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Opinión

Haga como Ford

Una mujer usando su teléfono

Una mujer usando su teléfono / L-EMV

Baudelaire no soportaba esa necesidad “tan burguesa”, decía, de aprobación social de su amigo Manet. Lo criticaba con fiereza porque consideraba que se mostraba débil e iracundo cuando no obtenía el reconocimiento que esperaba, que era a menudo. Casi 160 años después estamos igual. Todo cambia muy poquito a poco, decía Didín Puig, aunque, eso sí, las revoluciones retrógradas y perniciosas llegan como un espasmo.

No somos nuestros hijos. Seguramente serán lo mejor que hemos hecho y haremos nunca. Quizá para alguien no y no pasa nada. Pero no somos ellos. Por eso subir sus fotos y sus vidas a las redes sociales tiene dosis de mezquindad. Buscar la aprobación y el halago social a través de sus caritas, intentar conseguir el reconocimiento popular a través de sus gestos, anhelar posicionamiento a través de sus descubrimientos. Hay, evidentemente, dosis de orgullo, pero, no lo negarán, también mucho más. Es un comportamiento similar a quien, con ellos, intenta enriquecerse o a quienes, con fines espurios (que son los menos), utilizan alguna enfermedad para sensibilizar a los demás con el objetivo de sumar likes. Son peldaños de la misma escalera. Su insustancialidad, su volatilidad, importa poco, porque solo interesa el impacto, lo inmediato, el momento de éxito. Éxito. Qué concepto de éxito más distorsionado, más trivial. Las redes sociales, ficción sin fin.

Que cada uno haga lo que quiera, por supuesto que sí. Las plataformas tecnológicas aplauden con las orejas y la seguridad de una nueva generación que no ha podido elegir (porque no se le ha preguntado) se pone en riesgo. Riesgo a la presión social, riesgo al bullying, riesgo al uso de sus rostros para alimentar la IA y crear prototipos, riesgo a la indefensión y la indefinición identitaria, riesgo a la huella digital, riesgo a ser quienes no quieren ser. El 72 % del material incautado a pedófilos son fotos cotidianas.

Cada imagen en las redes es un mensaje sobre ellos que ellos no han lanzado ni han querido lanzar. Cada publicación es una opinión colectiva que ellos no han reclamado. Su autoconcepción (y, con ella, su autoconfianza y autocontrol) estará sometida a nuevos retos para los que, en la mayoría de ocasiones, no contará con la suficiente madurez y preparación.

Haga como Ford, borre el historial de publicaciones sobre su hijo o hija y déjele crearse a sí mismo.

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