Opinión | Traspapelado
Personas que sí importan

Jóvenes con una bandera franquista durante el acto del agitador ultra Vito Quiles en Alicante. / Rafa Arjones
Pasó el 20N. Cincuenta años de una muerte. Es de las cosas más raras de este país. Normalmente se conmemora una gesta colectiva (a veces, individual) que marca el devenir de la historia, pero aquí no hay nada de eso. Es simplemente una muerte natural, en la cama, de un señor mayor y enfermo; de profesión, dictador. O caudillo, que suena más heavy hoy: la plaza del Caudillo. Me parece que a los menores de treinta les suena a chino ese lugar. Una muerte normal, eso es lo que celebramos como inicio de un tiempo nuevo. Parece poco mérito. No dice mucho de todos nosotros, que en cambio hicimos mucho para construir esta vida moderna, que ha sido un buen acelerón de la historia, aunque algunos se resistan a verlo. Estas calles de hoy se parecen poco a las miserables que conocí de niño, entre socavones y con una bombilla colgada de dos cables por farola. El lugar de los pobres es una basura siempre, dirán ustedes, y sí, pero saben, lo mejor de estos 50 años es que puso las condiciones para que millones saliéramos de esas calles miserables, no para emigrar, sino porque esos espacios se transformaron en algo más parecido a una ciudad. Y todo eso se desencadenó con una muerte en el lecho. Ya digo que es una historia extraña. Tan extraño como oír a una alcaldesa de València en 2025 decir que el franquismo es una etapa con lados negativos y positivos. Algunos grandes líderes de hoy, a la vista del revival fascistoide entre los jóvenes, han debido pensar que, mejor que convencerles de su error, es hacerles ver que tienen al menos parte de razón.
Antonio Llorens no ha esperado al 20N. Hay coincidencias que mejor evitar. Claro que sí. Se ha ido la víspera. No lo conocí casi. Nos saludamos en algún festival y alguna presentación de película, pero no lo traté. No puedo decir mucho de él, pero por sus hechos lo coneceréis. Porque Llorens (en los tiempos viejos del periodismo se firmaba con una sola palabra, economía de linotipia) es responsable de la educación cinematográfica de muchos. Por su papel de programador en los llorados cines Albatros sobre todo y por sus críticas en los años de gloria de la Cartelera Turia al lado de Vanaclocha y los hermanos Vergara. Familiarizarte con el cine de Eric Rohmer, Ettore Scola, Tavernier, Sidney Lumet, Hal Hartley o Rob Reiner; enseñar a soñar con Woody Allen, Scorsese y el viejo Eastwood, la magia de ver En bandeja de plata o Sopa de ganso en pantalla grande una tarde de agosto... Todo eso y algo más de nuestra relación sentimental con el cine hubiera sido de otra manera sin seres como Llorens. Una de esas personas que importan aunque no salga en los créditos de tu vida.
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