Opinión | Trencar l'enfit
Odio la guerra y a los malditos que las promueven
Me da igual cual sea el motivo o los principios que la muevan: en las guerras siempre mueren los de siempre y lo único que hay es dolor y sufrimiento. Y punto. En la Edad Media y ahora.

Trump entra en la guerra contra Irán, en una imagen de esta mañana. / LEVANTE-EMV
Odio la guerra. Cualquier guerra en cualquier sitio, la verdad. Hubo un tiempo en el que pensaba que algunos conflictos bélicos eran necesarios para salvaguardar derechos, identidades, valores, territorios o perspectivas de futuro, pero hace mucho tiempo que la palabra guerra me produce hartazgo, asco y mucha ansiedad. No hay ni una sola guerra que valga la pena. Todas comportan sufrimiento para la gente de a pie, todas. Generan hambre, dolor, muerte, violaciones y convierte al ser humano en carne de mercancía vendida a precio de saldo a unos señores comerciantes que se mueven, viajan y deciden sobre el destino de las personas desde otro nivel. La pregunta que siempre nos hemos hecho y siempre nos haremos cuando un mandatario decide llevar a su pueblo a la guerra está claro: ‘¿sus hijos morirán en ella? ¿Él morirá en ella?’. Es obvio que hace siglos que reyes y emperadores no se suben a un caballo para embarrarse hasta las cejas en primera línea del campo de batalla. Si tienen dudas, analicen y pregúntense cuándo fue la última vez que uno de ellos (se aceptan también golpistas y dictadores) perdió la vida en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo contra su adversario. Siempre son los otros. Siempre. Los nadie de Galeano, aquellos 'que cuestan menos que la bala que los mata'.
Miles de personas con banderitas al aire gritarán hoy y mañana entusiasmadas por un conflicto que solo comportará muerte y violencia. Cuando era pequeña fui de las afortunadas a quienes sus abuelos le hablaban de la guerra. Y digo afortunada porque soy consciente del silencio que ocupó miles de hogares españoles tras barbaridad que supuso la guerra civil y la posterior represión. Era otra época, es cierto, pero mis abuelos me hablaron mucho. Al principio anhelaba, ingenuidad infantil, poder vivir situaciones así de 'emocionantes', para mí: lanzarse a cunetas porque la avioneta ametrallaba, dormir todos en un colchón en el andén de una estación de tren mientras eran evacuados, salir cada mañana a ver qué se pillaba por ahí para comer de unos campos vacíos, esconderse tras ver las tropas de Franco entrar en València...Ya ven, me parecía emocionante. Y les pedía a mis abuelos que me las repitieran una y otra vez sin importarme que, en muchos casos, acabaran llorando. Porque la guerra es esto, dolor y lágrimas, y nada más. Por mucho que nos quieran contar, por mucho que nos quieran vender quienes las impulsan, la guerra nunca es una buena noticia, ni un espectáculo, ni nada, por supuesto, mínimamente emocionante.
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