Opinión
Cinco años de Next Generation: la administración local como motor de Europa
El programa Next Generation de 2020 marcó un giro hacia una “Europa keynesiana”, basada en la inversión pública como motor de recuperación y modernización estructural

Entrada de las instituciones europeas en Bruselas. / Europa Press
El 20 de julio de 2020, en un contexto de incertidumbre global, la Unión Europea activó el mayor instrumento de inversión común de su historia: el Next Generation EU (NGEU). Cinco años después, su evaluación no puede limitarse a cifras macroeconómicas. Este instrumento ha supuesto, ante todo, un cambio metodológico en la forma de hacer política pública en Europa, con impactos directos en la ciudadanía y en los territorios.
Aquella decisión marcó un giro hacia una “Europa keynesiana”, basada en la inversión pública como motor de recuperación y modernización estructural. La aprobación fue posible por una correlación política favorable en el Consejo Europeo, hoy difícil de repetir. Entonces los gobiernos progresistas alineados, una presidencia alemana comprometida y una conciencia común del riesgo del covid19. Con un Consejo más fragmentado y crecientes resistencias a los mecanismos de solidaridad fiscal, sería inviable hoy alcanzar un pacto de semejante ambición.
Desde entonces, España ha sido uno de los países más avanzados en la ejecución del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (MRR). De los 163.801 millones asignados, un 80 % ya está comprometido. No obstante, solo el 31,5 % se ha resuelto en convocatorias hasta abril de 2025, lo que deja más de 110.000 millones por canalizar en apenas 16 meses, antes de que finalice el programa en 2026. Esta situación interpela a todas las administraciones: urge simplificar procedimientos, reforzar capacidades locales y acelerar la resolución de ayudas, especialmente para municipios pequeños y pymes.
Quedan más de 110.000 millones por canalizar en apenas 16 meses, antes de que finalice el programa en 2026. Esta situación interpela a todas las administraciones
Ahora bien, más allá de cifras y plazos, el verdadero valor de NGEU está en su enfoque transformador. Su principal legado debe ser el impulso a una nueva cultura institucional: más profesionalizada, más transparente y orientada a resultados. La gestión por proyectos con hitos, indicadores y rendición de cuentas ya no puede ser una excepción, sino el nuevo estándar. Esto supone fortalecer estructuras técnicas, fomentar la cooperación interadministrativa y consolidar una gobernanza multinivel.
Miles de municipios están siendo actores de primer orden en esta transformación silenciosa. Digitalización, sostenibilidad, eficiencia energética, movilidad verde, transición ecológica, vivienda asequible o rehabilitación urbana han pasado de ser conceptos abstractos a proyectos concretos que mejoran la vida diaria de la ciudadanía: más transporte público eléctrico, placas solares en escuelas, centros culturales rehabilitados, nuevos espacios verdes o redes de telecomunicaciones que acercan la administración a los vecinos.
Estas mejoras no son meros efectos colaterales. Son la expresión concreta de una política europea que baja al territorio y cambia realidades cotidianas. Los fondos han permitido que muchas familias vivan en hogares más eficientes y confortables, que estudiantes dispongan de aulas conectadas y que personas mayores puedan acceder a servicios sociales digitalizados. Es decir, han mejorado directamente la calidad de vida de la ciudadania, la cohesión territorial y la igualdad de oportunidades.
El reto es no volver al punto de partida cuando finalicen los fondos NGEU. El 2026 no debe suponer el cierre de una etapa, sino el inicio de una nueva forma de gobernar, donde la planificación estratégica, la evaluación de impacto y la cooperación entre niveles de gobierno sean norma, no excepción. Aún queda una gran oportunidad para consolidar redes público-privadas con valor añadido, posicionamiento europeo y una visión a largo plazo.
Desde 2021, los fondos han tenido un impacto macroeconómico evidente: 2,6 puntos de PIB acumulados, con previsión de alcanzar 3,4 puntos en 2030. España ha liderado el crecimiento económico en la eurozona con tasas del 6,4 % en 2021 y 5,8 % en 2022. Pero también se ha impulsado un tejido productivo más resiliente, con inversiones estratégicas en sectores punteros como la automoción sostenible, el hidrógeno verde o la microelectrónica.
Desde una perspectiva “euromunicipalista”, estos cinco años están siendo una oportunidad histórica para profesionalizar la administración local, acercar la Unión Europea a la ciudadanía y generar un modelo de desarrollo más justo, sostenible e inclusivo. Si logramos consolidar esta metodología, el NGEU no será solo un fondo temporal, sino el origen de una nueva política pública transformadora.
Europa se construye en cooperación, en el largo plazo, con visión compartida. En tiempos de grandes desafíos geopolíticos y climáticos, no podemos permitirnos políticas cortoplacistas. La ciudadanía necesita resultados tangibles, pero también instituciones que sepan anticipar, planificar y cuidar el bien común.
Tenemos 16 meses para culminar este ciclo, pero el verdadero reto es dejar implantada una administración innovadora, socialmente comprometida y europea en su forma de actuar. Porque la transformación empieza en lo local. Y Europa empieza en los municipios.
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