Opinión
Contra la calle
Parece que en la calle existe la idea de que en donde se aprende de verdad es en la calle, y no en las aulas. La universidad de la vida es lo que algunos oponen a la universidad

Viandantes en la calle Colón de València. / Miguel Ángel Montesinos
La calle tiene un prestigio muy exagerado. Creo que proviene de la calle misma. El autobombo es la forma de publicidad narcisista más famosa que existe. Un como si dijésemos: Si no me lo reconocen los demás, voy a reconocérmelo yo al menos. A la calle -no puede ser de otra manera- le encanta la calle, le encanta ponerse estupenda con ella misma.
Hay una nostalgia un poco pegajosa del potrero futbolístico, de la sabiduría urbanita al aire libre, de unos tiempos idílicos en los que se vivía y jugaba en Libertad, a ser posible con mayúscula.
Parece que en la calle existe la idea de que en donde se aprende de verdad es en la calle, y no en las aulas. La universidad de la vida es lo que algunos oponen a la universidad. En las clases se pierde el tiempo, se enseñan asuntos que no sirven para el mundo. La cátedra -se insinúa- es una silla vacía desde la que se imparten conocimientos más vacíos aún. El pedigrí callejero es la escarapela que algunos lucen en la solapa, como si acabaran de salir de un concurso de vacas rubias gallegas.
Creo que no es para tanto lo de la aureola callejera. En la calle, como en la universidad, se aprende a sobrevivir, aunque sea con conocimientos diferentes. Pero ese es el propósito de los dos universos (que no sólo no son incompatibles, sino complementarios). En los dos ámbitos aprendemos cosas que nos servirán más tarde para desempeñarnos en la vida: cosas prácticas y cosas teóricas, cosas abstractas y cosas concretas.
Las lecciones de la calle suelen pertenecer al escarmiento, al castigo, a la brutalidad, fenómenos que tienen más reputación que la delicadeza, la recompensa y la satisfacción. Ignoro por qué sucede así, pero sucede. Debe de ser por el mismo motivo por el que la mayoría siente un extraño embrujo hacia lo trágico. Lo plúmbeo parece que pesa más que lo leve, pero defiendo lo contrario: la ligereza es más importante que la pesantez.
Ahora bien, la universidad también es una selva, un callejón nocturno en donde se dan y reciben navajazos, y la calle, por su parte, no deja de ser un lugar con sus ceremonias, sus escalafones y sus servidumbres. Los tontos no prosperan en ninguno de los dos ámbitos.
Salvo en los veranos salvajes de mi infancia, por las calles y montes de Serra, me he educado siempre en interiores: en el colegio, en casa, en las universidades. Soy un producto más o menos pijo de la modernidad urbanita. Para bien o para mal: para bien Y para mal.
A la universidad de la calle, algunos oponemos la calle de la universidad. Menos lobos, callejeros.
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