Opinión | Traspapelado
Mi 69

David Trueba, en Madrid. / Carlos Luján - Europa Press
El año. Hablamos de esto. El de David Trueba. Y el mío. 1969. Va a ser que las afinidades electivas no lo son tanto, sino que unos orígenes parecidos y un entorno compartido, un pisito en un suburbio del desarrollismo, seguro que explican bastante el gusto del que escribe por los libros y películas del segundo Trueba, el pequeño de una larga prole familiar, el que creció con ropa y libros de segunda vida, ya manoseados por los hermanos mayores, y cree que de ahí viene su desapego a los conceptos de originalidad y novedad (y también a entrar en tiendas). Trueba recrea el año de su estreno mundial, pura imaginación, aunque no tanto, porque sí puede recordar el contexto de su infancia, no tan diferente. De todas maneras, su premisa es que escribir es ficción, aunque uno lo haga en forma documental: desde que uno coge el teclado o el lápiz, recrea. Puede partir de hechos conocidos y vividos, pero el resultado al dar forma de escritura es ficción. Mi 69 es el de la llegada del hombre a la Luna, un hito de esos que es como la inauguración de un mundo postrado ante la tecnología y un acontecimiento de esos que aporta como un envoltorio de optimismo a la vida. Así entramos en la partida, convencidos de que Marte estaba a la vuelta de la esquina y Marte está hoy más lejos que entonces porque el futuro en octubre de 2025 es (y esto es de Trueba, pero poco ficticio, sino muy apegado a la realidad) una combinación de guerras sucias, pobreza insultante, desigualdad irrefrenable y cuotas de estupidez en la escena pública que ninguna civilización pretendidamente inteligente podría permitirse. Queda claro que el optimismo se nos fue antes que el cabello. Esto es lo que hay. Al menos, hoy pisamos una ciudad algo más ordenada y bella que aquellas en que los bloques de viviendas precarias (hoy pobladas de otros inmigrantes) se abrían paso entre acequias y campos moribundos. En aquel desorden fueron encontrando algún cobijo los millones de soñadores que llegaban de los pueblos a las grandes ciudades. A veces el abrigo era una chabola, es verdad, pero fueron encontrando un lugar. Muchas veces bajo uralitas de amianto cancerígeno y con cemento aluminoso alrededor, es verdad, pero un lugar. Quizá la mayor diferencia práctica entre aquel mundo polvoriento y desvencijado entre descampados es que en el orden actual no aparecen soluciones para muchos de los que ahora necesitan un lugar propio. Pero no se trata de comparar. Lo importante de aquel 1969 de revueltas de unos jóvenes que no pudieron derribar al dictador y cuya insatisfacción todavía pagamos todos es que era el de David Trueba. Y el mío. A Trueba le ha dado para un sugestivo reportaje de ficción y reflexión, de ida y vuelta hasta la conclusión poco optimista de John Wyndham: “Nosotros somos la catástrofe”. Animalillos indefensos que llamaron a la puerta en 1969.
Suscríbete para seguir leyendo
- La Plaza del Ayuntamiento tendrá forma elíptica, un manantial y adoquinado con guiño a la mascletà
- Ford se alía con Renault y reserva un papel "fundamental" a Almussafes
- Un maltratador queda libre tras la muerte a golpes de su pareja en Catarroja
- Las imágenes de la futura Plaza del Ayuntamiento
- De Benissa a València: las nuevas ‘familias’ con mando en el PPCV de Llorca
- Errores con el Ingreso Mínimo Vital: 'Se equivoca la Seguridad Social pero me embargan a mí, que no tengo ni para comer
- Juan Roig: 'Tenemos una demanda de 60.000 corredores pero no va a poder ser
- València se corta la lengua
