Opinión
COP30

BRA50. BELÉM (BRASIL), 12/11/2025. - Activistas medioambientales del grupo Glasgow Actions participan en una protesta contra el presidente estadounidense Donald Trump, para pedir la cooperación global urgente a pesar de la obstrucción política de Washington, frente del Centro de Convenciones Hangar donde se realiza la COP30, en Belém (Brasil) hoy, miércoles 12 de noviembre de 2025. EFE/Andre Borges
Del 10 al 21 de noviembre se celebra en Belém (Brasil) el COP30: reunión número 30 de la Conferencia de las Partes. La COP está formada por todos los países que han firmado y ratificado la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático.
Se reúnen más de 50 mil participantes. Han tenido que construir hoteles y apartamentos, que no son precisamente chozas, para albergar a tanta gente: personal gubernamental y ONG metidas en el sarao ecológico. Y de paso, han construido una autopista de 15 km –la avenida Liberdade- que atraviesa el Parque Ecológico Gunnar Vingren de la ciudad amazónica. No está nada mal para comenzar, puesto que la conferencia tiene uno de sus objetivos en el impacto de la deforestación de la Amazonía y su influencia en el cambio climático. ¡Todo por el planeta!
De lo que se va a hablar es de dinero, que siendo realistas es lo único que realmente importa: la diferencia entre lo que gastamos y lo que necesitamos gastar, según la ONU. En sus estimaciones hay que emplear 3-4 billones de dólares al año (el PIB de Francia) para lograr las metas propuestas en el protocolo de París, cuando en la actualidad se destina entre 1 y 1,3 billones. Aunque a juicio de los organizadores ya se ha logrado ralentizar el calentamiento global para 2100: de 4° C a 2,1° C; pero la meta es no pasar de 1,5° C.
Quién se beneficia de todo este gran montaje mundial es asunto interesante; pues se trata de transitar ingentes sumas de dinero de un lugar a otro, o mejor, de un bolsillo a otro. A estas alturas del paisaje, y del paisanaje, me parece una valoración incluso benigna.
Los organizadores afirman que se han hecho avances, pero insuficientes: lo de siempre, entre el dicho y el hecho hay un buen trecho. No obstante, sus propuestas quieren ser ambiciosas, y pasar a la acción: en eso convergen con la agenda 2030 y su cretino eslogan de “no tendrás nada, pero serás feliz”. Para empezar, espero un incremento de los impuestos al transporte, especialmente privado, al avión y al tren, y a los combustibles en general, pues hay que evitar seguir quemando fósiles. Y ya veremos quién se puede comprar un vehículo eléctrico. Aunque la propia ONU nos dice que, desde el comienzo de la era industrial, la naturaleza ha sumido la mitad del CO₂ antropogénico (y lo seguirá haciendo).
El progreso necesita energía: pensemos en lo que supondrá la IA. En 2024 las renovables generaron más del 50 % de la electricidad mundial. Si bien contamos con un impulso hacia las energías verdes, corremos el riesgo de causar daños ambientales y sociales no deseados a través de su implementación. Es decir, que no hay que actuar a lo loco, ni atosigar al personal. Además, conviene tener en cuenta que en la presente COP30 no participa Estados Unidos y China -que lo hace- no tiene compromiso alguno de reducción de CO₂ hasta 2030; y entre ambos emiten nada más y nada menos que el 48 % del CO₂ mundial (2022). Y Rusia gastando a troche y moche con su particular guerra ucraniana. Quasi res porta el diari.
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