Opinión
No digas que fue un sueño
Aquella Casa de Ejercicios de Espirituales donde se reunieron 'els 10 d'Alaquàs' es hoy una lección incómoda: convivir no es un ideal abstracto, es la única forma de construir futuro

Algunos de los '10 d'Alaquàs' fotografiados esta semana en el Teatre Micalet de València. / JM López
En 1975 el franquismo vigilaba cada palabra. La libertad era un delito. La Brigada Político-Social rastreaba reuniones, panfletos, ideas. La policía política nunca dormía. Una dictadura. De verdad. No la ficticia que invocan hoy tantos bocazas. Una dictadura con torturas y muerte. Habiendo vivido lo que hemos vivido, qué miserable hay que ser para llamar a nuestro tiempo dictadura; qué alma tan consumida hay que tener.
En Alaquàs, en la Casa de Ejercicios Espirituales de la Purísima, diez personas se reunieron el 24 de junio. No eran un bloque uniforme. No eran un bando. Eran todos. Ernest Lluch y Vicent Soler, socialistas. Josep Guia y Francesc Candel, del PSAN independentista. Carles Dolç, comunista atípico. Laura Pastor, carlista progresista. J.J. Pérez Benlloch, Josep Corell, Carles Martínez Llaneza, Xavier Navarro… cada uno con su bandera, sus matices, sus renuncias y sus urgencias. Querían autonomía. Querían democracia. Querían un País Valenciano libre. Sí. Entonces a nadie le molestaba esa palabra. País Valenciano. Si le molesta, deje de leer. No pierda el tiempo. No entenderá nada.
Eligieron el nombre «convivencia». Sonaba inocuo. Nadie podía prohibir, en apariencia, un encuentro para hablar de educación o de parroquias. Pero no era un retiro espiritual. Era un desafío político directo al franquismo. Allí se discutió un Consell Democràtic del País Valencià, un embrión de autogobierno que soñaba con un estatuto de autonomía, una lengua valenciana oficial, escuelas sin censura, una cultura propia sin mordazas. Todo ilegal. Todo peligroso.
Tomaron precauciones. Citas cruzadas en la Avenida del Oeste, coches discretos por la Avenida del Cid, rutas cambiantes. Pensaron que bastaría para despistar. No fue así. Les habían seguido. No duraron ni media hora. La puerta de la sala donde se reunieron se abrió de golpe. Un policía, pistola en mano, gritó: «¡Quietos! Manos sobre la mesa». Papeles al centro. Los furgones ya esperaban. Insultos, amenazas, golpes secos en la espalda para imponer miedo. Para evitar males mayores, tuvieron que tragarse una agenda en las furgonas de la policía.
En la Jefatura de Policía, lo de siempre: flexos encendidos hasta la madrugada, preguntas absurdas repetidas cien veces, humillaciones para doblegar la voluntad. La coartada oficial era frágil: decían debatir una revista piadosa, Oriflama. Nadie lo creyó. Los papeles incautados hablaban claro: autogobierno, ruptura, autonomía.
Pasaron tres días encerrados. Lluch, por ser conocido, evitó lo peor. Josep Guia tuvo suerte: tenía a la hija de un policía como alumna y suavizó la vigilancia. A Soler le pusieron con un asesino. Dolç, joven entonces, compartió celda con Lluch y aprendió rápido la lección de la resistencia: que, sin solidaridad, la política es soledad. Los demás sobrevivieron entre colchones húmedos, rejas oxidadas y presos comunes. Querían que cantaran nombres, que señalaran cabecillas. La Brigada lo sabía casi todo, pero no sabía lo más importante: estaban derrotados.
Fuera, la noticia se extendió. Lo que había empezado como una reunión clandestina se convirtió en símbolo. Vicent Ventura, veterano del antifranquismo, movió contactos en redacciones, universidades y despachos de abogados. María Consuelo Reyna rompió el silencio. Engañó a la policía. Su crónica y el manifiesto que publicó en Las Provincias desafiaron al régimen. Fue un acto de valor en un tiempo de censura. Abogados de derechas, conservadores, salieron en defensa. Manuel Broseta dio legitimidad. Su prestigio como jurista obligó al régimen a escuchar. Qué metafórico es que ETA asesinara a Lluch y a Broseta. Los terroristas odian a las personas de consenso. No quieren convivencia.
La presión creció. Universidades, abogados, sectores de la derecha democrática. Joaquín Maldonado, liberal, pagó las fianzas. Decanos de Económicas y Arquitectura se atrevieron a visitar a los detenidos. Miguel Colomina, decano de Arquitectura y tío de Rita Barberá, frenó a la policía.
El régimen no quería mártires. Franco agonizaba y Europa vigilaba. El 27 de junio salieron libres bajo fianza: 10.000 pesetas por cabeza. Ventura y Maldonado reunieron el dinero en horas. En la Glorieta, 300 personas aplaudieron. Maria Conca, con un ramo de flores, les esperaba.
La causa siguió abierta un tiempo. Se hablaba de años de cárcel. Querían cargarlo todo sobre Lluch, la cara visible. Pero Franco murió el 20 de noviembre. El 25, un indulto liquidó el expediente.
La Transición empezó a paso lento. Cada uno volvió a su vida, a su partido, a su trinchera. Lo que unió aquella sala del edificio religioso se diluyó pronto. La convivencia no sobrevivió a la libertad. Las diferencias resurgieron. Era inevitable. Era humano.
Aun así, dejaron huella. Su Consell Democràtic inspiró el estatuto de autonomía. La lengua valenciana se protegió, la lengua que tanto molesta a las mentes cortas. La democracia, aunque imperfecta, se hizo rutina. Josep Guia, años después, lo explica bien: «Queríamos un país normal. Seguimos en ello».
Alaquàs demostró que era posible sentarse a hablar incluso entre contrarios. Hoy celebramos su valentía
La unidad se fragmentó, pero Alaquàs demostró que era posible sentarse a hablar incluso entre contrarios. Hoy celebramos su valentía. Este lunes 23 À Punt emitirá un documental dirigido por Gabi Ochoa y Pau Martínez sobre aquel momento. El miércoles 25, en Alaquàs, habrá una visita guiada a la Casa de Ejercicios . Se celebra una victoria de la democracia.
Hoy las trincheras no llevan uniforme. Son redes sociales infestadas de bots, platós de televisión donde se repiten los tertulianos partidistas, parlamentos crispados con diputados actuando como cuadrumanos aplaudiendo las simplezas de sus líderes. Se escucha poco. Se etiqueta al rival como enemigo antes de entender su argumento. Se olvida ejemplos como el de estos 10 que, en 1975, se sentaron a pactar lo esencial con la policía pisándoles los talones. Se olvida que sin diálogo no hay democracia estable, sino ruido, bloqueo y desconfianza.
Aquella Casa de Ejercicios de Espirituales es hoy una lección incómoda: convivir no es un ideal abstracto, es la única forma de construir futuro. Hoy, libres y con urnas, parece costar más. No hay pistolas ni calabozos, pero hay trincheras verbales y sectarismo de sofá.
El reto, medio siglo después, no ha cambiado: sentarse con quien no piensa igual, pactar lo necesario, ceder sin traicionarse, sostener un proyecto común en lugar de demolerlo cada cuatro años. Alaquàs no fue un mito. Fue un gesto simple y valiente: reunirse para acordar lo imprescindible. Su eco persiste. Convivir no es rendirse. Es construir algo que dure más que un titular o una victoria momentánea. La lección de Alaquàs sigue esperando a ser aplicada de verdad. Ha pasado medio siglo. Estamos en el mismo punto. No. Peor. Pero no nos podemos rendir. La alternativa es impensable.
Recordemos a los 10 de Alaquàs. Son un ejemplo.
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