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Trump y la furia blanca

El presidente de EEUU, Donald Trump

El presidente de EEUU, Donald Trump / Europa Press/Contacto/Andrew Leyden

Escribía el profesor de la Universidad de Harvard, Charles Reich, en 1971: “Cuando el hombre blanco descubra su servidumbre, veremos una verdadera explosión en América. La rabia negra, el orgullo negro, la militancia negra nos dan una idea de cómo será. Pero en el caso de los blancos, el autoengaño ha sido mayor, y quizás haga que la verdad resulte aún más enfurecedora.”

La furia blanca ha tardado cincuenta años en estallar, pero se ha instalado en la revolución que Trump perpetra desde la Casa Blanca. Empezó en los años sesenta, con el conservadurismo desacomplejado del joven William F. Buckley, cuando ironizaba sobre el liberalismo tecnocrático del Partido Demócrata y comenzaba a alentar el escepticismo contra la ciencia. Tras la victoria de Nixon, la furia se consolidó durante la siguiente década, con la victoria, en el campo de la derecha, del evangelismo activista de perfil carismático sobre el puritanismo ascético y fundamentalista, que prefería aislarse de la realidad antes que transformarla. Si el movimiento por los derechos civiles les dio los medios (la desobediencia civil), el aborto les dio la causa. Los fetos eran los nuevos negros, la población más inocente que uno podía imaginar, aquella en cuya defensa se justificaba todo. “Identificándose con los no nacidos,” explicaba la académica Grace E. Hale, “compartían su inocencia”.

Identificar la inocencia en el mundo, la víctima perfecta en cuya defensa la virtud y el bien inmaculados pudiesen tener sentido: he aquí el núcleo cristiano de la furia blanca. Esta inocencia se ha proyectado casi siempre sobre los niños, nacidos o no, respecto a los cuales se ha identificado, después, el mal radical. Además de los abortistas, la representación más habitual de este último ha sido la pedofilia. Para los seguidores de QAnon, algunos de los cuales participaron en la toma del Capitolio del 6 de enero de 2021, las élites del Partido Demócrata formaban parte de una red global de pedófilos que gobernaba el mundo. Convenientemente, su conspiración se superpuso con la trama delictiva de Jeffrey Epstein.

A la representación pedófila del mal absoluto, QAnon le opuso su utopía. Ésta llegaría en cuanto aconteciese “La Tormenta”, ese momento apocalíptico en que los miembros de la oscura trama serían castigados. Después correrían los torrentes de la abundancia y la felicidad. La riqueza sería repartida, las hipotecas caerían, junto con los seguros médicos, y todo el mundo tendría trabajo, salud y prosperidad. En los últimos días del primer gobierno de Trump, por ejemplo, un seguidor de QAnon que estaba enfermo de cáncer compartía que, pese a que los médicos afirmaban le quedaban sólo unos meses de vida, él no estaba preocupado. Pues pronto se desataría La Tormenta. El Ejército estadounidense detendría a Joe Biden el día mismo de su nombramiento, en cuanto se atreviese a jurar sobre la Biblia. Entonces se conocería que, además de robar las elecciones, el sanedrín pedófilo había estado ocultando la cura del cáncer durante años. Él se salvaría.

No se gana a la furia blanca diciendo que cabe en una cesta de indeseables, como dijo Hillary Clinton. Se compone de gente que ha sido abandonada desde hace décadas y que siempre ha encontrado una representación de la inocencia en torno a la que articular su representación del mal radical. Además de ser un efecto de cambios económicos y sociales profundos en los Estados Unidos, la furia blanca tiene un núcleo religioso, es decir, es la respuesta al déficit de realidad que atraviesa nuestra experiencia del mundo, un fenómeno que se ha multiplicado exponencialmente con las pantallas y las nuevas tecnologías. A la fijación con el aborto y la pedofilia, miles de youtubers, podcasters e ideólogos le han ido añadiendo enemigos, hasta articular el horizonte conspiranoico propio de MAGA. A la larga cadena de equivalencias del mal se suman hoy ser “globalista” (como lo era la presunta red de pedófilos), ya sea en términos políticos, económicos o climáticos; ser urbanita, proinmigrante e incluso pertenecer a una élite judía (escúchese la reciente conversación entre Nick Fuentes y Tucker Carlson). Y es que, para la furia blanca, la alianza histórica del Partido Demócrata con la población negra e inmigrante ha sido un escudo para blanquear su corrupción y su odio visceral hacia las poblaciones cristianas de los Estados Unidos y sus formas de vida tradicionales.

¿Qué ofrece Trump a estos colectivos? Un poder que escucha; que no siempre obedece, pero que tampoco les desprecia. Trump no tiene por qué ser el bien; basta que no participe del mal. Ahora que ha autorizado la publicación de todos los documentos del Informe Epstein, se ve capaz de convencerlos de ello. Lo veremos. ¿Y qué le ofrece a Trump la furia blanca? Una fuerza social militante pero maleable, capaz de metabolizar cualquier hecho para acomodarlo a sus dogmas. Se da así la paradoja de que Trump pueda impulsar una revolución institucional antidemocrática y de ultraderecha que no tiene constituyentes propios ni apoyo en el Partido Republicano ni en el mundo de la gran empresa. Pero tiene el apoyo tácito de la furia blanca; con eso le basta. Tal vez Trump contradiga sus intereses, pero (por ahora) no su verdad.

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