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Opinión

València

En un mundo justo

Niños esperando comida en Gaza.

Niños esperando comida en Gaza. / AP

Si este fuera el mundo justo que trataron de inculcarnos en los colegios y en los salones de nuestras casas, cada vez que una sola niña o un solo niño fuera asesinado en cualquiera de las diferentes geografías de este planeta se debería detener el comercio, la reunión, el festejo, el discurso, el almuerzo, la sonrisa, la partida y la palabra. Eso debería suceder en cada ciudad, nación o continente, en cada despacho, gimnasio o alameda, si este fuera el mundo decente y diferente al que estudiamos, sentados en los ajados pupitres frente a aquellos documentos audiovisuales de instructivo apoyo en las aulas. Este mundo actual habría dejado atrás un sinfín de atrocidades, de muertes y de torturas insufribles en blanco y negro o en color para dar paso a las útiles instituciones garantes de la paz y la concordia. Esas que sí funcionarían en un mundo justo, porque no permitirían que se repitiese ni una sola vez aquella pasada ignominia. Y mucho menos con la inocente infancia.

Todos tendríamos claro que con cada muerte de un niño o una niña inocente se aniquilaría un almacén de sueños y toda la esperanza que podría caber en nuestras almas adultas. Haríamos, por tanto, todo lo posible para que eso no sucediera porque, al asesinar a uno de esos niños o niñas, se quebrantaría el futuro, se envenenaría el pasado, se quedaría mudo el mirlo y se desteñiría la rosa. Eso pasaría si fuera un mundo de rigor y nobleza, y no el que nos ha tocado vivir tan de horror y vergüenza, aunque nos cuenten muchos cuentos y nos canten otras tantas milongas.

En ese mundo justo que seguimos sin conseguir, a la piel de un niño, o a la de una niña, le deberían alcanzar las balas como inofensivas pompas de jabón, las metrallas como el confeti multicolor de un cumpleaños, las bombas como la fina lluvia de cierto memorable estío que provocaba risas y gritos de “a que no me pillas”. Cada vez que uno falleciera sería en un recreo o parque. Y con un sencillo “chic y chac” de otro niño o niña se resucitaría para seguir jugando sin ningún peligro real, ni el arrebato súbito de la inocencia.

Eso sucedería en el mundo ecuánime que igual no nos merecemos porque nos quedamos con los brazos cruzados desde hace siglos mientras los niños inocentes mueren por hambruna programada, cortándoles suministros básicos como el agua, la luz, el pan, la canción, el juego, el techo, el mullido colchón o la suave sábana.

Qué mal lo debemos de haber hecho para permitir que algo así se repita, se repita y se repita. Da igual el progreso, las intenciones, los ensayos de pacifistas como Stefan Zweig o Hermann Hesse. El mundo de hoy continúa inalterable en su más horrible forma. Se perpetúa una vez más el negocio de unos cuantos canallas con corbata. Se sistematiza el asesinato de niños con nuevos misiles, de niñas con renovada metralla. Se juega incluso “al tiro al niño”, cada vez que éste corre desesperado a por un poco de harina para que su madre les pueda hacer el pan que tanto les hace falta y tanto se les niega.

En este mundo de ahora, hasta un corredor humanitario, hasta un hospital, hasta un colegio o grifo que gotea agua es una trampa. Hasta el cielo, hasta el aire, hasta la arena, hasta el mar, hasta la solitaria palmera. Todo ello es una amenaza para los niños inocentes en este siglo XXI donde nadie de los que podrían detener ese infierno con una sola llamada escucha sus gritos de desesperación, aunque sólo tengan seis años y ya una sola pierna. Nadie sus llantos, aunque hayan quedado huérfanos y las lágrimas recorran sus mejillas ensangrentadas y grises por las recientes cenizas. Nadie se apiada de ellos, no, como tampoco lo hicieron de sus padres y de sus abuelos, que también corrieron la misma suerte. O quizá no la misma, ya que llegaron a vivir algunos años más en esta vida o trampa que les tocó, hasta que el fuego genocida les alcanzara. No, el mundo de hoy nada tiene que ver con el mundo de ayer. Es mucho peor. El monstruo ha crecido alcanzando un tamaño colosal. Y lo ha hecho porque cuenta con la impunidad mundial, mientras más y más niños son aclamados por una tierra que les abre los brazos a diario para cobijarlos en su seca infinitud, hasta convertirlos en polvo anónimo o en una pusilánime cifra.

Benavente dijo que en cada niño nace la humanidad. El gobierno de Netanyahu ha aniquilado durante años decenas de miles de humanidades, arrebatándoles el pan, el agua, el cuaderno, el juguete, el amigo, la madre, el cuento y la esperanza de convertirse de mayor en eso que tanto se soñaba. Algo que en el mundo justo que comentábamos al principio de este artículo haría detener no solo un Festival de Eurovisión o una Vuelta Ciclista, sino la propia cotidianidad misma de cada ciudad, de cada país, de cada congreso de este planeta, incluido el de Israel, donde muy al contrario, un presidente norteamericano con pelo de panocha se sirvió del hemiciclo para ofrecer un obsceno show con el que lavar la imagen del genocida.

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