Opinión
La sociedad ante el nuevo franquismo

Feijóo y Abascal, en una imagen de archivo. / Kiko Huesca/EFE
Se cumplen cincuenta años desde que el dictador entrara en sueño profundo y la sociedad española por fin pudiera comenzar a despertar de una larga pesadilla. En mi caso, nací cuando ya se había aprobado la Ley para la Reforma Política y el camino a la democracia no admitía pasos hacia atrás. Y aun sin tener conciencia de todo aquello ni de vivir la dictadura, albergo la sensación de haberlo hecho. Como si en el abstracto de mi imaginación hubiese recreado una realidad paralela a través de las historias que he escuchado desde muy joven. Quizá, hoy falte esa transmisión por nuestra parte a las generaciones que nos suceden.
La nostalgia hacia el régimen franquista siempre ha estado presente en espacios importantes de la sociedad y de la política. De eso no cabe duda. No obstante, lo que se percibe ahora desde que los ultras de Vox empezaran a condicionar algunos gobiernos autonómicos del Partido Popular va más allá de la melancolía. El impulso de una agenda que imprime políticas corrosivas hacia los principios y valores democráticos es real. Se está ejecutando. Y aunque se enmarque en el espacio de un movimiento populista global, no dejan de ser como una suerte de reencarnación del franquismo, pero en versión moderna. Aquí, tienen maniatado al Consell y con él a la Generalitat Valenciana. El contexto se presenta serio y la reflexión es si dejamos esto únicamente en manos de la política, de los partidos, o debería implicarse también la sociedad civil; sin ambages y con mayor intensidad de la que ya pueda estar haciéndolo. Porque el peligro para el sistema democrático en general y las instituciones de nuestro autogobierno en particular es cierto.
En el caso de la transición política española el papel de las élites fue mucho mayor que el de la sociedad, pero había un consenso muy amplio en torno al cambio de régimen que lo hizo posible. La cuestión hoy es diferente porque son precisamente las élites políticas las que están divididas en torno a esta nueva fractura que desnaturaliza la democracia. La ausencia de un cordón sanitario a los ultras por parte del PP, como hacen sus homólogos europeos, rompe el esquema. La dificultad es que el fenómeno no puede afrontarse únicamente desde la política, siendo necesario un rol más activo de la sociedad civil organizada.
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