Opinión
¿Qué sentir?

Jóvenes atentas a las pantallas de sus móviles. / Jordi Cotrina
De un tiempo a esta parte –al menos un instante cada día– siento una punzada de ira. Me asalta cuando veo a jóvenes de la Generación Z detenidos por protestar contra la corrupción que les roba cualquier horizonte vital; cuando constato el desánimo de vivir sin asombro ni curiosidad. A veces basta la vulgaridad de las ciudades –esa mezcla de negocio impersonal y vandalismo de grafitis extendida con persistencia ritual–. Otras veces es peor: la sonrisa indiferente frente a los niños muertos en Gaza, el lenguaje deshumanizado sobre los inmigrantes, la ligereza suicida con que tantos –incluidos dirigentes cuya nómina sostendremos puntualmente– niegan el calentamiento global. ¿Les pasa algo parecido?
Hubo un tiempo –ya cubierto por una pátina de irrealidad– en el que creíamos que la historia respondía al gesto muscular. Entonces la famosa pregunta de Chernyshevski parecía pertinente: «¿qué hacer?». Pero de aquella sociedad de masas con referentes comunes pasamos a una «sociedad de grumos»: burbujas autosuficientes, cada una con los suyos, intensidades aisladas guiadas por nichos de información diseñados para reforzar lo poco que queremos saber.
En este nuevo paisaje hipersubjetivo, las palabras no se traducen en acción. Tampoco hay comunicación ni diálogo racional, sino un enfrentamiento teatral donde, por graves que sean los problemas del mundo, siempre podemos dar un «like», gustar o bloquear.
Hablamos para provocar, escribimos para herir, intervenimos para molestar, votamos (al modo de Junts) contra los demás. Parafraseando la imaginería bélica de Ferlosio, ya no nos conducimos cargados de razones, sino cargados de emociones. La acción pierde prestigio y, en su lugar, se impone un deber nuevo: sentir lástima, odio, incredulidad. Hasta la condición de víctima –a la que se llega sin actuar, o por la acción del otro– parece envuelta en un extraño aire heroico.
Las señales de este desplazamiento se cuelan en lo trivial: la pantalla exige demostrar que no somos un robot; los emoticonos sonríen a la salida del centro comercial. Un mundo nuevo –acelerado y pueril– se desplaza bajo nosotros como una alfombra retirada sin aviso. El despotismo emocional que Éric Sadin, Eva Illouz y otros han descrito hasta aburrir opera como marco anímico. Lo inverosímil se vuelve doméstico: vemos lo aberrante instalarse en la primera potencia mundial, la crueldad hacerse ostentosa. ¿Hubo congéneres que pagaron safaris humanos en Sarajevo para sentir el cosquilleo de matar?
Sobre este fondo se alza algo más hondo: la sensación de que el mañana –como señaló Franco Berardi– se ha desvanecido o de que, como advirtió Grafton Tanner, las horas han perdido su reloj. Un mal del individualismo metodológico es creer que todo se reduce a casos particulares. Pero cuando la mitad de la población siente la misma estupefacción, convendría admitir que el problema es estructural. Entiendo a quienes dicen que es más práctico apuntarse a un sindicato que a un psicólogo –aunque lo sensato, sospecho, es saber cuándo hace falta cada cosa. «Convertir la depresión en ira politizada», decía Mark Fisher. ¿Más ira, Mark?
Mientras buscamos acertar la manera de sentir, quizá baste –la idea es de Simone Weil– con desensimismarnos. El narcisismo excita, pero deja vacío; dedicar tiempo al otro compensa más. Y si al final del día el lector ha sentido un brote mínimo de ira –ese fogonazo que insiste en no abandonarnos en la calle o en el mundo virtual– es porque sigue vivo y… pateando: otra buena señal.
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