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Opinión

Maldición eterna a quien no lea estas líneas

La verdad, en cambio, se abre paso por senderos ásperos. Los medios convencionales, con sus grietas, nos traen las atrocidades de Israel. O de cualquier guerra.

Varios periódicos.

Varios periódicos. / Levante-EMV

Este artículo nace al calor de la última novela de mi amigo y mentor Miguel Herráez, Aparte de lo otro. Su libro me arrastra a un tiempo que viví cuando era un niño, ajeno a las miserias de la vida adulta. En sus páginas, como un murmullo, puedo ver la redacción de Valencia Semanal. Fue una revista. Un refugio. Un desafío. Yo no lo sabía, pero ellos estaban ahí.

Publicada en Valencia entre 1977 y 1980, fue más que papel y tinta. Fue un pulso en la Transición. En ella trabajaban periodistas como Ferran Belda, Rosa Solbes, Rafa Ventura Meliá, la olvidada Pilar López. Allí se oían voces como las de Cerdán Tato, Ernest Lluch y Josep Vicent Marqués. Bajo el mando de Amadeu Fabregat, plantaron cara a la extrema derecha, a las amenazas que no eran solo palabras. No eran héroes de fábula. Eran personas. Con miedo. Con coraje. Con sangre en las venas.

Pienso en ellos cuando oigo los lamentos de periodistas actuales de la capital, con sueldos mullidos, que gimen de dolor por los ataques de ejércitos de bots en redes. Pienso en ellos cuando veo a políticos lloriquear por un par de insultos en Twitter, como si fueran tragedias. Qué frágil parece su mundo frente a los de Valencia Semanal.

Aquellos periodistas periféricos se enfrentaron matones. Era tiempo de paquetes bombas. De cócteles molotov. No había algoritmos ni hashtags. Había matanzas, como la de Atocha. Y, aun así, no retrocedieron. Herráez, en su novela, retrata con precisión a esos periodistas. No los sube a pedestales. Los hace humanos. Se inventa personajes. Y nos recuerda que su valentía era de carne, no de bronce. Nunca estaremos a su altura. Dios bendiga a la periferia.

El periodismo hoy vive bajo un manto de sospecha. Injusto. Una mentira se desliza, silenciosa, corrosiva: los medios engañan. Los periodistas mienten. Están al servicio de sus amos. Están al servicio del poder. Se ha repetido cien mil veces. Un millón. En vídeos virales. Por eso algunos creen que es cierta. Goebbels lo sabía. Los psicólogos lo llaman a esto el efecto de la «ilusión de verdad».

Esa falsedad tiene raíces antiguas. La usaron los cortesanos de todo poder. Hoy, se propaga en vídeos de TikTok, en memes de WhatsApp, en hilos de redes sin firma. Voces sin rostro, sin un libro abierto en su vida, te explican el mundo. Y muchos les creen. Porque es cómodo. Porque no pide pensar. Porque acaricia los prejuicios.

La verdad, en cambio, se abre paso por senderos ásperos. Los medios convencionales, con sus grietas, nos traen las atrocidades de Israel. O de cualquier guerra. Nos relatan las cacerías fascistas de Torre Pacheco. Nos hablan de Montoro, Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, el novio de Ayuso y el chalet en la sierra, las comilonas de Mazón y Rovira…

Los medios no son intachables. Hay canales sesgados. Radios que tuercen. Periodistas que se venden. Pero la mayoría, créanme, la inmensa mayoría se despierta cada día con un propósito: hacer bien su trabajo. Lo intentan. No siempre lo logran. Se equivocan. Como todos. ¿Quién no se arrepiente de alguna mancha en su vida? ¿De verdad alguien se dice inmaculado? ¿Quién es tan perfecto que no tiene nada de lo que arrepentirse? Errar es humano. Corregir, también. Negar el error es cobardía.

Otra falacia prende con fuerza: si alguien falló una vez, está marcado para siempre. Es un veneno. Absurdo. Dañino. Bloquea la crítica justa. Un cineasta puede crear una obra maestra y su siguiente película ser un desastre. Un cocinero puede brillar con un plato y arruinar el siguiente. Un periodista puede errar. E investigar. Y acertar. Los medios, con sus tropiezos, sus fuentes que a veces los manipulan, buscan enmendar. Buscan la verdad. No siempre la alcanzan. Pero lo intentan. Y cuando fallan, la reacción no es ocultar, sino corregir. Aprender. Seguir buscando.

El ataque a los medios, indiscriminado, no es inocente. Parte de quienes sueñan con heredar poderes antiguos, en sus múltiples formas líquidas pestilenciales, impregnados del odio y la dialéctica de tiempos pretéritos. Están anclados en el pasado, como las ideas que son sus fuentes del yo. Rancios. Quieren manchar a los profesionales para encumbrar sus «medios alternativos». Ya hemos visto cómo terminan esos canales.

Sin periodismo, sin medios, no hay democracia. Solo un coro de papagayos chillando en la plaza del mercado, ebrios de ira. La libertad de prensa es un pilar. No un lujo. Despreciarla, de forma sistemática, gratuita, nos hace más ignorantes. Más frágiles.

El sesgo está en todos. Nadie escapa. Pero, para usar una imagen de cine, ningún medio serio ocultaría que está cayendo un meteorito. Desconfíen de quienes les dicen que no miren al cielo.

La memoria de Valencia Semanal de Herráez no es solo nostalgia. Es oportuna. Es un recordatorio. Aquellos periodistas miraban al cielo. A veces tenían miedo. A veces, dudas. Pero no se rindieron. Enfrentaron la tormenta. No por gloria. Por verdad. Por un mundo que no se doblegara ante el odio.

Herráez lo sabe. Su novela nos muestra lo que fuimos. Lo que podemos ser. Nos recuerda que la verdad, aunque esquiva, es el único rumbo. Lo que se inventa es la mentira. Sin medios que la busquen, imperfectos pero obstinados, nos quedaríamos ciegos. En la plaza, solo ruido.

A pesar de todo, a pesar de sus miserias, el periodismo sigue valiendo la pena. Lean. Les va la vida en ello.

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