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Opinión

València

Lo peor, lo mejor y lo anómalo

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a su salida del Tribunal Supremo, a 12 de noviembre de 2025, en Madrid (España).

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a su salida del Tribunal Supremo, a 12 de noviembre de 2025, en Madrid (España). / Diego Radamés - Europa Press

Al final, pasó lo peor. Pérez Llorca, un cómplice político de Mazón, será el President de la Generalitat; un hombre sin ninguna base popular, el oscuro fontanero de los pactos con VOX, embutido en una lista, un segundón, ese nos gobernará. Había otras opciones para Feijóo, personas que fueron prudentes aquel día, y que tienen respaldo en procesos democráticos. VOX ha impuesto su lógica. Si no puede ser Mazón I, que sea Mazón II. Todo seguirá en el mismo pantano porque Pérez Llorca es un apaño, no un President. Nunca un partido se dirigió a la irrelevancia de forma tan clamorosa.

Que Feijóo haya dado orden de no votar en el Parlamento Europeo los planes medioambientales, indica que Feijóo ya está entregado a Abascal. Que Díaz Ayuso haya fijado posición defendiendo la inmigración, con su manera brutal, cierto, pero defendiéndola, demuestra que huele a cadáver en Génova. Da lo mismo que en Extremadura el PP gane por mayoría absoluta. O que Moreno Bonilla repita en Andalucía -lo que está por ver-. Es Feijóo el que no recibe la confianza de la gente. Es errático y cobarde. No es un líder.

En este contexto hay que colocar la decisión de Junts de abstenerse en la decisión sobre el cierre de las nucleares. Miles de comentarios se han vertido sobre el significado de este gesto y si, junto con el informe del abogado general de la UE, podría dulcificar la ruptura con el Gobierno. Pero no hay caso aquí. Una abstención en el fondo es una muestra de indiferencia acerca de las cosas de España. Es una posición cómoda porque implica abstenerse en una moción de censura posible. Pero lo que no pasa por la cabeza de Junts es fortalecer a Feijóo con una victoria parlamentaria. Junts también tiene olfato.

Una vez más, la UE es la última instancia de garantías del Estado español, lo que es un alivio. En un momento en que la sospecha nubla el aura de las supremas instituciones jurisdiccionales españolas, que existan instancias europeas es una esperanza. Lo ha sido y lo será en el asunto de la amnistía. Pues nadie razonable podía tener dudas de la necesidad de la amnistía incluso para un gobierno con mayoría absoluta. Lo peor del proceso de la amnistía, tan necesario y prudente, fue la manera barriobajera de negociar de Junts, que siempre quiso degradar la necesaria generosidad del Estado a un chantaje en el que él era el matón. Pero ningún Estado democrático serio puede permitirse la imagen de disponer de exiliados, y quienes niegan esta altura de miras saben de política lo que yo de magia.

El asunto del Fiscal general es otra cosa y resulta evidente que lanza una nube de granizo sobre nuestras instituciones judiciales y políticas. Esto no tenía que haber pasado. Pero que se haya confesado en sede judicial que un jefe de gabinete usa la mentira como forma habitual de hacer política, que además lo justifique por sus canas y que no pase nada, es una anomalía desvergonzada de la política española. Que de esa manera su jefa sea cómplice de la mentira por elevación, indica que se da por sentado que para hacer política en ese ambiente se tiene que ser un pobre diablo. Ahora, como es obvio, no hablo de Pérez Llorca.

De esa manera la política se convierte en una jerarquía de encubridores. Que el electorado siga ahí, es un misterio de la época. Tocqueville dijo una vez que las revoluciones no surgen porque exista un programa bien establecido de transformación. Solo estallan cuando la gente ha comprendido la índole profundamente inmoral de sus gobernantes. Que esto no funcione ahora -estuvo a punto de funcionar en el 15M y se disolvió porque alguien creyó que aquel movimiento obedecía a su capacidad programática revolucionaria y no a la invalidez de una representación política-, es un signo de este tenebroso presente, que será pasajero.

En todo caso, sería sorprendente que el Tribunal Supremo contemplara en su sede cómo trabajan ciertos políticos y abogados y se plegara a sus manipulaciones. Lo que hemos visto en el juicio impone un “no culpable” de libro. Nada se ha podido demostrar acerca de que la filtración procediera del Fiscal general, aunque procediera de algún sitio relacionado con la fiscalía. Que no se pueda mostrar el árbol de la filtración, no permite señalar que la raíz viniera de la persona del Fiscal general; pero, aunque la fronda no sea sujeto jurídico, eso no nos tranquiliza. Por lo demás, no es verdad que el fiscal deba defender la verdad en sede ajena a la de un tribunal. Ahí, en esa sede pública, con seguridad no filtra nada.

Pero, aunque la sentencia no culpabilice al Fiscal general, no podrá dejar de apreciar que los entornos de la fiscalía entran en la batalla política, bien como pardillos, bien como hooligans de un equipo u otro. Y esto es también anómalo, como lo es que el fiscal se quite la toga, se siente en el banquillo, y se la vuelva a poner. Ante un tribunal todos deberíamos estar como ciudadanos, no investidos de autoridad. Eso no atañe a la ropa, sino al cargo. Esta exigencia ya ha devenido utópica entre nosotros, que tenemos poco respeto por la igualdad ante la ley. En todo caso, necesitamos fiscales generales que vengan revestidos de una autoridad incuestionable y no veo la manera de que García Ortiz escape bien de este juicio. Este cargo fundamental del Estado merece un prestigio positivo inmaculado, mayor del que puede dar una sentencia de “no culpable”.

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