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Opinión | En el barro

València

Bailando en un campo de minas

El mundo de hoy es de desorden y destrucción. Es el discurso que se ha impuesto por la lógica del desencanto. Lo demás es resistencia, que es una palabra que hace pensar en trincheras: parapetados, disparando a no se sabe qué, a una sauna hoy, a cualquier sombra mañana, porque el sentimiento que domina es el miedo

Pase de la película 'Sirat'.

Pase de la película 'Sirat'. / Eliseo Trigo

No sé si han visto ‘Sirat’. Es posible porque es de esas sorpresas que da el cine de vez en cuando y que se extienden casi sin querer. No la voy a recomendar, porque no animaría a nadie a recibir un puñetazo en la boca del estómago. Solo diré que lo único que me quedó claro es que es una película muy hija de este tiempo, imposible hace cincuenta años. Una película producto de un mundo al borde del precipicio, apocalíptico, con gentes perdidas en busca de no se sabe qué, esperando un sentido en medio de la destrucción. ‘Sirat’ es un puente a no se sabe qué, como este tiempo.

El viaje de ‘Sirat’ me temo que es muy parecido al de los cinco cadáveres que estos últimos días han aparecido esparcidos en distintas playas de la Comunitat Valenciana. Los cuerpos que hoy vemos en bolsas en la arena de nuestras vacaciones estaban hace unas semanas subiéndose a una embarcación indigna en una orilla de África en busca de no se sabe qué, pero algo mejor que la vida que tenían allí. Sí, yo también pienso que hay más dignidad en esas bolsas que en toda la bancada de la ultraderecha del Congreso de los Diputados, que pide expulsiones masivas de cualquiera con mácula no de extranjero, sino de otra raza, otra religión y sobre todo pobre. Lo dicen porque es lo que toca, lo que envenena el mundo, de Estados Unidos a Italia. Lo que produce el espectáculo y la sensación de superioridad y confort que buscan los supremacistas populistas. Da igual que no haya un dato que corrobore sus argumentos. Se trata de que las calles han cambiado y hay que aprovechar el miedo que eso genera siempre en busca de poder.

Destrucción. Te asomas un rato al Congreso, al comité de los socialistas españoles o a la fiesta de la derecha que saliva ante la cercanía del poder y lo que hueles es un mundo que saca el pañuelo para llorar. No hay algo nuevo, no hay ilusiones por algo diferente, nuevo y bueno. Lo más que hay es un intento de resistir ante la última crisis. Incluso en el congreso del PP lo que encuentras es algarabía ante la destrucción del otro. Un encuentro que empieza con las imágenes apocalípticas de los adversarios es sobre todo de celebración del hundimiento del otro para que gobierne uno. Simple cuestión de poder, no de política. Incluso el decálogo que presentó Alberto Núñez Feijóo es una relación a contrario de medidas del actual gobierno: fiscalidad, bajar impuestos; economía, subir el salario medio, no solo el mínimo; inmigración, reducir la ilegal; vivienda, construir más… Hay ilusión, sí, la de quien acaricia la recuperación del poder. Pero no hay grandes ilusiones que muevan la historia.

Feijóo, esta semana en el Congreso de los Diputados.

Feijóo, esta semana en el Congreso de los Diputados. / Europa Press

Donde está la ilusión, allí está el mundo (Juan Ramón Jiménez). Y el mundo de hoy es de desorden y de destrucción. Es el discurso que se ha impuesto por la lógica del desencanto. Por eso, la batalla ideológica la ganan los autoritarios y populistas cada vez más. Lo demás es resistencia, que es una palabra que hace pensar en trincheras: parapetados, con el casco puesto, casi sin capacidad de movimientos, disparando a no se sabe qué, a una sauna hoy, a cualquier sombra mañana, a una foto lejana porque todo lo que daña es bueno, porque el sentimiento que domina es el miedo.

No me hablen de culpas que ya sé que son del otro. Es la política de hoy. Sin media sonrisa de ilusión.

Cuento un ejemplo (cercano) de la política de hoy. Plan Endavant es el nombre que ha puesto el Gobierno valenciano al proyecto de reconstrucción tras la riada mortal de octubre. No se trata solo de la reparación de lo destruido, sino (sobre todo) de cómo hacerlo y cómo ordenar el futuro para que la catástrofe no se repita. Una colección ingente de medidas, algunas muy ambiciosas. Un montón de ideas que implican a todas las administraciones. Pero ninguna seguridad de que se lleven a cabo porque todo se ha desarrollado sin colaboración institucional. Lo que queda es un bonito papel y una buena dosis de frustración, porque el punto de partida es el desencuentro. El silencio. ¿No sería lo racional un proyecto compartido, de colaboración? ¿No sería mejor algo más real? No me hablen de culpas que ya sé que son del otro. Es la política de hoy. Es el mundo de hoy. De destrucción. Sin media sonrisa de ilusión. Bailar hoy es caminar por un sendero repleto de minas. Pero seguro que alguien llegará a algún lugar y lo contará mejor que lo contamos hoy.

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