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Opinión

València

¿Democratización del turismo o sobresaturación?

El choque entre turistas y vecinos en el centro de València agita las redes

Levante-EMV

Estos días se ha hecho tristemente viral un vídeo en el que se puede ver el enfrentamiento entre vecinos de València y un grupo de turistas en bicicleta en las calles cercanas al Mercado Central. Vecinos contra turistas. Elijan bando. Como si fuera tan sencillo. Como si los turistas no fueran vecinos en sus ciudades y los vecinos turistas cada vez que hay unos días de vacaciones. Cuando una aerolínea decide abrir un destino en València, lo hace de ida y vuelta. El asiento de la persona que aterriza en Manises es ocupado por un valenciano que unas horas después aterriza en algún aeropuerto europeo. Todos los debates son complicados y llenos de matices, pero sin duda el del turismo puede que sea de los más complejos y llenos de contradicciones que existen.

Complejo porque uno de sus principales demonios son los apartamentos turísticos, una forma de alojamiento que se puso de moda porque permitía vivir el destino como un auténtico residente. Desayunar en un bar de barrio era más interesante que los buffets hoteleros. Eliminar los hoteles del paisaje urbano para permeabilizar e integrar mejor el turismo en las ciudades. Hoy suena a chiste, pero hace unos años era una realidad que exigía un tipo de turismo sobre todo más joven, que reivindicaba salirse del molde frío y gris de las cadenas hoteleras como una forma de hacer las cosas de manera distinta, más auténticas, más a su aire. No fueron pocas las voces progresistas que escuché en mis años en el Ayuntamiento como concejala de turismo a defender ese modelo como una reivindicación frente al empresario “hotelero” y me pedían abrir la mano. Por fortuna no hice caso y que no se preocupen, que les guardo el secreto. Porque años después se ha demostrado que no solo son la principal razón de la crisis de vivienda que vivimos, sino que además han traído la famosa gentrificación a nuestros barrios, a la par que han devaluado la calidad de nuestros alojamientos. La ciudad, los residentes y los turistas son los perdedores de este nuevo modelo, por ese orden.

Contradictorio porque se utiliza mucho la palabra “turista” con cierta intención de categorizar. Deshumanizar. Turistas que son personas. Con sus vidas, intereses y gustos, su anhelo de romper la rutina, descansar del trabajo y del correo, probar nuevos sabores, fotografiar distintas expresiones de arquitectura, aprender algunas palabras en otro idioma y grabar recuerdos de calidad con sus hijos o pareja. Personas que somos nosotros en otros lugares. Dando una vuelta en un mercado navideño del centro de Europa, fotografiando en Pascua un impresionante monumento de cualquier ciudad italiana o probando un curry callejero en alguna perdida ciudad del sudeste asiático. Y quien niegue con la cabeza… no es sincero. Una vez escuché a un ilustrado personaje despreciar, en bajito, a un grupo de turistas que pasó a su lado. Le pregunté si acaso él en agosto se quedaba en casa, a lo que contestó que no, pero que no era lo mismo, porque él no era turista, sino viajero. Sin comentarios.

Discordante. ¿Peca este debate de cierto clasismo? Me harté de escuchar en mis años en el Ayuntamiento que el único turismo bueno es el de negocios o de lujo, ese en que el gasto debe ser 3.000 euros al día para considerarse como tal. Esas voces obviaban que la mayoría de la humanidad está fuera de esa capacidad y formamos parte de ese turismo clasificado como convencional, familiar, low cost o de masas que tanto horrorizaba (que no de borrachera, eso es otra cosa y de eso no va este artículo). ¿Así que la solución es cuestionar que todo el mundo tenga derecho a viajar? No lo creo, o al menos que conmigo no cuenten.

Entonces, ¿qué hacemos? Porque lo que yo veo es que hay una realidad incuestionable: el desarrollo económico, el abaratamiento de los costes del transporte aéreo y el crecimiento de una generación más apegada a las experiencias que a los bienes materiales han generado una moneda con dos caras: la de la democratización del turismo y la de la sobresaturación del mismo. ¿Podemos quedarnos con una sola? No es fácil, pero habrá que poner lo mejor de nosotros mismos para que así sea.

Estoy lejos de querer dar alguna lección a alguien, pero creo honestamente que en el anterior gobierno, con la inestimable experiencia y vocación de Antonio Bernabé, pusimos las bases de un modelo distinto. Obsesionado con descongestionar, deslocalizar y desestacionalizar. Basado en productos e inteligencia aplicada a este sector. Y llevando siempre al extremo cualquier oportunidad que el tiempo y la normativa nos daban para estrangular los apartamentos turísticos. Un modelo que sentó las bases para que València fuera reconocida como Capital Europea del Turismo Inteligente en el año 2022. Pero en el absurdo juego de la política partidista, el actual gobierno lo desmontó rápidamente. ¿La consecuencia? La triste noticia que ha dado origen a esta reflexión.

Una imagen con la que nadie puede sentirse cómodo y que debemos procurar que no se repita. Y para que eso no ocurra solo queda la alternativa de volver a regularlo —apartamentos, locales de ocio, cruceros y normas de convivencia ¿por qué no?— y diversificarlo para poder domarlo. Y, en paralelo, recuperar la idea de hospitalidad que inspiró a Ximo Puig y que recoge la Ley de Turismo de la Comunitat Valenciana, entendida como una forma de convivencia abierta, respetuosa y compartida entre residentes y visitantes. Para conseguir esa reconciliación debemos empezar por aplicar ya la tasa turística. Que los residentes sientan que ellos también ganan de todo esto.

Y, de paso, concienciarnos de que cada vez que viajamos está en nuestra mano ser parte del problema o una oportunidad para la ciudad que visitamos. Elegir con responsabilidad el alojamiento, olvidarnos de las franquicias y sentarnos a comer en una opción local, utilizar el transporte público para movernos y dejar las bicicletas para casa, entrar en los museos y pagar entradas de teatro, exposiciones o galerías, pasar de largo las macrotiendas de souvenirs y buscar un bonito recuerdo artesanal y local. Consumir pensando en mantener su cultura, andar respetando su ritmo y respirarla como un local más. Que nuestra presencia no borre la razón por la que un día decidimos visitarla, sino que nos ayude a conservarla.

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