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Opinión

València

Dejar de Producirlas (Miseria, injusticia, indignidad)

Imágenes de Marc Cabanilles en su último viaje a África.

Imágenes de Marc Cabanilles en su último viaje a África. / Marc Cabanilles

Tercer y último artículo en relación a mi viaje por el corazón de África.

Varios meses recorriendo lugares donde se puede ver, escuchar, oler y tocar lo peor de la condición humana, dan mucho para pensar sobre la vida, en qué estamos convirtiendo el mundo, qué grado de sufrimiento se puede soportar, qué mecanismos pueden llegar a convertir un paraíso en un infierno. No puede quedar todo lo visto, escuchado, olido y tocado, en unos cuantos relatos “simpáticos o impresionantes” de las situaciones y vivencias por las que hemos pasado, sino que, terminada mi presencia en numerosos emplazamientos, tan olvidados como castigados, me siento en la obligación de realizar una reflexión sincera, humana, humilde y prudente, sobre cómo la criatura que se supone la más inteligente del planeta, ha podido llegar a cotas tan altas del absurdo en su existencia.

Por momentos, y hubo varios, me sentí atrapado en una situación, en un entorno, en una forma de hacer las cosas, que al no reconocer ni pensar que así podrían ser, alteró mi percepción de la realidad, en tanto en cuanto percibí que no encajaba con lo que me rodeaba, me sentí extraño hasta en mi propio cuerpo, llegando a preguntarme qué hago aquí o qué esperan de mí las personas con las que estoy o qué imagen estoy transmitiendo a quienes siguen mi periplo.

Eran tantas las diferencias, de idioma, de ideas, de costumbres, de encarar los problemas, la forma de comunicarse que, por momentos, la sensación de aislamiento era inevitable. Un aislamiento más bien existencial, puesto que en lo físico, el trato, la aceptación y el acogimiento por parte de personas que nada tienen, fue extremadamente cálido y abrumador. Aislamiento existencial que se refleja en diálogos con uno mismo sobre temas aparentemente banales, como qué es la normalidad, dudas sobre la visión del mundo, si realmente tengo dificultades, si estaré haciendo lo correcto, duda sobre si habrá un cambio en mi vida, inquietud sobre si debo guardar o expresar las emociones, y menos mal que el objetivo no era ser aceptado o comprendido, cosa que hubiera agravado esa sensación de aislamiento, de no encajar.

Es tal la infamia, lo inhumano y lo injusto que he visto, que un pensamiento inevitable y repetitivo se refiere a lo absurdo del mundo que estamos construyendo, donde se nos quiere hacer creer que las cosas suceden sin causa ni razón aparente, que son así, cosa totalmente falsa. Ese querer fiarlo todo a una falta de causalidad o razonamiento viene muy bien a quienes buscan que no haya respuestas a lo que sucede, consiguiendo un doble objetivo. Por un lado, que la única vía sea la de continuar viviendo adaptándose a lo que hay, sin intentar cuestionarlo, y por otro lado, provocar el olvido o rechazo de la sociedad a todo aquello que, aparentemente, no tiene una causa.

Un viaje como el que he efectuado, me deja una inquietud muy preocupante.

Esa mentalidad capitalista por la cual, quien no sea productivo, quien no se adapte a unos mecanismos sociales que se intentan imponer como “universales” y que la gran mayoría hemos aceptado, quien no cumpla unas expectativas que la sociedad impone como casi obligatorias, en definitiva, quien no pase por el aro, quedará relegado en su vida a un papel secundario, perdiendo su lugar en ese mundo prediseñado de la cadena productivo consumista. Y eso mismo, es lo que le pasa “al mundo” de muchos pueblos africanos, víctimas de ese relego, de ese papel secundario, con una única función en el ámbito mundial, la de ser un mercado dependiente, orientado a proporcionar “recursos”, bien sean naturales o humanos para que “otros mundos” puedan seguir siendo productivos, puedan seguir con sus mecanismos sociales y pueden seguir cumpliendo sus expectativas.

Ahora mismo, me cuesta imaginar qué grado de vulnerabilidad y abandono podrán llegar a soportar, sin rebelarse, aquellos pueblos o territorios que, con el tiempo y por razones ajenas a sus intereses, dejen algún día de cumplir con los roles que desde Occidente se les imponen.

Mientras, siendo el objetivo de los grandes poderes económicos del mundo (la UE, China y EE.UU), consolidar a toda costa su dominio bajo las reglas del más puro estilo capitalista (explotar y acumular), África permanecerá relegada a los márgenes de la toma de decisiones global, y por tanto, cualquier promesa de emancipación, desarrollo o autonomía, será una simple ilusión, y además, irrealizable.

Aunque no lo parezca, aunque se intente disimular, aunque la mayoría de medios de comunicación lo ignoren, esa perversa mentalidad colonial y capitalista cuya indiferencia calculada selecciona qué vidas importan y cuáles no, esa desconexión total con valores éticos y humanísticos, la disparidad de normas, juicios y expectativas según “el mundo” de que se trate, agravado todo ello por una falta generalizada de criterio y espíritu crítico en la sociedad, forman un cóctel que es la causa de toda la inestabilidad que observamos, de la tragedia que arruina la vida de millones de personas y es lo que va a dejar el planeta inservible para que la mayoría de la población, pueda llevar una existencia en condiciones óptimas.

Desde que apareció el concepto de "cooperación al desarrollo" tras la Segunda Guerra Mundial, y desde el “boom” de las ONG’s tras el derrumbe de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría en 1991, una numerosísima legión de burócratas, miles de personas bienintencionadas, y billones de dólares se han invertido para acabar con la miseria, la injusticia y la indignidad, sin que ninguna de las tres lacras haya disminuido.

Porque el problema es, que si de verdad queremos acabar con la miseria, la injusticia y la indignidad, en vez de considerarlas como un negocio, en vez de maquillarlas, en vez de hacerlas soportables, la única forma de acabar con ellas, es dejar de producirlas. Y en eso, estamos lejos, muy lejos.

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