Opinión
La polarización política y su impacto social

Archivo - El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, interviene durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados, a 18 de junio de 2025, en Madrid (España). / Jesús Hellín - Europa Press - Archivo
En un bar ocho clientes apostaron 50 euros que el fiscal general sería absuelto, mientras otros tantos con la misma cantidad que sería condenado. ¿Una frivolidad o una manera de distanciarse del tema? En medio de las batallas políticas cada vez más intensas habrá que escrutar en qué medida afectan a la mayoría de la población. Los debates del Congreso y el Senado están llenos de tensión y acusaciones de corrupción, a veces con insultos, contra los miembros del gobierno, incluso con referencias a la familia del presidente, quienes a su vez responden con críticas a las situaciones en que está envuelta la oposición. Un momento culmen se evidenció cuando Pedro Sánchez compareció en la Comisión del Senado sobre el caso Koldo. Un embrollo, en el ámbito parlamentario, que degrada a la democracia española. Las cosas continuaron con todo tipo de descalificaciones que se acentuaron con el aniversario de la Dana valenciana y la dimisión de Mazón. Y esto vieneacrecentándosedesdelas últimas elecciones generales, provocando una falta total de entendimiento entre los dos grandes partidos políticos, PP y PSOE. A ello se suma el control de la mayoría de las Autonomías por el Partido Popular apoyados al principio por Vox, aunque después se retiró de los gobiernos autonómicos como estrategia para distanciarse de los populares y tratar de provocar el sorpaso y sustituirlo como principal partido de la oposición.
Los enfrentamientos son normales en los sistemas democráticos. El gobierno y la oposición dirimen sus puntos de vista en el marco de los derechos constitucionales, generalmente en un tono de respeto sin dejar de ser duro en la crítica. Todo ello se ha venido abajo no solo en España sino en casi todos los países democráticos y el nivel de crispación ha aumentado de manera geométrica en los debates políticos. Las tendencias electorales se han radicalizado con partidos que propugnan una restricción de la emigración, el rechazo del vocabulario inclusivo, la negación del cambio climático, el feminismo considerado radical, las alternativas familiares defendidas por la LGBTIQ+, un nacionalismo excluyente, un aumento de los cuerpos de seguridad, un reforzamiento de las políticas de orden público, un control de las manifestaciones de protesta, la negación de las instituciones multilaterales, en resumen un reforzamiento del autoritarismo. Todo ello ha provocado una serie de reflexiones sobre la crisis de los sistemas democráticos, y en cada país la situación adquiere elementos propios dentro del marco general descrito.
¿Hasta qué punto las políticas restrictivas de la extrema derecha, en el caso de que lleguen al gobierno, pueden alterar no solo ya los derechos sino las costumbres cotidianas de los ciudadanos en los entornos urbanos o rurales de las sociedades democráticas? ¿Se van a reprimir las manifestaciones, o imponer normas morales sobre la literatura, el arte o la música? ¿Va a existir censura de los medios de comunicación o en las expresiones que emitan los ciudadanos por su cuenta aplicando medidas coercitivas más allá de los mensajes de odio o calumnias? ¿Una reversión en los derechos alcanzados por la mujer? Parece difícil que puedan sostenerse por mucho tiempo restricciones en sociedades acostumbradas a mantener hábitos considerados normales. Y es que la mayoría de las ciudades se parecen a New York. En el caso de España ¿se considerará delito las banderas que exhiben algunos grupos de diversas ideologías o los mensajes que trasmitan los manifestantes? ¿Podrá criticarse al poder judicial por determinadas sentencias? ¿Habrá restricciones al derecho de huelga? Podrá intentarse, la cuestión es si resulta viable mantenerlo durante un periodo prolongado.
Los debates y las descalificaciones forman parte para una gran mayoría de un espectáculo teatral trasmitido por TV y otros medios. Los detalles de los contenidos sólo son seguidos por un reducido porcentaje -en torno a un 0,7- de la población, aquellos que están interesados por los acontecimientos políticos. El resto de la ciudadanía suele desligarse una vez que termina el consumo de noticias percibiendo que los políticos van a los suyo. Los argumentos explicativos de los comunicadores, especialistas o tertulianos sobre los temas debatidos tienen relativa incidencia, ya que suelen estar condicionados por las valoraciones previas de quienes las reciben y de los medios que las difunden. En general no se descalifica a la democracia y se acude a votar cuando corresponde, no siempre por el mismo partido según la coyuntura vivida y la influencia del márquetin trasmitido por los partidos a lo largo de una legislatura. Salvo circunstancias especiales esa inmensa mayoría está pendiente, principalmente, de sus asuntos. Eso sí, seguirán las redes sociales trasmitiendo falsedades o mensajes de odio que ya estaban en las mentes antes de que se difundieran y se convertirán en un elemento más de los tiempos, donde cualquier opinión se expone al público sin autocontrol.
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