Opinión
De principios, valores, vida pública y escuela
Los valores son creencias y convicciones personales profundas sobre sobre lo bueno y deseable, que son importantes para las personas, orientan sus vidas y decisiones y les dan significado, influyendo en sus actitudes, conductas y decisiones. La libertad, la igualdad, la solidaridad, la honestidad, la veracidad, son ejemplos de valores.
Sobre los valores se asientan los principios, que son reglas o normas fundamentales que guían las acciones y decisiones de las personas y que a menudo se consideran como universales y se pueden aplicar a diferentes situaciones y contextos, que son fundamentales para la vida buena y para construir un entramado social que permita la vida digna de todos.
Una sociedad sin principios ni valores es una sociedad condenada a la degradación.
El ideal de la modernidad, el de la ilustración, era un ideal de personas libres, formadas, con criterio, buenas, decididas a construir un futuro mejor.
El holocausto provocó un choque en las conciencias y en la intelectualidad, y, aparentemente, marcó un momento de ruptura con esos ideales de la modernidad, porque los gestores del genocidio, y los oficiales que dirigían los campos de exterminio, eran personas cultas, disfrutaban de la buena música, tenían familia e hijos. Eran “modernos”, ilustrados, cultos, pero no les temblaba la mano para gestar asesinatos en masa cada día. Visiten ustedes Auschwitz o lean sobre el tema.
La postmodernidad, con su crítica a los grandes relatos, a las ideologías imperantes en el siglo pasado, optó por un individuo autosuficiente y asertivo, que disfruta de la vida y de la tecnología, para pasarlo bien sin molestar demasiado y sin que te molesten, con valores muy ligeros.
Pero sin valores fuertes, como la honradez, la veracidad, la solidaridad, la bondad, la compasión, la responsabilidad social, estamos condenados a los populismos, a la dictadura y a la tiranía de los medios, controlados por las grandes corporaciones o por los grupos políticos, muy poco ecuánimes.
Ubicándonos en un plano cercano, ¿cuál es nuestra reacción frente al espectáculo cainita de la política española, en que se han instalado el desacuerdo, la mentira, la corrupción, el engaño? La situación se caracteriza por una elevada polarización, tensiones territoriales y un clima de confrontación entre las fuerzas políticas, en que se han sobrepadado todas las líneas rojas, por unos y por otros. La vida pública debe ser limpia y ejemplar, especialmente en el ámbito político. Si no es así, se favorece la desesperanza y desafección, cuando no el crecimiento de los populismos, que, con mensajes cortos y directos, proponen soluciones sencillas para problemas complejos. Porque las decisiones políticas parecen las más de las veces más guiadas por el cálculo estratégico que por la coherencia ética y los valores.
Afloran, también, las contradicciones e incoherencias: lo que ayer era absolutamente inaceptable, por no ser justo ni ético -o por contradecir la Constitución española-, hoy es todo lo contrario, ya es justo y ético, y ya no la contradice. No sé a ustedes, pero a mí me provoca hastío y vergüenza ver a personas significativas del espectro político diciendo un día una cosa y otro la contraria y repitiendo machaconamente, como loros, las consignas del partido para el momento. No se preocupe usted, que tengo principios, pero los cambio mañana en función de lo que me convenga.
¿Cómo se puede construir así una sociedad democrática, avanzada, solidaria y buena, si los responsables actúan quebrantando los principios?
Titánica es, en este contexto, la tarea de la escuela, que ha de remar contra corriente, sembrando en las conciencias de los niños, adolescentes y jóvenes, valores fuertes, conciencia crítica y compromiso social, que permitan mejorar nuestra sociedad, adocenada a veces, y sentirse responsables de lo que está pasando, en nuestro entorno cercano, primero, en nuestra comunidad y en nuestra región, en nuestro pais, y en otras partes del mundo, como Gaza, Ucrania o países africanos, sometidos a la tiranía y al asesinato.
El sistema educativo tiene que amueblar la mente y el espíritu, ayudar a construir conocimiento sobre la realidad, sin el que seríamos ignorantes y manipulables, pero también a construir actitudes y valores sólidos para cambiar el mundo y mejorarlo.
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