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Opinión

València

Tontos peligrosos

Imagen de archivo de manipulación de móviles.

Imagen de archivo de manipulación de móviles. / EP

¿No tienen la impresión de que el mundo se ha vuelto loco? Por supuesto que afirmar algo así es propio de la madurez y que todos atribuirán esta declaración tópica a que tengo más edad de la que quisiera. Puede que sea una razón, pero no es la única. Porque lo que estoy diciendo no es que el mundo se haya vuelto loco y que esta situación escapa a mi comprensión, sino desgraciadamente que detecto un ataque de locura que tiene antecedentes, nada gloriosos, a los que se parece como una gota de agua a otra. Miras hacia afuera y descubres que en EE. UU, el país que constituía nuestro punto de referencia, ha aparecido un tipo que se cree todopoderoso y que, aparte de muchos otros disparates, bombardea a todos los barcos, supuestamente tripulados por narcotraficantes, que navegan por el golfo de México, como si no hubiera otros sitios en los que se trafica con drogas, por ejemplo en Corea del Norte, país productor de metanfetamina (el “cristal”) que exporta a toda Asia, pero, claro, a ver quién se mete con el gordito. Bueno pues todo esto ya ocurrió hace un siglo. En Alemania apareció un tipo con bigote, que también se creía todopoderoso, y que no dudó en invadir todos los países que tenía a mano para exterminar a los judíos, salvo, curiosamente, a los de EE. UU., que era donde más judíos había, solo que dedicados a las altas finanzas y no a hacer de sastrecillos comu los polacos.

Bueno, pues miren por dónde, en el mundo de la cultura también sucede algo parecido. Hace uno días saltó a los medios el fallo del premio literario mejor dotado del mundo –un millón de euros–, el cual recayó –oh sorpresa– en un empleado de la editorial que lo patrocina. No lo he leído (ni pienso), pero estoy seguro de que será igual que los anteriores, un bodrio más o menos dedicado a glosar escenas de cama, como ya viene siendo tradicional en las últimas convocatorias de dicho premio, que también fueron ganadas por gente ligada a la empresa y que hizo de tripas corazón para poner su nombre al pie de un tocho de porno blando. Nihil novum sub sole. Hace algo más de un siglo, obtenía el premio Nobel de literatura el político José Echegaray, ministro de Fomento y de Hacienda, y autor de melodramas sentimentaloides en verso, lo que provocó un enorme escándalo entre la gente de la cultura.

El encanallamiento de la política y de la cultura no es algo de hoy, pero la tendencia evolutiva cada vez resulta más agobiante. Decía Fernando Savater que sospechar del Planeta es como sospechar de los Reyes Magos. Como boutade, vale. Sin embargo, no tengo claro que los cíclicos ataques de locura no respondan a un deterioro progresivo de la especie humana, la cual va entrando en una espiral acelerada de atontamiento colectivo. Hace tiempo que lo creo, sobre todo desde que descubrí que el progresivo crecimiento del volumen cerebral en la especie humana, del que da cuenta un célebre estudio de Aiello y Dunbar, se ha interrumpido entrando en una curva descendente. Los neanderthales tenían mas cerebro que nosotros y, sin embargo, se extinguieron. Nada permite suponer que el homo sapiens sapiens, o sea nosotros, vaya siendo progresivamente más inteligente. Una especie desarrolla los órganos que favorecen su modo de vida y tiende a atrofiar los demás. Por eso, cuando los anfibios y los reptiles empezaron a tener problemas para vivir siempre dentro del agua, acabaron convirtiendo sus patas delanteras en alas y su bolsa natatoria en los pulmones de las aves. Me temo que los humanos estamos perdiendo capacidad cerebral y, con ella, inteligencia, en vez de ganarlas, contra lo que se dice y se repite orgullosamente. ¿En qué queda nuestro antiguo cerebro? Como el volumen cerebral retrocede y la sociedad es cada vez más compleja, hemos transferido un montón de funciones cognitivas a los sentidos de la vista y del tacto, que son los responsables de buena parte de nuestros procesos cogitivos en la actualidad.

Lo adivinaron: estoy hablando de los móviles. Todo el mundo sabe que la gente se pasa la vida colgada del móvil, que hasta consiguen andar por la calle sorteando a los demás y que la pantalla maravillosa les suministra los datos y las ideas de las que depende su vida. Es una desgracia: cuando se trabajaba con el cerebro, se ejercitaba la inteligencia y uno podía pensar por sí mismo. Ahora que las redes sociales, a las que accedes mirando el móvil y tecleando compulsivamente cientos de mensajes, cada vez ocupan más espacio en nuestras vidas, llevamos camino de convertirnos en una nueva especie de tontos, la del “homo stultus”, la cual es extremadamente peligrosa para cada uno y para todos los demás. La evolución de ua especie no siempre es progresiva, puede ser regresiva y acabar en su extinción. Apañados estamos.

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