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Opinión | El día del señor

Didín Puig

Didín Puig, activista cultural.

Didín Puig, activista cultural. / Miriam Bouiali

Una dona compromesa es el título de un libro que reúne los materiales que sirvieron a la exposición del mismo personaje en el MuVIM, hace ahora más de un año. El libro hasta se permite jugar con efectos ópticos a lo Armengol.

Llegó mi ejemplar (de libro) y también el balance de una amistad fructífera que se manifestaba en su dimensión andariega. En petit comité le llamábamos El rayo que no cesa. Pero Didín sigue tan fresca como el primer día, aunque por algún problema en las conexiones no podremos dedicarnos, como otras noches, al tráfico gratuito de gatos guapos. Ahora, amiga, cuéntales como una chica de Benimodo pudo hacerse un sitio en París (al cuidado de una niña a la que siempre llamó hija –Florence de Vieville-Dufraise, que tiene mucha prosopopeya–) y organizar recitales aquí y allá, cómo descubrió que Georges Brassens podría ser su amigo y cómo es posible encontrar al poeta Estellés escondido detrás de sus gafas.

La plataforma cultural que ibas tejiendo, incluía personajes de toda condición. Cuando me cruzaba con Didín le decía: “¿Qué? ¿Danzas del norte de Birmania?” Y ella me dedicaba una gran sonrisa (una sonrisa menos en Canarias), una sonrisa que incluía el mérito de la hospitalidad y la prudencia en casa ajena, sólo en la tercera fase de su vida pudo Didin tener algo parecido a un horario y un sueldo. Tuvo al menos reconocimiento editorial y cívico con las piernas hinchadas de tanto potrear desde los huertos de caqui (se lee quequi) a los fastos de la Feria del Libro, Didín podía adaptarse a suelos de todo tipo. En TVE era una experta en bandas musicales, capaz de traducir un viento persa, un poco racheado, en música oriental. Con los televidentes se carteaba a menudo (ella revivió todo un género), pero eso ya fue en Canal 9. Didín era la muestra de que ciertas personas, tienen un concepto exigente de la libertad individual y esa es su prenda más valiosa. Siempre quiso ser periodista, pero no le dejaron. Denunció la falta de agitadores políticos de visión amplia que es lo mejor para superar los apedreamientos neandertales y el lanzamiento de bosta a cargo de tarugos que se imponen aquí y allá.

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