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Vicente Berenguer

Vicente Berenguer Llopis, sacerdote misionero fallecido a los 87 años de edad.

Vicente Berenguer Llopis, sacerdote misionero fallecido a los 87 años de edad. / ED

Hace ya unos 20 años, en 2007, el padre Vicente Berenguer, valenciano de Teulada, nos llevó de la mano para conocer la realidad, de su país de adopción, Mozambique, donde realizó una inmensa labor y dejó, también, su corazón. Ahora con motivo de su fallecimiento, los recuerdos nos vuelven a la memoria. Fueron apenas unos días, en un viaje organizado por la Fundación por la Justicia, y la Penya Valencianista per la Solidaritat, que vino a ser toda una experiencia vital, gracias a la labor de sus impulsores, José María Tomás y Raúl Celda, presidente y director de la Fundación, que nos permitió visitar albergues y residencias de ancianos, escuelas y hospitales, en los que conocer la ingente labor del padre Vicente Berenguer, resultó aleccionador.

Y todo ello, además de inaugurar instalaciones deportivas, y participar en el encuentro de celebración, reforzados por José Luis Zaragosí y Manolo Delgado, amigos del padre Vicente Berenguer, que contó con la presencia del propio embajador de España en Maputo, capital de Mozambique, Juan Manuel Molina. Al salir de España fuimos vacunados contra enfermedades tropicales y, espero que volviéramos vacunados, de manera definitiva, contra el egoísmo de los poderosos, el consumo de lo superfluo y la acumulación de lo innecesario, como, Loles García, expresó, con detalle y acierto, en su blog.

El sacerdote Vicente Berenguer, con más de 50 años viviendo allí, continuó empleando la lengua de sus orígenes en Teulada y también las de su país de vocación Mozambique, bantúes y el portugués. Haciendo suya la filosofía de uno de los viajeros, que nos acompañaron, Miguel Ángel Escribano, “sólo vive quien convive y sólo disfruta quien comparte”. Convivimos con las distintas comunidades protegidas por Vicente Berenguer, compartimos la comida en su casa, junto a otros, compañeros religiosos como, Pepe y Manuel, y pasamos la noche en las viviendas de la aldea con las diferentes familias que nos dieron acogida.

Más tarde, al regresar a Maputo, la capital, continuamos visitando su inmensa obra y conocimos a una médica también valenciana, de Aldaia, Raquel Gil, que, recién finalizada la carrera, se hizo religiosa, se trasladó al hospital de Maputo y allí, tras su trabajo, todavía dedicaba sus escasas horas libres a atender a los enfermos de sida, muchos de ellos terminales, en la residencia de la madre Teresa de Calcuta, ante el pozo más profundo de la injusticia humana.

En la Casa do Gaiato, la casa de los huérfanos, Blanca o María José, seglares, advertían, tras muchos años de trabajo ininterrumpido en el albergue, que no eran madres religiosas, sino tías de aquellos niños que, recogidos de la calle, donde habían sido abandonados, trataban de llevar la Casa como si de una familia se tratase. Y a fe cierta que lo conseguían. No fe religiosa en este caso, pero sí en los hombres. Creen en Dios al creer en los hombres. Su cielo está en la tierra.

Comimos con ellos, en sus pequeñas mesas, acompañados en la vivencia por mis sobrinos, María y Giuliano, donde criaturas de 9, 10, u 11 años apenas alcanzaban a comprender lo que allí estaba sucediendo pero que nos recibían con enorme alborozo. Muchos de ellos, tras salir del albergue, retornarían al cabo de los años, para reconocer la ayuda recibida al aprender un oficio o una profesión. Nunca olvidaremos aquella experiencia, que para siempre nos acompaña, gracias a la obra del padre Vicente Berenguer, que, a buen seguro, descansará en paz.

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