Opinión
¿Se muere la democracia?

Núñez Feijóo y Mazón. / Jorge Peteiro - Europa Press
“Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible”. [“Palabras”, de Alejandra Pizarnik]
Hace cincuenta años -otro noviembre- moría el dictador, comenzaba a clarear tras la llarga nit y renacía la democracia española, segada en 1936 por la fuerza bruta de las armas y el furor de la palabra incendiaria. En aquellos años frenéticos de la Transición, la democracia era la esperanza. La estación donde llegábamos para reencontrarnos con las esencias más nobles de aquella Ilustración arrebatada. Una vez conquistada la creímos para siempre. Después cayó el Muro de Berlín. El mundo parecía encaminarse hacia una expansión imparable de la libertad. Fin de la historia, se atrevieron a predecir algunos con adanismo de ajedrecista que ansía ver el jaque mate a todos los movimientos. El optimismo se abría paso en el planeta entero. Era cuestión de años que fueran cayendo las últimas dictaduras. Hoy, sin embargo, al cabo de medio siglo de nuestra reincoporación a la democracia, esa convicción se tambalea.
La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿se muere la democracia?
Estos días, el New York Times publicaba un editorial especial. Alertado por la deriva antidemocrática en la que el trumpismo está sumiendo a los Estados Unidos en apenas un año, el consejo editorial del Times ha compilado una lista con 12 indicadores de erosión democrática. Doce cuestiones que miden el giro autocrático de una sociedad. Algunas reverberan estos días en nuestra realidad más cercana tras estos dos años que dejarán una profunda cicatriz en nuestra calidad democrática. Porque ya vemos lo que ocurre en Estados Unidos. Pero, ¿y aquí?
Sostiene el Times: Un autoritario menosprecia el Legislativo. A veces –qué pereza– hay que recordar lo obvio. Se llama autogobierno. Los valencianos nos gobernamos a nosotros mismos en nuestras competencias. Sin embargo, la legislatura ya empezó de forma daliniana: presidenta de Les Corts una diputada que suprimiría nuestra autonomía. Continuó con una voladura de todos los grandes acuerdos emanados del Legislativo –es paradigmático el ataque a la AVL–. Y ahora llega la estocada final: los valencianos ya no elegimos a nuestro president. Lo decide el líder nacional –¿hay otro?– del partido de la extrema derecha. Él será quien bendiga y decida de facto a nuestro president para ofender nuevas glorias a España. Lo lógico –lo democrático– tras todo lo acontecido sería votar en unas nuevas elecciones para abrir un nuevo inicio. Sería la forma más sana de curar la herida y comenzar a sellar el trauma de la dana. Volver a empezar con determinación y con voluntad de alcanzar un acuerdo de Comunitat exigible en estas circunstancias. Pero se ha preferido no dar la voz a la ciudadanía cuando la pérdida de legitimidad de facto es manifiestamente perceptible. Incluso les Corts se quedan a merced de lo que se decida en conciliábulos lejanos. Una ofensa más en esta cadena calamitosa de retrocesos democráticos y renovada hipoteca reputacional.
Sostiene el Times: Un autoritario usa el poder para obtener beneficios personales. En una secuencia kafkiana de los hechos que pasará a nuestro lado oscuro del autogobierno, hay un detalle siniestro. La dimisión del president -tan a destiempo como hipócrita- adolece de sinceridad porque no ha habido ni petición de perdón ni asunción autónoma de responsabilidades y, en consecuencia, no ha ido acompañada de la renuncia al acta de diputado. ¿Es higiénico para nuestra democracia que todos los comentaristas políticos y el conjunto de la ciudadanía entienda que la única finalidad es conservar el aforamiento? Es un paso más hacia el descrédito de la política institucional y de un mecanismo que, en su sentido original, nació para proteger la función de los representantes democráticos, no los intereses personales.
Sostiene el Times: Un autoritario sofoca la disidencia. Es difícil comprender cómo las 229 víctimas de la dana y sus familias han sido vistas como “disidencia” por parte de las autoridades valencianas. Cuesta mucho entender cómo se llega a un grado de deshumanización semejante. Cómo se revictimiza a quienes han visto rota en pedazos su vida. Pero así ha sucedido ahora. Como antes ya ocurrió con la gestión del accidente del metro de València, el Yak-42, el 11-M y tantas otras desgracias colectivas. Por eso, resulta insultante que dirigentes públicos valencianos y altos cargos se permitan mentir, difamar y acosar a las víctimas de la dana. Que las entiendan como disidencia por el simple hecho de pedir verdad, justicia y reparación. Que las combatan como si fuesen el adversario.
Estuve en el funeral de Estado. Sentí dolor, el dolor compartido por tantas personas... Ví tantos ojos perdidos, tantas ausencias sin respuesta. Al volver a casa me acordé de esa sensación tan única, tan vívida, que acontece cuando pierdes a un familiar y regresas del cementerio o del tanatorio. Y cierras la puerta. Y me acordé de esos padres, madres, hijas y amigos que al llegar a sus hogares cerraron la puerta y se reencontraron con el vacío. El tiempo no lo cura todo. El tiempo solo pasa.
Hiere el alma que algunos, un año después, aún son incapaces de mostrar la empatía que personas de todo el mundo han tenido con las víctimas de la dana. ¿Por qué? No encuentro respuestas. Y las que atisbo me abochornan. Qué pena.
Sostiene el Times: Un autoritario vilipendia a los grupos marginados. ¿Qué catadura moral puede tener un futuro Consell cuando su sostén principal, los populistas con bandera en la pulsera y odio en las entrañas, anuncian que su prioridad van a ser los menores migrantes? Y no para ayudarlos, integrarlos o darles un futuro. El grupo más débil de la sociedad va a ser –aún más— vilipendiado por las instituciones valencianas. Es la base del populismo: crear un fantasma. Un enemigo. Cebarse con él. Sin piedad. Sin razones. Azuzando los miedos y las más bajas pasiones. Aprovechando las debilidades que tienen otras causas que no se quieren o no se saben abordar.
Porque es en la raíz de esta crisis general de la democracia donde habitan los populismos, en la desconfianza creciente hacia la política cuando muchos ciudadanos sienten que votar sirve cada vez menos para mejorar sus vidas. Eso va vaciando de crédito a la política. La secuencia es conocida: Primero se degrada el debate público, luego se instrumentalizan las instituciones, más tarde se normaliza el desprecio por el adversario y finalmente queda una conversación pública regida por el insultódromo de las redes sociales y permeada de desinformación.
La democracia no se muere sola: en todo caso, la dejamos morir cuando renunciamos a ella. Cuando aceptamos el discurso del “todos son iguales” o cuando somos incapaces de levantar una alternativa de esperanza.
Hoy, lo más radical es ser demócrata. Lo más progresista es defender la democracia. Porque la democracia no es solo votar. Es tener escuelas, hospitales, residencias, centros para la discapacidad o protección para mujeres acosadas por el machismo. La democracia es el derecho a la esperanza: por eso nunca morirá la democracia si hay esperanza.
Podemos, como lamenta Pizarnik, esperar a que la lluvia pase y a que los vientos lleguen, sin salida posible. Pero también podemos sacar el paraguas y echarnos a andar. En esas estamos otro noviembre, cincuenta años después. Cruzando otra noche. Buscando el alba.
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