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Opinión

València

Duelo, melancolía y presente

Cuando murió Franco en 1975 el mundo dudaba razonablemente del futuro de España

Cuando murió Franco en 1975 el mundo dudaba razonablemente del futuro de España

"Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!”, dice César Vallejo en aquel libro inolvidable, Los heraldos negros. El poeta habla de golpes que hacen que “todo lo sufrido se empozara en el alma”. Un sufrimiento que se hace profundo, insondable, oscuro. Emerge de repente, como si cristalizara un poder tan hostil que convierte la tierra segura en agua infecta. Así vivimos. Parece que la vida sigue su curso, pero por debajo atisbamos ecos de una lucha torva, sañuda, feroz, que se despliega al margen de la ciudadanía, impulsada por poderes que, ajenos a los intereses comunes y generales, han decretado una especie de irredenta guerra civil institucional.

Todo Estado necesita, desde luego, sus legitimaciones narrativas y no seré yo el que niegue la oportunidad de una reflexión profunda sobre lo que significó la muerte de Franco y la Transición. Pero causa perplejidad que se celebre la muerte de Franco cuando tantas señales tenemos de que su espíritu aún vive. No sin dolor escucho a un célebre historiador en la radio pública argumentar que el mayor éxito de la Transición fue que el franquismo no tuvo continuidad. Decir eso en este noviembre de 2025 es de mal gusto. Para mí, que siempre entendí que Franco es un símbolo personalizado de los males de este país, su efecto y no su causa, resulta evidente que la Transición no ha acabado con ellos.

Identifico esos golpes fuertes como el impacto que recibe la buena fe, que se supone en las manifestaciones oficiales de este viernes -como en la recepción de los collares de la orden del Toisón- cuando choca con las noticias que nos muestran que aquel viejo espíritu sigue vivo. Ese franquismo está ahí, en los Cerdán y en los Ábalos; en el presidente de la Diputación de Almería y sus secuaces; en aquellos que en Andalucía silencian los cribados de cáncer de mama; en ese obispo que ejerce su ministerio durante treinta años guardando silencio sobre su conducta delictiva; en los Carlos Mazón y en los tipos siniestros de VOX que negocian aprovechando la ventaja política de la debilidad que producen más de doscientos muertos. Y también sigue vivo en la dimensión conspirativa de un juicio y una sentencia, en el uso político de una institución que debería ser sagrada, como es el Tribunal Supremo.

La melancolía es un mal sentimiento para el combate. Y aunque está bien celebrar cincuenta años del inicio de la época democrática más larga de nuestra historia, no podemos olvidar que, hoy día y ante nuestras narices, poderosas fuerzas políticas y sociales se alzan a favor de considerar la Transición como una cesión provisional, que tiene que ser revisada no precisamente mediante una negociación, sino a la fuerza, para devolvernos a la España que ellos creen eterna. Sin denunciarlo, corremos el riesgo de acallar el peligro que se cierne sobre nuestra sociedad.

Abascal no parece refrendar ninguna de estas celebraciones oficiales, en las que se autoafirman aquellos tiempos de esperanza, sino que muestra una actitud que se mueve en otro horizonte. Y por mucho que Feijóo intente presentarse como afín a la institucionalidad, asistiendo a los actos de la Casa de forma circunstancial porque Sánchez está en Sudáfrica, su errática política lo lleva a engordar a VOX de forma permanente. Mas debe saber que esa guerra civil institucional, que con espíritu franquista se juega en este momento en la villa y corte, no está decretada para su beneficio.

La institucionalidad de este país haría bien en concluir el duelo infinito que la Transición produjo al no cerrar la herida de las víctimas de la tiranía franquista. Este es el mayor reproche que hoy debemos hacerle a aquel momento. Pues debemos reconocer que nadie lo tuvo en su horizonte reivindicativo. Incluso los que apostaban por una ruptura política radical, no integraron de forma expresa la dimensión moral de esa reivindicación. La Transición fue un pacto político volcado al presente, no una unión moral de los pueblos hispánicos capaz de reconocer que la Guerra Civil debía concluir con el reconocimiento de las víctimas de la represión franquista y su reintegración en la ciudadanía española como personas identificables en sus tumbas, con dignidad y piedad. Hay algo de terrible en esta miopía moral que padecimos y que sigue afectándonos.

El duelo a destiempo es un duelo infinito, inacabable. Porque en sus manifestaciones, lo que es un deber para unos deviene una escena siniestra para otros. Así, nos persigue un destino parecido al de Antígona, poderoso y trágico. Pues los pueblos, si no saben unirse moralmente en los grandes momentos históricos, están condenado a dividirse cada vez con más intensidad. Donde no hubo verdadera reconciliación, no puede volver a brotar. Ese germen de desprecio y de división no ha cesado de crecer hasta llegar a la renovación de ese espíritu que, como una maldición, recorre nuestra historia. Es el espíritu propio de un poder que desprecia a su gente y se instala en una batalla cuya finalidad es que una parte de la ciudadanía no vuelva a significar una amenaza a sus privilegios.

Y eso nos ha pasado a nosotros. Ya lo anunció el cholo César Vallejo, que por misteriosos caminos del alma indígena escribió el poemario más desgarrador sobre la Guerra Civil española. En su libro sentenció que esos golpes “abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”. Son los golpes que envían “los potros de bárbaros atilas”. Son los heraldos negros bajo cuya sombra vivimos. Y dijo algo más, pero es tan duro que se puede repetir.

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