser pariente de perdedores. Es lo que hay. Como las lentejas. Y cuidado con abrir la boca.

Decenas de miles de familias españolas convivieron durante décadas y conviven todavía con la incertidumbre y el pesar de no saber en qué cuneta, campo de concentración, frente de guerra o fosa están los restos de su hijo, padre, madre o abuelo. Y ya nunca lo sabrán. Carreteras, autovías, pistas de aeropuertos, torres de luz, centros comerciales o instalaciones de todo tipo ocultan para siempre los huesos de quien antaño respiró, soñó y luchó. Y lo cubren, así, en silencio, porque hace muchos años alguien acordó -para vergüenza de muchos- qué víctimas y responsables tenían que pasar página al mismo tiempo: unos, tragándose la rabia y las ganas de justicia, y los otros, pudiendo dormir a pierna suelta, a sabiendas de que nadie les exigiría penar nada pese a los crímenes cometidos. Y así andamos, casi 90 años después.

Nunca el Gobierno de España, de ningún color, ha organizado un funeral de Estado a todos los ciudadanos y ciudadanas que murieron en defensa de la democracia. Nunca el Gobierno de España ha celebrado un funeral de Estado a todas las víctimas de aquellas tragedias en las que la estructura, el país, el Gobierno, sus mecanismos, organismos y entidades fallaron y les fallaron. Nunca el Estado ha pedido perdón por los errores cometidos, por acción u omisión. La ley está clara, y es la ley: los funerales de Estado son para personalidades muy concretas como presidentes del Gobierno, jefes de Estado o bien una figura de gran relevancia del país. Pues bien, yo añado que los funerales de Estado también deben celebrarse cuando los difuntos lo fueron porque quien debía protegerles no les protegió. Falló.

Es cierto, y a los autos de la jueza me remito, que la obligación de alertar a la población es de la Generalitat Valenciana y de su máxima responsable de Emergencias, pero la presencia, el deber de socorro y la empatía del Estado el 29-O y los días posteriores dejó mucho, pero mucho que desear. Por ser suave. La visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a València ayer siete meses después (¡siete!) no conseguirá compensar tantas semanas lejos de una zona cero que para muchos políticos valencianos y de fuera es como un valle de leprosos. Lo que el Estado hizo mal, lo hizo mal y no hay vuelta atrás. Muchos nos quedamos esperando su ayuda rápida. Pero se puede hacer bien en el futuro. Un funeral de Estado a las víctimas de la dana las honra, las dignifica y las visibiliza entre tanto intento de ocultarlas debajo de la crispación política y el tú más. Ellas, que hacían lo que hacían cualquier día normal cuando el agua les ahogó sin que nadie les avisara, se lo merecen. Que sus nombres, como escribió la joven Julia Conesa a su familia poco antes de ser fusilada en 1939, no se borren de la historia. Nunca.

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