Opinión | No hagan olas
La política valenciana en pascua de resurrección
Tras el fiasco de Mazón llega de nuevo el momento de la reconstrucción del partido, pero los tiempos han cambiado.

Carlos Mazón y Francisco Camps, en imagen de archivo. / Europa Press
A nadie se le escapa que el ascenso de Carlos Mazón al liderazgo del Partido Popular en la Comunidad Valenciana se produjo por el enorme vacío que los casos derivados de la trama Gurtel dejaron en esta formación política. La sangría de cuadros fue devastadora para un partido que, en la provincia de Valencia, quedó hecho añicos, convertido poco menos que en un solar. La derecha valenciana iniciaba hace una década todo un vía crucis del que solamente ha quedado vivo el expresidente Francisco Camps, y ello gracias a su tenaz persistencia y capacidad combativa. Ahí está todavía, dando guerra, sin que los actuales dirigentes sepan muy bien qué hacer con sus expectativas.
Ocurre que en ese periodo que media entre el primer gobierno de coalición de las izquierdas agrupadas en el pacto del Botánico y Mazón, las circunstancias han cambiado para siempre y de modo profundo. La emergencia de Vox como partido de radicalidad derechista no se produce como fenómeno aislado y efímero. Vox aparece en España al mismo tiempo que en todo Occidente el sistema social construido tras la última Guerra Mundial se ve amenazado. Viejos fantasmas se apoderan de las democracias en Europa y los Estados Unidos, donde la alianza histórica entre los liberales y el humanismo democristiano tiene que compartir escenario con la intolerancia ultrapopulista, cuyo programa económico y político consiste, simplemente, en cerrar las puertas del castillo al comercio global y a la inmigración.
No es fácil esa convivencia. De hecho puede que termine siendo imposible. La derecha valenciana que surgió tras el franquismo, recordémoslo, fue liderada por personajes de valor político incontestable. De Muñoz Peirats a Manuel Broseta. Tras ellos vendría el largo periodo de Eduardo Zaplana en la Generalitat y el todavía más longevo de Rita Barberá en la capital valentina, dos figuras controvertidas pero de indudable capacidad de liderazgo. Zaplana, a pesar de sus muchos interrogantes, fue el artífice de la paz lingüística de la mano de Fernando Villalonga y siempre mantuvo un ideal autonomista vertebrador sobre el que quiso construir un modelo financiero e industrial propio de la Comunidad: La fusión de las cajas con control sobre las grandes compañías utilities… emulando el sistema catalán.
Sabemos cómo acabó el zaplanismo, al cual le sucedió Camps y sus jóvenes «coroneles» del «Clan del Agujero» en la facultad de Derecho: Esteban González Pons y Gerardo Camps, José Manuel Uncio y Vicente Burgos, todos ellos ansiosos de política y declarados liberales. Aquel campsismo arrancó en el Penyagolosa, derivó hacia los fuegos de artificio de los grandes eventos y finiquitó con la Gurtel. El penúltimo de los liberales, Alberto Fabra, se encargó del funeral y practicó el más ejemplar traspaso de poderes en la Generalitat que se recuerda.
Ahora, tras el fiasco de Mazón, llega de nuevo el momento de la reconstrucción del partido pero, como hemos señalado, los tiempos han cambiado. Nada es igual… cantaba versioneando el propio ya expresidente alicantino en su etapa musical. Y tanto que no lo es. No sabemos si quedan liberales en el PPCV capaces de dar la batalla, ni seguidores de los viejos y cultos democristianos al modo de García Margallo. Puede que existan partidarios de la línea Ayuso para afrontar el avance inquietante de Vox entre los jóvenes que apuestan por ser sistemáticamente antisistema. Se olvida que la clave del éxito del ayusismo radica más en la velocidad de crucero que la economía de Madrid sostiene gracias a la llegada de inversores extranjeros –y patrimonios latinos– a los que se dan todas las facilidades y libertades, que al discurso maniqueo que instruyen sus asesores desde la Puerta del Sol. Un modelo, en suma, de difícil extrapolación a la Comunidad Valenciana, el reino de las clases medias y del pequeño propietario.
Mientras la derecha se aclara y Vox actúa como el lobo de la fábula de Caperucita, la izquierda se frota las manos pensando que la Generalitat le caerá de la higuera sin más esfuerzo que la espera. Ignoran que los tiempos han cambiado y que ocho años de gobiernos del pacto del Botánico no dejaron más que un mediocre legado. Las bicicletas sin ordenar en Valencia, como una nueva Amsterdam anárquica y con patinetes, o el empaque a la figura presidencial que el buen talante de Ximo Puig le imprimió a su mandato. Poco más. La figura rota de Mónica Oltra, la inanidad de la vía Podemos y el insistente camino inmersivo de Compromís a pesar de sus manifiestos nacionalistas de baja intensidad no dejaron huella tras de sí. El nuevo urbanismo, el impulso viviendístico, la reindustrialización pendiente… De todo eso, poco y de pobre calidad.
Nuestra izquierda sigue siendo más poderosa y ocurrente como fuerza de choque en la oposición que como imaginativo gobierno. Convencida de su beatitud moral y de la existencia de una verdad histórica, digiere mucho peor la aparición de políticos perdularios como José Luis Ábalos, y se muestra temerosa del talento que no comulga con la fontanería del partido. El PSPV orilla a sus mejores valores, de Manuel Mata a Toni Gaspar, y prefiere mantener a las ya maduras juventudes del partido en los puestos de visibilidad pública a pesar de su falta de vigor comunicativo y experiencia. De Diana Morant a José Muñoz, una letanía aburrida parece haberse apoderado del histórico socialismo valenciano, mientras Compromís sigue más a gusto en las políticas locales que en las autonómicas, donde no sabe salir de su discurso identitario de raíz fusteriana.
Enemigo del despilfarro público, partidario de la entente lingüística y de la coexistencia entre el valencianismo y la españolidad como señalan las encuestas, orgulloso de su territorio y calidad de vida a pesar de la estrepitosa pérdida de renta per cápita, amigo de la tranquilidad, el comercio y la fiesta tradicional, al valenciano (no se olviden también de la valenciana), les parece sentar mejor un modelo político neutral, tolerante e inclusivo, menos ordenancista. Y mucho menos los cambios de rumbo. La falta de reconocimiento de las jerarquías suele ser su peor defecto: «Eixe que s’ha cregut». De ahí que le siente tan bien un liderazgo incontestable al cual ampararse, ya sea político, económico, social, cultural o deportivo.
- Pradas avisó de un fallecido en Utiel a las 16.28 horas y Mazón respondió desde El Ventorro: 'Igual a las 19 horas vamos al 112
- Investigan si la niña de 6 años sedada en la clínica de Alzira falleció por una sepsis causada por un anestésico contaminado
- El centro de València, en alerta: el sábado se espera una afluencia masiva por Navidad y puente
- Maratón Valencia: Todas las calles, puentes y túneles cortados
- Pisos nuevos a 161.000 euros y a un paso de la playa: el municipio de Valencia con vistas privilegiadas y oferta de obra nueva
- La treta de Isabel Díaz Ayuso para desbancar al Roig Arena de València: 8 asientos que valen 577 millones de euros
- Un incendio en una nave abandonada arrasa con parte de las antiguas bodegas Vinival de Alboraia
- Conductor turista: València le tomará la matrícula y no se librará de la multa
