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Opinión

València

Rosalía, la santa del scroll: la mística 2.0 de Lux

Rosalía en su actuación de los 40 Music Awards

Rosalía en su actuación de los 40 Music Awards / 40 Music Awards

En un presente saturado de estímulos, donde la atención se mide en segundos y el silencio se percibe casi como anomalía, Rosalía propone en Lux un gesto de sorprendente radicalidad: detenerse. La genialidad de su nuevo álbum no se limita a incorporar un imaginario religioso en clave estética, sino que convierte la mística en un lenguaje contemporáneo, un territorio donde cuerpo, deseo y trascendencia dialogan con la misma intensidad con la que el algoritmo nos empuja a deslizar el dedo. Lo que en otro tiempo fue recogimiento espiritual se traduce hoy en una liturgia musical que combina coros angelicales, silencios estratégicamente orquestados, beats ceremoniales y una imaginería que oscila entre Santa Teresa de Jesús y la cultura visual de TikTok.

La artista catalana rearticula una genealogía de lo femenino en la que la experiencia mística operó históricamente como forma de insurrección frente al orden patriarcal. Desde Hildegarda de Bingen hasta Teresa de Ávila, pasando por Sor Juana Inés de la Cruz o Margarita Porete, la escritura visionaria se constituyó como un espacio de emancipación: transformar la clausura en laboratorio de pensamiento y el éxtasis en agencia espiritual. En esta tradición, el lenguaje trascendía lo estrictamente religioso hasta convertirse en una tecnología de resistencia, un modo de construir subjetividad en los márgenes de la ortodoxia. Rosalía, al reinscribir esas imágenes —el hábito, el silencio, la disolución del yo— dentro del marco de la industria musical, actualiza ese gesto subversivo a través de una mediación mediática nueva: su cuerpo, transfigurado por la performance, deja de ser objeto de mirada para convertirse en medio de tránsito entre lo profano y lo divino.

No obstante, en esa misma operación subyace una ambigüedad fundamental. La reapropiación de lo sagrado que Lux propone no ocurre en el vacío: emerge en un contexto marcado por el crecimiento del descontento político, la ansiedad colectiva y la tiranía discursiva de figuras como Vito Quiles. En ese clima, el resurgir de la espiritualidad rara vez es inocente. Puede funcionar como refugio frente a la precariedad, pero también como sofisticada forma de anestesia cultural y desafección hacia los proyectos emancipatorios. Se trata de una introspección solitaria y apolítica que ofrece consuelo individual sin interpelar las estructuras que generan malestar. La promesa de salvación que Rosalía repite como mantra se inscribe en una sensibilidad contemporánea que desplaza la responsabilidad de la acción social hacia el terreno de la esperanza personal.

En este sentido, Lux encarna la paradoja de la espiritualidad contemporánea: un anhelo de sentido que se expresa mediante los mismos códigos que el mercado absorbe y capitaliza. La monja performativa, el éxtasis filmado, la oración autotuneada: Rosalía, cuyo genio es indiscutible, se erige, quizá sin proponérselo, en suma sacerdotisa de una generación que, cansada del ruido, anhela creer, pero ya no sabe en qué. Lo sagrado regresa, sí, pero lo hace envuelto en brillo y marketing, convertido en mercancía emocional. Y aunque Lux nos invita a mirar hacia dentro, cabe preguntarse si esa introspección no termina dejándonos, una vez más, paralizados frente al afuera.

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