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Opinión | Barraca y tangana

Castellón

Fajos de billetes

Lo que un día te hizo ganar, pasado un tiempo ya no vale

Archivo - Imagen de archivo de billetes de euros.

Archivo - Imagen de archivo de billetes de euros. / GOBIERNO - Archivo

Fui a las fiestas de mi pueblo sin dinero en efectivo, que es como no ir. Sin datáfono en la barra móvil de la plaza, me convertí en un parásito. Después de dejar sin dinero a mi mujer, regresé a mis orígenes y recuperé una de mis mayores habilidades. Rescaté una virtud natural que siempre se me dio genial, una práctica que siempre bordé con fluidez y sin esfuerzo. Podría decirse que he nacido para ello. Fui el auténtico Balón de Oro de esto: volví a pedir dinero a mis padres.

El caso es que hice corto, porque gastar dinero a un ritmo sobresaliente es también una de mis habilidades naturales. Por suerte, y cuando estaba a punto de mendigar junto al baile, me topé, cerca de la barra y pasada la madrugada, con mi padre. Le pregunté si llevaba dinero, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de billetes. Un fajo exageradamente grande. Podría haber comprado un país pequeño en ese instante.

Honestamente, la visión del fajo de colores me desconcertó, porque mi padre no es el tipo de persona de la que esperas algo semejante. Quizá se aburra ahora en la jubilación y esté buscando diversión en el narcotráfico. Lo miré con fascinación, como si lo viera por primera vez, y dudé. ¿Eres mi padre o eres Lendoiro?

No lo dije, pero lo pensé. He vivido lo suficiente para saber cuándo hay que aceptar dinero sin hacer preguntas, y ese momento, con el cajero más próximo a media hora de distancia en coche, era el idóneo para extender la mano y mantener la boca cerrada. No he vuelto a sacar el tema del fajo ni lo sacaré. Nunca ocurrió. Al menos por mi parte.

Lo que yo pretendía aquí, por si no estoy siendo muy claro, es hablar sobre la capacidad de sorpresa. Es una lucha personal: con 20 años era tan idiota que pensaba que lo sabía todo sobre el fútbol y nada podía sorprenderme, y ahora con 42 me esfuerzo por flexibilizar mi mirada y ponerlo todo en duda. Puedes pensar que lo sabes todo sobre tu padre (y estarás equivocado) y una noche te sorprende. Puedes pensar que sabes todas las respuestas sobre algo, cuando en realidad ni siquiera estás lanzando las preguntas adecuadas. Así sucede casi siempre.

Ya no vale

En el fútbol, cuando piensas que lo sabes todo, de repente alguien saca de manera inesperada un fajo de billetes (a veces, incluso, literalmente). Diría que es una cualidad indispensable para ganarte un hueco entre los grandes entrenadores: tener la mente abierta para dudar y pensar que no sabes y mantener a tu equipo en una evolución constante, añadiendo matices a medida que cambia el paisaje. Porque lo que un día te hizo ganar, pasado un tiempo ya no vale.

Es muy difícil, intuyo, renunciar a aquello que un día te hizo triunfar. Quizá por eso hay tantos entrenadores cuyos primeros años son los mejores. Llegan con ojos abiertos, ideas nuevas y afán explorador, pero luego cuesta entender que pasa el tiempo y el escenario se mueve, y el mismo truco no sorprende a nadie. Tampoco es un drama: es probable que los ecos del éxito sirvan para estirar el chicle en ligas menores. Es fútbol: será por fajos de billetes, a todas horas y en todas partes.

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