Opinión | Traspapelado
La invasión de Rosalía
El eje de rotación planetaria de la cultura en estos días es Lux, pero lo que hace que el mundo sea mejor son proyectos pequeños. La unión de esos puntos en el cielo es la cultura más auténtica, porque el negocio en ellos es importante pero no lo más importante

Rosalía, en la presentación de su nuevo disco en el Roig Arena, en València. / Kai Forsterling
Con Rosalía sale algo de orgullo patrio: no siempre se puede alardear de estrella global. No lo puedes evitar, como cuando gana la selección de fútbol algo. Pero confieso que estoy llegando al punto de saturación Rosalía. El alumbramiento del nuevo trabajo de la artista ha sido un éxito de comunicación, vale. Básicamente porque había algo que vender, un material muy atractivo. Suena a algo diferente y fresco, una conjunción lograda de lo clásico y lo contemporáneo que tranquiliza: quiero decir que es una manera de gritar que la ruptura también será tradición. Un buen trabajo y una buena presentación, pero esta fase de promoción ya me ha agotado. A cualquier hora; por tierra, mar o aire; televisión, radio, web o papel, te encuentras con algo de la cantante. Rosalía vive uno de esos extraños momentos de alineación astral en que se unen éxtasis creativo, el reconocimiento de crítica y profesión y el afecto de las masas. No es frecuente. Nada es comparable, pero viene a la cabeza el caso (en el ámbito hispano) de Joaquín Sabina con sus 19 días y 500 noches, uno de esos discos que luego sirven a los especialistas para hablar de puntos de inflexión y marcar madureces de autor, pero entre aquel Sabina cincuentón y esta Rosalía veinteañera median décadas de diferencia. Y Sabina tuvo aún oportunidad de darse batacazos: artísticos y, sobre todo, personales. Jeremy Allen White, el actor que hace de Springsteen en la reciente película sobre la depresión de una estrella y la gestación de un gran disco, dice que lo que cuenta es la historia completa, no el fogonazo de un éxito ni dos. Ojala Rosalía haya entendido que los momentos estelares son sobre todo fugaces.

Cartel de 'La invasió dels bàrbars' en los cines Lys de València. / Fernando Bustamante
El eje de rotación planetaria de la cultura en estos días es Lux, sí, pero lo que hace que el mundo sea mejor son proyectos pequeños que hacen la vida grande. La unión de esos puntos en el cielo es la cultura más auténtica, porque el negocio en ellos es importante pero no lo más importante. Por ejemplo, las ediciones de mirada cercana de Bromera, que celebra 40 años, con el valor especial de expandir literatura desde la periferia de la periferia, desde Alzira. Por ejemplo, una película de gente valenciana y en valenciano, La invasió dels bàrbars, que no solo logra el hito de llegar a los cines, sino que aguanta una semana más y mejora horarios en algunas salas. Lo bueno de la cultura es la convivencia pacífica de planos y poder encontrarte más allá de Netflix, también en historias mínimas, sacadas adelante contra las circunstancias (casi siempre la falta de recursos). Lo peor es la sensación de circuito cerrado y tribu de los proyectos con sello valenciano (también lingüístico), como encerrados por barreras invisibles.
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