Opinión
La xenofobia tiene nombre de hombre
Los discursos ultraconservadores se legitiman desde esferas exclusivas de varones que repudian cualquier pensamiento crítico

El presidente de Vox en Murcia, José Ángel Antelo, en Torre Pacheco. / Levante-EMV
Rita Segato, antropóloga, advierte de una «pedagogía de la crueldad» que nos socializa a los hombres, instaurados en una forma de relacionarse –con otras, otros y uno mismo– siempre violenta. La masculinidad es construida a partir de la competitividad, la confrontación, la revancha, el enfrentamiento, hostigación y señalamiento a toda expresión diversa. Los hombres difícilmente resolvemos los problemas desde el diálogo o la empatía, sino, desde la rivalidad, el ataque y la dominación. Así ocurre en la familia, las amistades, la empresa, las redes sociales o los centros educativos, convirtiéndose, por imperativo de la masculinidad, en espacios violentos. La falta de espacios seguros, por tanto, como resultado de una sociedad patriarcal que legitima la violencia ejecutada por la inmensa mayoría de varones. Así, pues, la homofobia, la xenofobia, el racismo o la violencia contra las mujeres ha sido firmada en exclusiva por un sexo, el masculino, carente de límites y respeto. Empezando, obvio, contra el considerado «segundo sexo», la mujer. Los hombres deshumanizan a las mujeres y no reconocen como iguales a quienes cuestionan estereotipos de género –¡muera el género y su violencia!–, pero también a otros hombres diversos como pueda ser un inmigrante, un homosexual o un heterosexual «sensible» (?). La violencia de los hombres se impone con violencia y se transmite y/o reproduce a diario: una mirada sexualizadora, el comentario homófobo burlón o los motes en el aula –«el moro», «el chino» «el panchito»– inician el caldo de cultivo de una masculinidad excluyente, impositiva y bélica. Por eso no produce apuro alguno afirmar y afirmo que la xenofobia tiene nombre de hombre. Que en las imágenes de Torre Pacheco, como en tantas otras, la violencia xenófoba se reproduce desde la masculinidad ante algunas miradas cómplices, residuales, de mujeres.
Los discursos ultraconservadores se legitiman desde esferas exclusivas de varones que repudian cualquier pensamiento crítico. Por eso desprecian el feminismo, el discurso desafiante por definición, el que cuestiona el patriarcado y el neoliberalismo, o sea, la propia estructura, el propio marco, de una sociedad instaurada por hombres violentos. Supongo que para esos violentos que campan a sus anchas en Torre Pacheco y más allá resulta insoportable ese feminismo transformador y liberador, sirviéndose siempre del diálogo, el análisis, el conocimiento, la sororidad y un pacifismo ejemplarizante. No comprenden que otro mundo es posible y deseable. Entristece y mucho que la coeducación no llegue a las aulas, secuestrada por discursos identitarios y reaccionarios. Contribuye a forjar hombres no violentos.
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