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Opinión

València

Los caladeros del levantinismo

El crecimiento social del Levante UD no es solo por méritos propios, sino que también es producto de un oportunismo que se explica en la globalización de la ciudad, el bajo precio de los pases, los desarraigados y en la modernización del fútbol que tan bien representa su estadio, que canta en modo karaoke

Aficionados del Levante UD en la celebración del ascenso.

Aficionados del Levante UD en la celebración del ascenso. / Eduardo Ripoll

Las imágenes del ascenso granota nos han obligado a preguntarnos a todos si el sorprendente crecimiento social del Levante UD tiene bases sólidas sobre las que sostenerse o, por el contrario, hay mucha paja que separar del grano cuando la vida vuelva a torcerse de nuevo en Orriols. Dios quiera que eso suceda más tarde que pronto, pero la cuestión nos lleva a otra pregunta: ¿De verdad que todo este crecimiento es mérito propio?

Seamos claros: parte del mérito de este salto social es ajeno al mismo levantinismo. Estar en Primera División y, sobre todo, haber encontrado por fin a un inversor de verdad (José Danvila ha roto ‘el mito de los Boluda’ y el Levante UD) son los primeros motivos para enganchar aficionados. Sin esas dos premisas, nada sería igual. La otra, por encima de las otras dos, es el trabajo de Quico Catalán en la captación de socios desde la famosa campaña 'Qué grande es ser pequeño', y su política de dejar gratis los pases a los menores de 13 años para ganar masa social. En ese acierto de Catalán se explica en gran parte porqué hoy hay tanta gente joven en las fotos del último ascenso.

Pero uno, que siguió al club granota durante muchos años y habitó sus pupitres de prensa en los tiempos difíciles, advierte que el levantinismo ha crecido, también, al albor del oportunismo y el azar. Sí, el club está en Primera y la militancia de parientes de los viejos granotas es evidente. Hay muchos jóvenes, nuevas generaciones que apuntalan los viejos sueños de expansión del levantinismo. Pero hay gente, también, para la que el Levante se ha convertido en el refugio perfecto de quien no tiene otra cosa mejor que hacer un domingo.

El club ha pescado en caladeros variados, en condiciones muy favorables para la captura. A saber: de la inmigración (sobre todo nacional), de aquellos que llegan buscando una vida mejor y, ya que están, fútbol de élite y barato. A ellos se suman hinchas de otros equipos (sé que es un tópico que duele, pero hablo con conocimiento de causa: madridistas y culés, principalmente) que nunca se adherirían a la causa del otro equipo de la ciudad, por motivos evidentes. Los altos costes del fútbol televisado también han empujado a la gente a poblar aquellos estadios con tendencia histórica a la frialdad de sus gradas.

A ellos se suman unos pocos desencantados del Valencia CF, 'xotos' desarraigados que dejaron de ir a Mestalla hace lustros y que, ahora, tras sufrir el circo de Meriton han decidido que para cabrearse existen otras cosas y acuden a Orriols en familia a bufandear en voz bajita. En una ciudad gigante y cosmopolita, pueden pagar menos por lo mismo. Fútbol de Primera; Vinicius, Mbappe, Nico Williams y Lamine Yamal a 'low cost', con objetivos menores, y sin esperpentos institucionales, a no ser que vuelva otro Pedro Villarroel al palco de Orriols.

¿Y el estadio? 'Nuevo', coqueto, mucho más cómodo que Mestalla y sin el runrún de triste despedida que rezuma el campo del vecino rico venido a menos

Y los precios. Sí, los precios. El Levante ofrece pases baratos, sobre todo renovaciones con costes irrisorios, porque llenar el estadio con precios de club grande sería misión imposible. ¿Y el estadio? 'Nuevo', coqueto, mucho más cómodo que Mestalla y sin el runrún de triste despedida que rezuma el campo del vecino rico venido a menos.

Para esos colectivos que se han sumado a los granotas de toda la vida (levantinistas y gimnastiquistas, desde el Cabanyal hasta Poeta Querol) y a sus felices descendientes, el Levante es el club perfecto para quien quiere fútbol pero no demasiado compromiso. No a una vida hipotecada a tu militancia. Para ellos, el Levante es como esa discoteca de un barrio de periferia, con la música alta en high quality, juegos de luces y cánticos en modo karaoke, donde no hace falta arreglarse mucho para entrar y sí de ponerse a bailar cualquier canción con una cerveza 0.0.

Parte del crecimiento social del Levante UD es, por tanto, el triunfo del oportunismo bien entendido. No es una crítica al club. Al revés: el Levante UD ha sabido estar en el lugar y el momento adecuado para acoger a los despegados, a los desorientados, a los recién llegados y a los que no quieren muchas complicaciones. Pero que no nos vendan la moto de que esto es fruto solo de un proyecto deportivo brillante, de un relato romántico o de un carisma arrollador.  

Así que, enhorabuena al Levante UD, el club que ha hecho (también) de la segunda opción un modo de vida.  

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