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Opinión

València

La maldita memoria

He regresado varias veces a esos mismos sitios desde entonces. El tiempo no lo borra todo.

Café La Belle Équipe en París

Café La Belle Équipe en París / AC

No es la primera vez que lo recuerdo en estas páginas. El pasado jueves se cumplían diez años de aquella noche. La noche en que París dejaba de ser esa ciudad “que sueña” y se convertía, en otra estrofa de una bella y antigua canción de Georges Moustaki, en “París herida / París en sangre / París que ruge de cólera”. Era el viernes 13 de noviembre de 2015. Un homenaje a Marie-Claude Chaput en la Universidad de Nanterre, donde esa mujer excepcional había ejercido su magisterio hispanista hasta su jubilación ese mismo curso. El viernes recorría con Jean-François Carcelen la para mí desconocida y famosa Rue de Lappe. El amigo francés, hijo -como muchos otros- del exilio republicano. Su padre anduvo por los montes de la Val d’Aran cuando desde el exterior pensaba el PCE que todo estaba a punto de caramelo para acabar con la dictadura franquista. Y no fue así, claro que no. Otra derrota. Las diferentes miradas, desde dentro y fuera de esa dictadura, sobre los primeros años de una represión que se alargaría la friolera de cuarenta años.

Memorial parisino en honor de las víctimas

Memorial parisino en honor de las víctimas / AC

Evocas una lejana y francesa noche de viernes y ves cómo una vez más los recuerdos se juntan, se heredan queriendo o sin querer unos a otros y vas construyendo con ellos el itinerario sentimental de una vida que, sin que suponga una extrañeza, será una mezcla de todas las vidas con las que te has ido cruzando en el camino. La Rue de Lappe ni se veía: una lata de sardinas, como suele decirse. Salimos del paseo a toda mecha, casi sin tocar el suelo, y nos sentamos en una pequeña terraza. Hacer un poco de tiempo hasta la cena. Al rato se veían luces, se escuchaban algunas sirenas: apenas unas pocas luces y sirenas, todo a lo lejos. Mirábamos el móvil por si había pasado algo. Nada. Ninguna señal de alerta.

Al poco rato empezaron a pasar coches y motos de la policía. Y más coches con los cristales tintados. La calle era muy estrecha. Los móviles ya lo traían escrito: atentados. Aún sin detalles. Serían las nueve y media de la noche más o menos. Dejamos las cervezas, el agua Perrier, y corrimos cada cual a su refugio: el hotel de Jean-François estaba cerca, yo tenía que ir al Colegio de España. Un trayecto largo, demasiado largo para lo que estaba sucediendo. En los subterráneos del Metro todo estaba tranquilo. No mucha gente, a pesar de que encarábamos el fin de semana. Nadie se había enterado de nada. Creo que sólo tenía un transbordo en Châtelet hasta la Cité Universitaire del Boulevard Jourdan, pero a mí me parecieron trescientos. No saber lo que había pasado aumentaba las dimensiones del miedo. Desde la habitación todo eran sirenas por los cielos de París. Muchas llamadas desde España para preguntar si estaba bien, si el horror me había caído cerca o lejos. Poco a poco iban apareciendo noticias en el móvil. Pero seguíamos sin conocer las auténticas y desoladoras dimensiones de la tragedia.

He regresado varias veces a esos mismos sitios desde entonces. El tiempo no lo borra todo. Y menos cuando has estado muy cerca -apenas trescientos o cuatrocientos metros- de uno de los atentados. La terraza del café La Belle Équipe, en el cruce de las calles Faidherbe y Charonne, volvió a abrir después de mucho tiempo y a lo mejor mucha de la gente que se sienta a sus mesas no sabe que allí cayeron ametralladas veintiuna personas que tomaban algo a esas horas de la noche hace ahora diez años. Finalmente serían casi ciento cuarenta víctimas mortales de la masacre yihadista en toda la ciudad, la mayoría en la sala Bataclan, donde daba un concierto el grupo estadounidense de hard rock Eagles of Death Metal. Imposible borrar las imágenes de aquellas horas vividas dentro y fuera del recinto sumido en un caos de muerte y de huidas a la desesperada.

Los recuerdos se juntan, se heredan unos a otros y con ellos vamos construyendo nuestras vidas. A veces pensamos en el futuro aunque sepamos que el futuro no existe, que es una trampa que nos tienden los que saben de emboscadas para que el presente nos pase de largo sin que nos demos cuenta. Tampoco olvido nunca lo que para tanta gente fue el exilio republicano cuando acabó la guerra. Aunque si lo pienso bien, la guerra nunca se acabó del todo. Seguro que el jueves que viene, 20 de noviembre, Abascal y sus escuadras falangistas celebran a lo grande que su Caudillo sigue vivo. Somos un país sin memoria y me vienen ahora a la cabeza las palabras de Ramón Lobo cuando escribía precisamente de los atentados en París: “las sociedades sin memoria no pueden ganar la guerra. Y menos aún la paz”. Lo decía el sabio y añorado periodista porque, el día siguiente de los atentados, Francia bombardeó Siria. Ojo por ojo, diente por diente. Una buena manera de que se acaben las guerras, ¿no les parece? Y ahí seguimos, como si el tiempo no sirviera de nada.

Ahora hace tres años que se murió Marie-Claude y la casa de Rue des Écoles en el 5º distrito parisino es una sombra triste en unas calles que, como canta Tom Waits en Tom Traubert’s Blues, “han dejado de soñar”. Siempre que paso bajo los balcones del tercer piso me acuerdo de ella, de los días felices y las crepes de la Rue d’Odessa en Montparnasse. La memoria, querido Ramón, la que tú también nos dejaste hace poco más de casi nada. La maldita memoria…

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