Opinión | En el barro
Llevar la razón es un vicio
Si algo de futuro hay para una política mejor, los pilares han de ser la pérdida de la mala costumbre de tener siempre la razón y ser capaz, como Mamdani, de salirse de las agendas que parecen inamovibles

Carlos Mazón, durante su declaración institucional para anunciar su dimisión. / Rober Solsona - Europa Press
"Llevar la razón es un vicio, como fumar, que hay que dejar”. Lo dice Carmen Calvo, la exvicepresidenta del Gobierno, en un acto organizado en Madrid por Prensa Ibérica con la consultora beBartlet para explorar si todo está perdido o no: un diálogo (im)posible (así lo han llamado, como sin terminar de creer que pueda ser real) entre dos políticos jóvenes y en cargos de segundo escalafón, el valenciano Juan Carlos Caballero (PP) y la andaluza María Márquez (PSPV).
La tragedia de la política española es que las mejores reflexiones se producen cuando los actores han salido de escena. Cuando se han alejado de argumentarios de partido, estrategias de laboratorio y gurús inefables. A veces se producen también cuando aún no han llegado a esa primera línea, aunque no es tan habitual porque algunos intentan emular a los que están al mando, en esos puestos a los que aspiran llegar. Así que es una rendija de esperanza que algunos se atrevan a hablar de la necesidad de concordia. Auténtica, real, no un mero enunciado como el de la ley que Vox perpetró a los valencianos con la aquiescencia del PP de Carlos Mazón.
La dimisión del político valenciano es el acontecimiento de la semana. Y del año, muy probablemente, si la actualidad no nos vuelve a devorar en las pocas semanas que quedan. Mazón aún no está en el estadio vital de Carmen Calvo. Lo dejó claro en su discurso de despedida, entre los sillares viejos del Palau de la Generalitat, sede que no ha vuelto a pisar (que se sepa) desde el pasado lunes. Su declaración subida de rencor y sin acto de contrición delata dos hechos: que se va sin quererlo realmente, posiblemente por la familia y por el partido, y que se va sin celebrar su entierro, sin cerrar la puerta a lo que pueda pasar cuando el tiempo se lleve también esta marea.
Mazón continúa siendo el president. Mientras no haya recambio, mantiene sus funciones, aunque se ha apartado a pesar del último lío con Moncloa y el BOE: en la batalla hasta el punto final. Es significativo que los que se quedan al frente del Consell de manera interina (Susana Camarero y Vicente Martínez Mus, político en progresión continua) han leído la situación heredada y sus primeros movimientos han sido de acercamiento al Gobierno de España y a las asociaciones de víctimas de la gran riada. No sé si son gestos sinceros, pero sé que hay que dar la oportunidad y creer que lo son. No sé si la interinidad va a ser larga o corta y me molesta apostar, como si el destino de la ciudadanía se jugara en un casino, pero supone un cambio de tendencia, marcar una raya y enseñar un camino a quien venga. También mostrar que ‘los otros’, la oposición, tienen una parte de responsabilidad en los días que vengan.
Me he cansado de escribir que, tras la gran tragedia y su mala gestión y digestión política, lo más sano democráticamente sería invitar a la ciudadanía a decidir su futuro. Pero si no pasa, si hay nueva presidencia (¿provisional?) hasta 2027, el Gobierno de España (y el PSPV y Compromís) no pueden anclarse en el no permanente. El objetivo no debe ser gobernar, sino el interés de los valencianos. Nadie lo debería olvidar. Ni los que están a ver si pergeñan su enésimo pacto con los bulldozers de la convivencia ni quienes observan la jugada esperando su momento. Habrá que ver las cesiones para un hipotético acuerdo de las derechas, pero el ‘no a todo’ es receta insana.
Otra cosa es la relación con las asociaciones de víctimas y damnificados, maltratadas a lo largo de este año por quienes han pilotado la Generalitat. Sus continuadores, tanto los interinos actuales como la nueva presidencia, si la hay, no pueden esperar una normalización del trato con ellas sin una disculpa y un sincero reconocimiento de sus errores. Parece de sentido común con quienes de verdad han sufrido la catástrofe.
El otro protagonista de la semana es Zohran Mamdani. Es una brizna de esperanza, sí, aunque también produce inquietud el panorama que empieza a abrirse, como si Donald Trump pudiera ser frenado solo desde sus antípodas. Como si solo sirvieran ya los extremos y la moderación empezara a ser un trapo viejo, ese con el que sacas brillo a los trofeos de juventud. Pero el joven alcalde electo de Nueva York transporta una ilusión que parecía periclitada a eso que podría llamarse progresismo. Aún así, le sobra convicción. Dudo de las gentes que no dudan.
Si algo de futuro hay para una política mejor, los pilares han de ser la pérdida de la mala costumbre de tener siempre la razón y ser capaz, como Mamdani, de salirse de las agendas que parecen inamovibles y abocan a políticas autoritarias y aferrarse con pasión a las preocupaciones del ciudadano medio, como la imposibilidad de una vivienda asequible.
No son objetivos prohibidos. Crecí en un mundo en que se fumaba en hospitales y colegios. He trabajado en una redacción llena de ceniceros y humos y hoy, por suerte, los cigarrillos están restringidos hasta en las terrazas. Llevar la razón y dejarse robar las agendas son vicios que se pueden superar.
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