Opinión
Chistes contra Franco

Imagen del dictador Francisco Franco
En una de las visitas a Europa del entonces presidente de Estados Unidos, John Kennedy, en 1963 el diario francés Le Figaro distribuyó un mapa de Europa donde se dibujaba sobre cada país la caricatura de su gobernante. Así pues, allí aparecía Franco con un hacha y el dictador portugués Salazar con un látigo. La mala suerte y tal vez el cansancio nocturno de los redactores de esta cabecera que está usted leyendo provocaron que el dibujo de marras pasara a la rotativa, fuera impreso con el Levante de aquel día y distribuido por los quioscos de Valencia. Por supuesto que la edición fue secuestrada por la policía en los puntos de venta lo más rápido posible. Pero ello no evitó que el director del diario, Adolfo Cámara, un devoto falangista, sufriera un arresto domiciliario durante unos días hasta que el incidente fue aclarado. Pocas bromas pues, por no decir ninguna, podían gastarse en público en aquellos años de la dictadura sobre el general Franco o su régimen. La disidencia humorística, por tanto, debía susurrarse en el ámbito de la familia y a veces ni siquiera los padres se fiaban de los hijos o al revés. A pesar de todo, los chistes contra el autocalificado caudillo circularon de boca en boca como una forma de rebeldía o de supervivencia, al igual que ocurre en cualquier sistema autoritario. De hecho las primeras burlas contra Franquito surgieron de sus propios conmilitones que sin recato lo llamaban Paca la culona por su voz afeminada y su figura menuda y achaparrada. Cruel y ridículo a un tiempo, el general gallego no pudo impedir que millones de españoles parodiaran su forma de hablar o su aspecto físico.
Viene esto a cuento de película La cena, magnífica comedia o quizá habría que decir tragicomedia, que muestra con humor inteligente y chispeante la organización de un ágape en honor de Franco y sus generales. Ambientada en la posguerra, con situaciones y diálogos que recuerdan el tono de obras maestras del cine como To be or not to be, de Ernst Lubitsch; o La vaquilla, de Luis García Berlanga, La cena cuenta con la dirección de un gran especialista en la comedia como Manuel Gómez Pereira y con un estupendo reparto encabezado por unos soberbios Alberto Sanjuán y Mario Casas. Cine para divertirse y para pensar, este filme debería llegar a las generaciones jóvenes, esas que acogen a chavalas y chavales que ignoran lo que significa vivir bajo una dictadura. Y no sólo en la superestructura política, sino en la vida cotidiana, en la carencia de los más elementales derechos y libertades, en el aplastamiento de la dignidad humana. Pasan los años, desfilan las generaciones, y cada vez parece más claro que nuestra democracia ha fracasado en la pedagogía histórica. Ahora que se acerca el medio siglo de la muerte del dictador y, por tanto, del nacimiento de una democracia que una mayoría social impuso en la calle y no fue un regalo del emérito corrupto, convendría desplegar un gran esfuerzo didáctico. El éxito de público de La cena en las salas evidencia que la sociedad anhela explicaciones rigurosas, en clave de drama o de comedia, de una terrible historia reciente que amenaza con volver. Y ya se sabe desde siempre que los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo.
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