Opinión
Joan Romero y la responsabilidad del “partido liberal-conservador”

Foto de archivo de Joan Romero. / Miguel Angel Montesinos
La derecha valenciana atraviesa un momento crítico en su devenir histórico. Un amplio espacio político que durante décadas sustentó una mayoría electoral estable, aparece hoy fracturado en tres direcciones divergentes: el Partido Popular de la Comunitat Valenciana, Vox y el refugio de la abstención. La historia reciente muestra que los procesos de dispersión en la derecha valenciana no son nuevos y su fractura siempre ha propiciado el ascenso de la izquierda en la Comunitat Valenciana.
A esa fractura apunta Joan Romero al final de su artículo '¿Qué podía salir mal?' en Levante-EMV (2/11/2025) cuando invoca “…la responsabilidad de un partido liberal-conservador en la defensa de los intereses del pueblo valenciano…”. Unas líneas que invitan a la reflexión; porque aquí, empíricamente, los ciclos de alternancia entre derecha e izquierda se corresponden con la recomposición o fractura de la derecha. Y, si esto es así, la reflexión conduce a preguntarse por sus causas y sus consecuencias.
Apelando a la historia, el impulso unitario generado por las elites que hicieron posible la Exposición Regional de 1908 acabó diluyéndose en 1977 en tres partidos diferentes: Alianza Popular del Reino de Valencia; Unión de Centro Democrático de la Región Valenciana; y la Unión Regional Valenciana. El resultado fue un espacio político fracturado que perdió su potencial de cohesión regional y propició el dominio de la izquierda al inicio de la Transición.
En aquel contexto, la figura de Manuel Broseta fue determinante para la recomposición de la derecha valenciana. Profesor, jurista y político, Broseta consiguió integrar en la UCD-RV a liberales, antifranquistas moderados, reformistas, y democristianos. Su objetivo era construir un proyecto capaz de reorientar la Transición a través de un amplio acuerdo político derecha-izquierda y evitar que el Estatuto de Autonomía quedara bajo el dominio ideológico de la Izquierda. Y lo consiguió.
Pero la desintegración de la UCD-RV en el conjunto de España alcanzó también a la Comunitat Valenciana. De su colapso surgieron Alianza Popular, el efímero Centro Democrático y Social y el Refugio en la abstención. De esa fractura surgió de nuevo el auge de la izquierda bajo el liderazgo hegemónico de Joan Lerma. Habría que esperar casi una década para que ese espacio disperso de la derecha volviera a unirse bajo un liderazgo sólido.
Esa tarea recayó sobre Pedro Agramunt Font de Mora. En 1990, convocó la Cumbre Empresarial de Orihuela que reunió, no solamente a las élites empresariales, sino también académicas y culturales vinculadas al amplio espectro ideológico de la derecha; una acción cuyo resultado político fue la fundación del PPCV que él mismo presidió. Pedro Agramunt consiguió recomponer las piezas del mosaico ideológico —liberales, democristianos y conservadores— en torno a un mismo proyecto político, autonomista, y un programa de gobierno común de la derecha valenciana.
Aquel fue un momento de inflexión histórica. Desde los años treinta del siglo pasado, la derecha de las tres provincias no había logrado reunirse bajo un mismo proyecto territorial común; fue el impulsado por la Derecha Regional Valenciana, confederada en la CEDA, inspirada y dirigida por líderes como Villalonga, Samper y Lluís Lucia durante la Segunda República. La obra de Pedro Agramunt supuso la recuperación de la unidad de la derecha, y sus efectos se prolongaron en la acción política de Rita Barberá, Eduardo Zaplana y Francisco Camps, quienes consolidaron la hegemonía política, social y cultural del PPCV durante más de dos décadas.
Fue un periodo de estabilidad política y de dominio institucional del PPCV que no tardaría en resquebrajarse. La izquierda aspiraba a unirse, competir políticamente y sustituir aquel dominio prolongado; y lo consiguió. La hegemonía de la derecha valenciana saltó por los aires después de un cuarto de siglo de continuidad. Si la Izquierda gana cuando la derecha se dispersa, como diría Vargas Llosa: ¿Cuándo se jodió el Perú?
La fractura vino por dos frentes distintos, pero simultáneos. El primero, los efectos electorales de la gestión errática del conflicto catalán, del procés, por parte de la dirección nacional del PP que indujo al enfado del votante popular más conservador, abriendo la puerta al ascenso de Vox; junto a la espiral de promesas incumplidas del Gobierno Rajoy que erosionó la fidelidad del electorado del PP.
El segundo, una estrategia de lawfare cuidadosamente diseñada por la izquierda que llevó a más de doscientos dirigentes y cargos públicos del PPCV ante los tribunales. La mayoría absueltos tras largos años de procesos judiciales. Pero el daño ya estaba hecho: la desconfianza se extendió entre el electorado popular, la reputación del PPCV se vio gravemente afectada y su dirección fue sustituida con dirigentes improvisados, desconectados de las elites valencianas emergentes -empresariales, culturales y académicas- y carentes de un proyecto político capaz de parar la ofensiva ideológica de la fuerza emergente a su derecha, de Vox
A pesar de sustituir la hegemonía de la izquierda, ese doble golpe explica la nueva hegemonía de una derecha escindida entre el PPCV, Vox y el refugio de la abstención; hoy, entre los tres suman más de un millón y medio de votos, lo que representa el 54 % del electorado. Sin embargo, esa mayoría carece de un eje político que lo unifique bajo un mismo liderazgo; más bien al contrario, cae secuestrada por el dominio ideológico de su extremo más conservador y menos liberal, por Vox.
No le falta razón a Joan Romero a ese toque de atención al “partido liberal-conservador”. Lo que antes fue una corriente ideológica cohesionada, se ha convertido en un archipiélago de sensibilidades dispersas, con un partido mayoritario, el PPCV, y un ambicioso competidor, Vox, que capitaliza el descontento del electorado liberal-conservador y constituye un cuerpo extraño en la tradición histórica de la derecha valenciana; y lo que es más importante, ajeno a los intereses de las nuevas elites empresariales y culturales. Al PPCV no le queda más remedio que tomarse en serio la situación y reaccionar al duro envite; por responsabilidad histórica.
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