Opinión | Ágora
El público y lo público
La democracia occidental nació entre vecinos que se conjuraron a no llegar a las manos y dejar sus discordias expuestas en palabras y argumentos que pudieran recabar el acuerdo de la mayor parte. Los atenienses tenían fama entre sus coetáneos de charlatanes. Y hasta tal punto identificaron con la naturaleza humana su costumbre de debatir que definieron al ser humano mismo como animal que tiene palabra y argumentos (zoon logistikon) y, por consiguiente, como animal político (zoon politikon).
El animal que tiene palabra no es solo el que puede hablar, sino el que está en posesión de sus palabras y éstas le expresan con la integridad de su libertad. Por eso les parece que los bárbaros que no saben más que expresar necesidades y buscar su satisfacción no van mucho más allá de los rugidos y gemidos animales. Tampoco lo niños están en posesión perfecta de lo que dicen, y como ellos cualquiera que no tenga nada que decir con interés para el común de los reunidos. Los que no tienen nada que decir relevante para la comunidad, y no hablan en público ni sobre lo público, son los «idiotes».
Por el contrario, «polites» son aquellos cuyas palabras brotan de la aspiración a lo justo en todos sus sentidos: lo propio de cada uno y de cada asunto expresado con la exactitud necesaria y posible. Por eso, el animal político es como el animal acuático: como el pez fuera del agua, el hombre fuera de la polis no lo es o no lo es propiamente.
El hábito elemental de no llegar a las manos y moderar la voz dejando de gritar en nuestras discusiones nos ha dejado escucharnos y poner nuestros desacuerdos en palabras. Cuando la pluralidad divergente de las opiniones lleva a escuchar, no es tanto o no solo un problema sino también y al mismo tiempo un lujo propio de hombres libres que llevan vidas civilizadas.
Pero los que evitan llegar a las manos entre ellos, pueden hacer otra cosa que los constituye en un pueblo antes incluso de ser —como dice Cicerón— una multitud ceñida por una ley. Los que prestan atención juntos a un mismo asunto y al mismo tiempo aplaudiéndolo, son ya por la concordia que es causa y efecto del aplauso, «un» público que prefigura la unidad de «lo» público, es decir, de la vida política como forma de vida de un pueblo.
Habermas sostuvo —con razón— que la expectación planetaria ante el derribo de la Torres Gemelas fue el primer acontecimiento en el que la humanidad formó un solo público. Hoy esa unidad de expectación se reitera de continuo en las crisis bélicas, bursátiles o epidémicas, o en las olimpiadas y las gestas deportivas en cinco sets. Y sobran motivos para atisbar que esa unificación mundial de la humanidad en un solo público anticipa formas institucionales más densas y operativas de gobierno planetario.
También en entornos locales o nacionales, la forma de vecindad que expresan los aplausos es lo que precisan las muchedumbres para formar algo así como un pueblo o paisanaje que tiene un cierto carácter prepolítico, al menos en el sentido de que no es meramente consiguiente a su supuesta «constitución» legal. Los teatros, estadios y ágoras, es decir, los primeros espacios urbanos donde tuvieron lugar los aplausos son las infraestructuras sociales de lo político.
Ciertamente, al respecto de lo anterior deberían de servirnos de advertencias las escenas de multitudes alineadas en aplausos interminables y unánimes a sus líderes, muy propias de regímenes totalitarios. La democracia liberal, a diferencia de las democracias orgánicas o populares, ha interiorizado la divergencia del aplauso entre sus conciudadanos. De hecho, la democracia es el régimen que procura la convivencia entre las discordias que hacen a unos aplaudir lo que otros abuchean, sin que ninguno pretenda acallar a los otros, aunque sí predominar circunstancialmente sobre los otros.
Emocional e intelectualmente hablando, una democracia requiere de ciudadanos capaces de respetar pacífica y calmadamente los aplausos ajenos a lo que les parece desaconsejable e incluso detestable. Pero también forma parte de la democracia la libertad y el derecho de argumentar públicamente sobre las razones de su rechazo ante los ajenos pacíficos y respetuosos. Esa educación sentimental requiere de una elaboración intelectual de la conducta que, por desgracia, es cada vez más infrecuente y que requiere de hábitos como la escucha atenta, la lectura y la discusión cordial.
Nada ayuda tanto a conseguir ese clima como la coincidencia ocasional pero intensa en los motivos para aplaudir juntos y poder reconocerse los unos en los otros en lo admirable. Desde tiempos de Atenas, nuestros deportistas, actores, músicos y soldados han sido un motivo recurrente para suscitar esa imprescindible y espontánea cordialidad prepolítica, pero de decisiva importancia política. Durante la pandemia, nuestros médicos y enfermeros nos dieron a todos ennoblecidos motivos para reunirnos en un aplauso hecho de gratitud y reconocimiento.
Menos feliz pero igualmente imprescindible es la coincidencia en lo reprochable que nos reúne a todos en la decencia como un espacio de acuerdos prepolíticos, aunque con enorme relevancia política. Por desgracia, nuestra actualidad política requeriría de ese predominio del acuerdo en lo elemental que hace tiempo que tampoco conseguimos. Es cierto que la democracia es el sistema político para la convivencia entre discordias, pero eso no significa que pueda sobrevivir a una completa falta de concordias elementales.
Los hábitos cívicos de la buena vecindad y hasta los modales corteses y amables no son a la larga prescindibles en un sistema democrático y forman parte del conjunto de supuestos prepolíticos que sostienen los sistemas políticos. De ahí la imprescindibilidad de lugares y ocasiones de encuentro para hablar de lo común y también de política fuera de las disputas partidistas. Nuestros políticos deberían embutirse en los modales de los vecinos y evitar a toda costa que sean los vecinos los que se enfunden en sus enconos, pero hacen continua y pertinazmente lo contrario.
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