Opinión | En el barro
Los silencios
Lo difícil es saber cuándo romper el silencio y cuándo pensar dos veces, callar y masticar el odio. El civismo, la dignidad (y la democracia) pasan por acertar en esa respuesta

Maribel Vilaplana, al llegar al juzgado para declarar como testigo. / Manuel Bruque
“Fuck Vox. Nazis fuera”. A un vecino le han plantado esta pintada en la pared de su casa. Allí sigue. Su culpa es tener un muro de color claro. Me identifico más con el viejo al que solo veo algunas mañanas ir a buscar el pan y cuando suenan las campanas de domingos de misa que con los autores del grafiti, por mucho que pueda firmar su contenido. Algo así debe ser hacerse viejo: aceptar un cierto sentido de orden. El buen hombre pasa todos los días por delante de la mancha negra sin mirar y en silencio. Imagino que a la espera de que los servicios públicos actúen algún día y la borren. Algo así debe ser el estoicismo: asumir el destino sin ira.
Vivimos en un lugar donde lo colectivo importa poco y lo normal es esperar a los servicios públicos, que sean otros los que actúen, papá Estado decían antes. Cómo explicar si no el estado de suciedad de las calles. He decidido no culpar a ningún gobierno municipal, sea del color que sea. Como si fuera normal exigir inversiones cada vez más altas para la dejación de civismo que nos acompaña. No. El culpable del habitual lamentable estado de aceras y plazas somos usted y yo, por ensuciar y por mirar a otro lado y callar cuando otros ejercen de incívicos.
Me gusta el silencio. Lo añoro cada día. Lo busco cada día aislándome con los auriculares, persiguiendo el silencio con música. Siempre he creído que es mejor pensar las palabras dos veces: calibrar si valen más que el silencio antes de dejarlas ir. Por eso me impresiona más la lección del compañero José Manuel Bort. Lleva meses soportando con su hijo a un fanático en Mestalla. Un tipo de esos que en la grada se transforma e insulta y profiere comentarios racistas sobre los otros, siempre los otros, los jugadores de otro color y otros equipos. Un tipo que con su violencia verbal impone el silencio a los que tiene al lado, que han estado aguantando y callando. Bort denunció la situación ante el club y las instancias oficiales de la Liga. Pero el silencio siempre es más cómodo. No hicieron nada. Así que Bort les ha dado una lección de responsabilidad y, sobre todo, de civismo. Ha dado la cara. Y ha reivindicado a la vez el poder del periodismo, algo más que esa cosa indeterminada que decía Thomas Mann, porque su gran función es casi siempre romper el silencio.

Mazón, en las Corts esta semana. / Manuel Bruque
Y el silencio es lo que más pesa en la declaración de Carlos Mazón esta semana en las Corts. Los silencios que sigue acariciando y guardando sobre los detalles de la maldita tarde. Serían normales y defendibles en otra circunstancia, no en esta, con las consecuencias que se desataron. Ni siquiera vale el argumento de que no era responsable operativo de la emergencia. Ante las mortales consecuencias, la justicia decidirá si tiene alguna o ninguna responsabilidad por acción u omisión. Políticamente ya ha pagado. Pero aún así, está el derecho de las víctimas (y de la sociedad en general) a saber todo de cómo se gestó y se produjo la tragedia y qué hacían sus representantes públicos. Ser presidente también es esto. Hoy no tenemos certeza ni de la hora en que se despidió de la periodista ni del momento en qué llegó al Palau. Hoy, 382 días después, siguen pesando silencios.
Como ha pesado el de Maribel Vilaplana, que ha ido aportando detalles de aquella tarde por goteo. Se puede entender la necesidad del silencio en las primeras horas, tras el impacto emocional, pero no tras conocer la magnitud del drama y la exigencia (comprensible) de las víctimas de saber. Hoy sus silencios son injustificables. Es difícil argumentar con ellos estar al lado de los que sufren. Ha preferido un silencio con otras ventajas.
Este es un país de silencios, que aprendió a no mirar a las cunetas para poder subirse a la modernidad y la europeidad
Este es un país de silencios. De mirar a otro lado si el conductor de al lado baja la ventanilla y rocía la calzada con un montón de colillas. Este es un país que aprendió a no mirar a las cunetas para poder subirse a la modernidad y la europeidad. Y así hasta este 20 de noviembre que ya nos amenaza. ¿50 años y algo que recordar? Poco. Lo que sigue revolviendo las tripas es la cifra de personas que siguen en cunetas y fosas, víctimas dobles para ganar la convivencia. Víctimas del odio primero y del silencio después. Esa cifra y esos huesos pesan hoy, 50 años después de una muerte en la cama y casi un siglo después de tanta sangre derramada.
Lo difícil es saber cuándo romper el silencio y cuándo pensar dos veces, callar y masticar el odio. El civismo, la dignidad (y la democracia) pasan por acertar en esa respuesta. Hacerse viejo debe ser aprender a fallar poco (y a sentirte más lejos de la agenda política).
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