Opinión
Los otros

Mazón durante su discurso de dimisión / Francisco Calabuig
Magnífica película de Alejandro Amenábar que nos provocó auténticos escalofríos, e incluso dio pie a alguna anécdota en el Congreso de los Diputados, cuando alguien reveló detalles del filme a quienes aún no la habían visto. Han pasado veinticuatro años desde su estreno y, con la mirada de hoy, todavía podría llevarse algún premio más que añadir a los ocho Goya que obtuvo.
Más allá de la ficción y de un guion brillante, la película sigue ofreciendo lecturas inquietantemente actuales. Basta con mirar alrededor para comprobar la vigencia de ese camino plagado de fantasmas y sobresaltos. Desgraciadamente, la realidad de hoy no es fruto de la imaginación de un director: es algo mucho más grave y más peligroso.
Algunos lo llaman polarización; otros hablan de una sociedad fracturada. En realidad, lo que vivimos responde a un empeño constante en provocar divisiones irreconciliables frente a todo lo que resulta diferente. Las redes sociales son el ejemplo más visible: autopistas de un solo sentido donde solo circulan los nuestros. Y los baches aparecen en forma de brecha generacional, de género, de origen, de ideología, de religión… Demasiadas grietas para construir un proyecto sólido y compartido.
Esta deriva no es casual. Forma parte del viejo sueño de los totalitarismos: convertirnos en tribus enfrentadas para impedir cualquier cohesión y hacer imposible un proyecto común. Porque cuando la sociedad se atomiza, todos pierden algo, pero unos pocos ganan mucho poder. Y es así como el panorama político se tensa, la distancia entre las opiniones crece y los discursos del miedo y del odio encuentran terreno fértil.
La estrategia de dibujar bandos contrarios no es nueva: acompaña a la historia de la civilización, siempre con resultados nefastos. “Los otros” son esos fantasmas que nos visitan para recordarnos las diferencias, segregar y levantar muros lo bastante altos como para impedir cualquier acercamiento. Lo hacen destacando aquello que menos nos gusta de nosotros mismos atribuyéndoselo al diferente. Así la brecha se agranda, y el único horizonte posible parece ser el enfrentamiento y la destrucción mutua.
Debemos ser conscientes del abismo al que nos acercamos, de los riesgos que corremos y de lo difícil que será reparar las costuras que se están desgarrando. La primera evidencia, como en la película, es que “los otros” somos también nosotros.
Y mientras tanto, quienes deberían tender puentes se entretienen alimentando la crispación. En una fecha plagada de simbología, el día de difuntos, nos encontrábamos a un, todavía, president de la Generalitat, Mazón, que seguía actuando como si no fuera un cadáver político y gobernara entre los vivos. Continuaba manipulando, tratando de imponer a un sucesor que le debiera el puesto y por tanto mantener algún tipo de prebendas que le permitiera perpetuarse, aunque fuera en el mundo de los fantasmas. Pero todo el esfuerzo es inútil, porque un proyecto político que se alimenta del desprecio a la inteligencia, por más que se empeñe, no tiene recorrido y cada paso que da lo ahonda en medio de un laberinto del que no hay una salida digna.
Ahora ya todo eso es historia, solamente queda un gran beneficiado, sin mover un solo músculo, sin ningún tipo de desgaste, la pelota está depositada en el tejado de Vox, que tendrá que decidir quién va a ser el próximo president. Vaya paradojas nos ofrece el destino en ocasiones, la responsable del primer gobierno de la Generalitat en materia de Justicia e Interior, era Elisa Núñez, que al ser cesada en julio del año pasado se salvó del desastre por apenas tres meses, y ahora, ella, Vicente Barrera y su partido, tienen la mejor posición de todos los actores de esta triste historia que hemos padecido todos los valencianos.
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