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Opinión | El día del señor

València

El ala este

Donald Trump.

Donald Trump. / EFE

Estoy un poco harto de escuchar toda clase de profecías con el supuesto de que caerá el sistema bipartidista social liberal, pero es, precisamente el bipartidismo con infinitas excusas y tropiezos –síntomas de senilidad– el que se arma con este paradigma tan fecundo.

De toda la danza me quedo con la partitura que denuncia lo estupendos que se sienten los veteranos sindicalistas y otras figuras épicas arrojadas al mundo en torno a 1954, por marcar un hito. Menos historietas del abuelo Cebolleta y pidamos, como poco, un salón de baile o un Jardín Botánico, ya hay albañiles en la Casa Blanca.

Bipartidista éramos mucha gente que conocimos beneficiarios de jubilaciones anticipadas y escudo legendario de la resistencia épica al franquismo. Es normal que nos dediquen alguna cuchufleta, que nos recuerden que juventud significa prueba, exhibición, a veces salto al vacío y sentir que detrás se quedan los menos competentes, algo tan falso como inevitable.

Los jóvenes se han quedado atrapados por el corsé de una nómina miserable. Y la clave no es el retorno a la política caníbal sino la extensión de los beneficios sociales, la vivienda y los valores educativos y sanitarios, entre otros.

Dice en El País un tal Iván Krastev, politólogo, que sondeos exhibidos con verdadera mala idea han resistido conmociones políticas en al menos un tercio de casos de Europa central y septentrional. Pero la insistencia agorera suele acabar en profecía autocumplida.

El señor Mark Rutte y su OTAN mea colonia cada vez que aparece en escena Donald Trump, pero eso no quiere decir que otros no sepamos gozar de un sexo saludable. Sin sumisión ni ejercicios de mamoneo subalterno.

Me incomoda emitir cualquier cosa que no sea ¿positiva? ¿euforizante? ¿animosa? Los romanos removían las tripas de un pato a ver si mejoraba el pronóstico. Y aunque no mejoraba, creaba la sensación de que todo estaba bajo control: de hecho, creo que todo va mejor con un trallazo socialista. Ahora mismo son los bancos los que se han quedado con todo, hasta la calderilla y los juegos reunidos Geyper. Por eso Trump derriba, por ociosidad, el ala este de su trono de serafines (les mete mano) pero Ex Oriente Lux, esto es, De Oriente, la luz.

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